• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Armando Janssens

Capital espiritual

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El texto a continuación es la segunda parte de mi intervención en ocasión de recibir, en el mes de abril pasado, en la ciudad de Valera del estado Trujillo, el doctorado honoris causa en Ciencias Políticas y Administrativas de la Universidad Valle del Momboy. Repito mis sinceros agradecimientos.

Permítanme hacer referencia a este término de capital espiritual, el cual me parece fundamental dentro del contexto que vivimos hoy en día. El quehacer social, productivo y educativo, está marcado por un materialismo y un cientificismo ajenos a los sentires más profundos de la gente, produciendo entre las grandes mayorías insatisfacción. Los empuja a crear islas aisladas y protegidas, en lugar de un ambiente de gran convivencia y de diálogo permanente y sin darse cuenta conlleva a un proceso múltiple de exclusión y encierro.

Asociamos casi siempre a la palabra “capital” con el tema de lo económico y financiero: capital cinanciero. Sin entrar en la discusión sobre el uso de esta palabra, la idea desde hace largos años se ha ampliado, llegándose a hablar de capital humano, capital relacional y capital social. Esta variedad apunta sobre un concepto más amplio del actuar productivo de la humanidad y trata de integrar los distintos enfoques en una coherencia mayor.

En los últimos tiempos se ha ido desarrollando en muchas escuelas de pensamiento creativo, el concepto de capital espiritual, el cual pretende ser la coronación de este camino de búsqueda para dar y encontrar un sentido superior a todo el esfuerzo que, en tantos campos, la humanidad realiza para crear un mundo más equilibrado y justo.

Llama la atención que en los países donde la secularización se ha impuesto en la sociedad, como pasa en la mayor parte de Europa, la idea de capital espiritual más bien ha crecido entre los ciudadanos. Con esto se pone en evidencia que capital espiritual no coincide, de antemano, con el capital religioso, relacionado a una Iglesia en especial. Eso no excluye que en nuestro continente la influencia del cristianismo y de su enseñanza, sí va a estar ligado al capital espiritual.

Así, podemos resumir que capital espiritual es la búsqueda por dar un sentido mayor a la vida y a nuestra acción, y a la incorporación de los valores transcendentales que nos son propios, como la belleza, la búsqueda de la justicia y el amor universal, ligado al respeto de la naturaleza y a Dios.

Si eso es, ante todo, un esfuerzo personal que ya muchos de nosotros hacemos desde ángulos variados de nuestra vida, igualmente lo necesitamos a nivel institucional y organizacional. Así, podemos definir el capital espiritual de una empresa de cualquier orden, en su capacidad de la creación de un sentido profundo en “cuerpo y alma” de su misión, de sus actividades y de sus relaciones. Este abarca toda nuestra vida y nos hace levantar los lunes con ganas, para seguir viviendo con intensidad nuestras responsabilidades y estar con la familia los fines de semana en convivencia y entrega.

Hoy en día, nuestro país está pasando por situaciones de altos niveles de conflictividad y que han creado profundas heridas en nuestras comunidades e instituciones. Además, observamos una pobreza creciente que nunca nos habíamos imaginado, con una clara pérdida de valores y un debilitamiento institucional y de convivencia que se expresa en un tsunami de violencia. Frente a esta realidad, necesitamos nuevas actitudes y dinámicas que nos abran horizontes de una esperanza realista. Que, además, conformen la construcción de este capital espiritual a nivel personal como institucional. Haciendo un resumen de lo que dicen los estudiosos de este tema, junto a mi propia experiencia, llegamos a algunos puntos fundamentales:

  • Conciencia permanentemente aclarada en lo que se valoriza y se anhela.
  • Capacidad de reaccionar con espontaneidad.
  • Saber vivir con empatía y reconocer la diversidad de gente, culturas, situaciones y tendencias.
  • Tener opinión autónoma pero que en algún momento eres capaz de cambiar por decisión propia.
  • Vivir las adversidades como retos que nos enseñan a reconocer fallas, debilidades, pero especialmente nuevas posibilidades.
  • Humildad como participante en este gran mundo que nos rodea con sus contradicciones.
  • Conciencia de nuestra vocación como cruz y resurrección.
  • Vivir que somos cocreadores de la obra que Dios comenzó, pero que al séptimo día El descansó, y a nosotros nos toca ahora: hacer, hacer con, hacer-hacer.

El capital espiritual, como podemos observar, se desarrolla dentro de lo íntimo de cada persona, donde la voluntad y el deseo de trascender se unen en una mayor armonía. Y este se desarrolla igualmente en nuestros equipos e instituciones en la medida que los responsables mayores lo viven y reflejan, y junto con los demás lo expresan y celebran en diversas ocasiones, lo que permea paulatinamente los demás integrantes de la institución.

Puedo constatar con admiración que la Universidad Valle del Momboy ha logrado en parte importante este capital espiritual que anime su hacer diario. Puedo soñar que muchos de sus estudiantes y egresados ya tienen incorporados esta capacidad de vivir con intensidad creciente esta entrega total a su profesión como servicio a la comunidad y al país. Puedo anhelar que junto con muchas otras Burbujas de Libertad en variadas partes de nuestro territorio se aseguran de que hay un futuro positivo posible. No hay tiempo de negatividad, sino de creación renovada que disminuyen las lacras de corrupción, de desviaciones, de pobreza inducida, para llegar a una sociedad de equilibrio social, solidaridad permanente y de profundo sentido humano y cristiano.

Que Dios nos bendiga a todos.