• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

El enigma del futuro

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Los venezolanos de todas las tendencias aguardaban ansiosos los anuncios "anunciados" una y otra vez por Nicolás Maduro desde hace algo más de tres meses. Ni siquiera ahora el "sacudón", como él llamó el paquete de medidas que parecía estar resuelto a adoptar para derrotar los efectos devastadoras de la crisis, dejará de ser un enigma.

Como quiera que fuera, la destitución de Jorge Giordani, condenado desde ese instante al exilio interno, y el ascenso vertiginoso de Rafael Ramírez, apuntaban en la dirección de grandes cambios en materia económica y financiera. La rebelión pública de Héctor Navarro, la condena a las políticas impuestas por el anacrónico socialismo de Giordani y las propuestas formuladas por Ramírez en temas que no estaban sujetos a discusión alguna (el alza en el precio de los combustibles y una política monetaria encaminada a unificar los diversos tipos de cambio), lo ponían de manifiesto. A esto se añadió muy pronto la venta de Citgo, principalísima joya de la corona petrolera venezolana. Por último, se habló incluso de una reforma fiscal. De manera inevitable, la sombra del Fondo Monetario Internacional hizo su inesperada y súbita aparición en el muy problemático horizonte nacional.

Lo cierto es que Maduro no tuvo en cuenta que, si bien Chávez daba la impresión de poderlo todo, él, en cambio, no puede casi nada. La falta absoluta de información oficial, la presencia real o figurada de asesores franceses y cubanos, las reuniones de Ramírez con representantes de la banca de inversión europea y estadounidense en Londres y Nueva York, los más diversos dimes y diretes contribuyeron a crear el espejismo de que Maduro, en efecto, se proponía hacer grandes cambios. Y así, al referirse a la inminencia del ya famoso "sacudón", la oposición sospechó que al fin el régimen se preparaba para darle a la nave del Estado un brusco golpe de timón mediante la aplicación de un paquete de medidas ajenas por completo al proyecto socialista puesto en marcha por Chávez. Pero al mismo tiempo –Maduro quizá no se lo esperaba– en el PSUV se dispararon todas las alarmas y comenzaron a escucharse duras críticas a lo que podía interpretarse como una tendencia revisionista, impulsada en el alto gobierno por Ramírez y otros espíritus enfermos de pragmatismo neoliberal.

La primera consecuencia generada por esta percepción de cambio fue la confusión. ¿Se fragmentaba el PSUV? De ahí las vueltas y revueltas de Maduro, sus indecisiones, la indiscutible fragilidad de su pensamiento, la sensación que se apoderó del ánimo del país al comprender que no era posible presumir lo que en realidad se proponía Maduro y, por supuesto, la razón de la repetida suspensión de los dichosos anuncios. De ahí también la dificultad de interpretar su intervención del martes pasado, cuando para la sorpresa de tantísimos venezolanos, durante las tres horas que duró su cadena de radio y televisión, dejó de lado por completo el tema económico. Como si no existiera. A ello se añade el hecho de que Ramírez, quien sin duda tenía la vista clavada en la Vicepresidencia Ejecutiva del Gobierno, terminó instalado en la Casa Amarilla, un premio de consolación que pone de manifiesto que, al menos por ahora, el supuesto gran viraje tendrá que esperar por tiempos más favorables antes de que en Miraflores vuelva a pensarse en cambios económicos más sensatos y razonables, pero ideológicamente traumáticos. Mientras tanto, la solución de los problemas económicos, sepultada bajo el peso abrumador de la radicalización política, dejará de ser para el chavismo tema de discusión y debate. ¡Que Dios nos agarre confesados!