• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

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Armando Durán

La timidez opositora

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En su editorial del pasado jueves, El Nacional señalaba que en el seno de la oposición “ha comenzado a sonar un grupo de dirigentes que pretenden animar un movimiento capaz de convertir el apocamiento de la oposición en cosa del pasado”. La originalidad de la iniciativa, cuyos promotores, 23 diputados de oposición, han calificado de “movida parlamentaria”, radica en que no se trata de una iniciativa individual y aislada, sino de una orgánica corriente política que parece tener, ¡aleluya!, vocación de poder.

El triunfo electoral de Chávez en las elecciones del 98 tiene su explicación en el desvanecimiento progresivo del sistema de partidos. El punto de inflexión de aquella decadencia irreversible fue la candidatura oportunista de Irene Sáez y la imposición de la de Luis Alfaro Ucero por capricho personal suyo, con la complicidad de Rafael Caldera. Ante esa visión mediocre y utilitaria del quehacer político, la candidatura de Hugo Chávez pasó a ser la única opción posible de cambio, que es lo que deseaba la mayoría del país.

Por supuesto, este descalabro electoral dejó a los partidos tradicionales en la mayor de las orfandades. De ahí surgió la llamada Coordinadora Democrática, mecanismo que inventaron para no desaparecer del todo. Los sucesivos desaciertos estratégicos y tácticos de la alianza, sin embargo, terminaron condenándola a la nada y el olvido. Esa fue una de las principales causas de que la sociedad civil prefiriera no votar por nadie en las elecciones parlamentarias de 2005. Desbordados por esta realidad, los partidos de oposición tuvieron que plegarse. Retiraron sus candidaturas y convocaron a la abstención. Luego, en lugar de aprovechar lo que resultó ser una derrota electoral del chavismo, se arrepintieron de lo que habían hecho. La tentación abstencionista encerraba un serio peligro para sus futuras aspiraciones profesionales.

En esta confusa encrucijada, murió, sin pena ni gloria, la Coordinadora Democrática. Manuel Rosales, Julio Borges y Teodoro Petkoff, aspirantes a la candidatura presidencial del año siguiente, en acuerdo tripartito, asumieron el reto de enderezar el rumbo de la oposición. No pudieron, entre otras razones, porque, con la oposición desmovilizada por la marcha atrás de sus dirigentes, cometieron el error de aceptar las condiciones del CNE. Este nuevo fiasco electoral dio lugar a la creación de lo que hoy conocemos como Mesa de la Unidad Democrática, la MUD, versión más depurada aunque más tímida, distante y menos contundente que la difunta Coordinadora Democrática. Durante estos años, el apego de la MUD a la mejor tradición de la más vieja política de los partidos de antaño, no le ha permitido alcanzar el éxito. La repetición mecánica de los mismos errores del pasado es lo que obliga ahora a estos 23 diputados a exigir “una transformación de la conducta de la dirigencia, porque no ha funcionado como debía.” Por supuesto, este planteamiento “encierra, ¿por qué no?, reproches a la MUD, que supuestamente coordina a las figuras que hoy se han convertido en los voceros más socorridos de la oposición.” Y nos coloca “ante una movida esperanzadora.”

Esta primera reacción crítica de un sector importante y representativo de la oposición, no persigue el propósito de arremeter contra la MUD y mucho menos contra la unidad, como seguramente argumentarán algunos burócratas partidistas para cuestionar la validez del reclamo, sino expresión de la necesidad de modificar la orientación conceptual de este último esfuerzo unitario, para fijarle un nuevo rumbo a la acción opositora. Primero, porque la lucha política de estos años de ningún modo se ha desarrollado en el marco de la normalidad democrática y ya no se puede seguir insistiendo en ajustarse a las normas de un transparente y cortés torneo democrático regulado por el CNE, sino de apuntar hacia un cambio de régimen. En segundo lugar, porque eludir la caracterización actual del régimen es colaborar con su objetivo de constituir un régimen totalitario y militar. Por último, porque si bien la estrategia debe continuar siendo la democrática y electoral, la oposición no puede circunscribirse a ella y dejar de lado las exigencias agónicas de millones de ciudadanos desesperados y a la vez abandonados a su suerte en el ingrato peregrinaje de llegar vivos y sanos, física, existencial, política y socialmente hablando, al día de mañana. A partir de ahora, a pesar de que haya quienes nieguen a cambiar, resulta evidentemente inevitable que se abra el debate que acaba de plantear la naciente “movida parlamentaria”.