• Caracas (Venezuela)

Armando Janssens

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Aliento y desaliento

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En estos días corre un relato en las páginas de las redes sociales, donde cuenta cómo el diablo, vendiendo en una subasta sus instrumentos siniestros al mejor postor, como son el odio, los celos, la envidia, la malicia y el engaño entre otros, dejó de lado un instrumento bastante sencillo para guardar para su propio uso frecuente. Al preguntársele de qué se trataba este instrumento, su respuesta fue bastante directa: ¡el desaliento! Y explicó: El desaliento neutraliza la resistencia de la persona, saca la poca energía para reaccionar y la sumerge en un largo letargo.

Hoy en día el desaliento está de moda. Mucha gente lo expresa en su propio tono cuando se les pregunta cómo está su vida. La reacción es: “¿Por qué me lo preguntas? Ya sabes cómo me siento: sin ánimo, sin perspectiva, sin saber  que pasará el día de mañana”. Y tienen bastante razón. La situación que las grandes mayorías de nuestra población están viviendo con el alto costo de la vida, la falta de comida y de medicamentos, la inseguridad violenta, la falta de servicios, como luz y agua, es más que suficiente para no tener ánimo. Y viendo el juego político y las trampas para obstaculizar cualquier acuerdo no se nos asegura una salida decente. El desaliento es el producto casi evidente para un ser normal. No tenemos piel de elefante y ni todos somos santos ni mártires para seguir aguantando esta situación y saber confiar en que el día de mañana ¡será mejor… o quizás peor!

Todavía recuerdo con claridad cómo, hace unos quince años, me invitaron a la Universidad Simón Bolívar, con su bello auditorio ampliable para, junto con otros conferencistas hablar sobre el futuro del país, a partir de la nueva Constitución. Insistí a los jóvenes estudiantes y sus profesores en no claudicar  frente a la tendencia naciente de emigrar y más bien quedarse trabajando, a pesar de todo, terminando con una frase, algo simplista: “No tirar la toalla”, lo que fue recibido de pie con un sonoro aplauso de todos los presentes.

¡Cómo me equivoqué! Centenares de estos jóvenes y profesores se fueron años más tarde a todos los países imaginables para asegurar no solo mejores ingresos sino también una mayor tranquilidad y seguridad para sus jóvenes familias y escapar de la complicada situación social de nuestro país. Algunos con la idea de regresar una vez que la situación “se hubiese  normalizado”. Pero ver para creer: los largos años en su nueva patria con familia y niños pequeños no facilitará el regreso sin más. Es un valioso e importante capital humano perdido para  nuestro futuro. Se puede hablar aquí del efecto del desaliento mezclado con argumentos de sobrevivencia que nace desde una de las necesidades básicas del ser humano: prever el día de mañana para él y para su familia.

Y surge así nuestra reflexión personal: ¿cómo acrecentar mi propio aliento y el aliento de los demás que se quedan? ¿Cómo vivir esta situación actual de caos sin perderme en ella y hasta más bien seguir trabajando positivamente? Como se puede imaginar, una respuesta a esta pregunta toca varios ámbitos de la vida. No solamente mi historia personal a lo largo de los años en el país, mi compromiso social creado en un sinnúmero de iniciativas que siguen vigentes,  cierto sentido de una sana relatividad por lo grave de la situación, hay muchos lugares en este mundo donde la situación es igual o peor. Y no olvidar los lazos personales y las amistades amplias surgidas que nos mantienen mutuamente en sana obligación de fidelidad.

La fuente para superar el desaliento no está en la búsqueda de la piedra filosofal que sirve para razonar y actuar diferente. Tampoco está en un medicamento, hoy en día tan de moda y apreciado por médicos y psiquiatras. No está dedicándome a algo muy diferente para no sentir los motivos de dolor y desarrollar nuevas iniciativas ocupacionales. El intento de huir del desaliento se paga caro, ya que el no querer verlo, hacerse el loco o evadirlo, se paga doblemente: regresa con fuerza y me pone fuera del juego de la vida.

Estoy seguro de que promover mi aliento tuvo, tiene y tendrá sentido ayer, hoy y mañana. A igual como tu aliento es necesario y definitorio. Todo el esfuerzo que estamos haciendo en el trabajo social, por variado que sea, produce aliento y detiene su parte negativa. Mi vocación humana no lo puede desconocer o me daño en la propia esencia del ser. Y cristianamente hablando, es en mi fe que redescubro y puedo aumentar mi Aliento con mayúscula. Es desde la fe, especialmente desde  la vivencia de Jesús y de mi iglesia, que puedo nutrirme con nuevas fuerzas.

Y puedo descubrir –Dios mediante– que hay signos que me animan: la confianza de la gente cercana, la gratitud de un beneficiario de nuestro servicio, la solidaridad con los más cercanos, el gesto de apertura del otro, el despertar de un nuevo horizonte, la brisa suave de la presencia de Dios. Todo esto me llena, me anima, me hace respirar profundamente y sonreír algo más frente al futuro, y me hace menos vulnerable al instrumento del “maléfico”.