• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

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Armando Durán

El secuestro de Antonio Ledezma

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El espectáculo, para la mayoría de los venezolanos, resultó abominable. Para América Latina y Europa, donde derribar las puertas a patadas por fuerzas represivas dejaron de ocurrir hace mucho, la reacción fue de perplejidad mayúscula. No era para menos. Las imágenes de video que registraron el asalto a mano armada de las oficinas privadas del alcalde metropolitano de Caracas, perpetrado por docenas de agentes de la policía política, dejaban al desnudo la fea naturaleza del régimen.

Maduro había anticipado este inaudito golpe de mano días antes, en cadena de radio y televisión, furioso como se muestra en público desde que la crisis lo ha rebasado por completo. Sus servicios habían descubierto, sostuvo, una nueva conspiración de la burguesía apátrida y el imperio para sustituir su gobierno por otro, siniestra aventura cuya señal de salida la habrían dado Ledezma, Leopoldo López y María Corina Machado, con la publicación de un comunicado conjunto sobre la transición, o sea, sobre la legítima aspiración opositora a la alternancia en el ejercicio del poder, principio esencial de la democracia, pero que a todas luces, para el chavismo reinante, es sinónimo de lo peor que pueda pasarle a nuestro pueblo, feliz y satisfecho gracias a la conducción ejemplar del Maduro. De ahí la amenaza a los tres firmantes y el anuncio de que se aplicará “mano dura” a los golpistas nacionales y extranjeros, y a sus secuaces mediáticos, como El Nacional. Imposible sospechar, sin embargo, que en la tranquila tarde del jueves 19 de febrero, esta sórdida intimidación comenzara a hacerse realidad brutal.

Ahora bien, ¿por qué Maduro tomó la decisión de repetir el mismo aparente error de siempre? ¿Acaso no sabe que el miedo sólo paraliza a los miedosos? ¿Y que líderes como Ledezma, López y Machado han demostrado no temerle al régimen? Por otra parte, ¿habrá pensado Maduro que Venezuela y el mundo democrático aceptarían así como así pasar por alto el secuestro de Ledezma, alcalde metropolitano de Caracas electo en 2008 y reelecto cuatro años después con 750.000 votos?

La clave para entender este enigma nos la revela, precisamente, la violencia con que Ledezma fue secuestrado. Ni orden de detención, ni evidencias que la justificaran. En definitiva, el gran y único delito de Ledezma, su inmensa “peligrosidad”, ha sido su firmeza inconmovible a la hora de disentir, antes, del absolutismo chavista, y ahora del totalitarismo madurista. Con el agravante de haber derrotado a los candidatos del régimen y del CNE en 2008 y 2012. Demasiado para un régimen que tras 16 años de gobernar a su antojo, sin controles ni condicionamientos políticos o administrativos, sólo puede exhibir al final del camino el escándalo de una crisis general y sin remedio.

Esta es la verdadera causa del secuestro de Ledezma. Y la razón de su firmeza para disentir, hacer oposición y resistir sin rendirse en ningún momento al acoso y la persecución. También es causa de la delirante resolución de Maduro de someter a sangre y fuego al adversario y borrarlo de la faz de la Tierra al precio que sea, para siempre, y sin pensar en sus consecuencias. Hasta el extremo inadmisible de advertir que si la oposición insiste en la opción golpista, habrá que ir pensando en prohibir su participación en las elecciones parlamentarias. El clásico o lo tomas, en este caso el pensamiento unidimensional del régimen, o lo dejas. Es decir, allá tú y las consecuencias de tu rechazo. Esa es la terrible y significativa razón del secuestro de Antonio Ledezma: no someterse a la voluntad totalitaria del régimen ni claudicar ante la radicalización, ya sin disimulo alguno, de sus mecanismos represivos.