• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

La crisis no existe

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El miércoles, desde las 5 de la tarde, la inmensa mayoría de los venezolanos de todas las tendencias concentraron su impaciencia en las pantallas de sus televisores. Audiencia plena para ver y escuchar al fin a Nicolás Maduro asumir su responsabilidad de gobernante, referirse al actual gran desastre nacional y anunciar, sin más demoras inútiles, sus planes para enfrentar las abrumadoras turbulencias generadas por esta crisis económica y social, asfixiante y sin precedentes.

Pues bien, una vez más Venezuela se quedó esperando. Cierto que Maduro habló y habló, pero no decía nada, y la expectativa inicial de millones de ciudadanos se fue haciendo aburrimiento e indignación. Al terminar de escuchar su desconcertante parloteo de tres horas sin despejar la más mínima duda, me senté a escribir una rápida nota sobre aquel lamentable espectáculo. “Más de lo mismo y nada más”, fue el título que me salió del fondo de mi gran malestar existencial, porque Maduro, sin respetar para nada la necesidad de los venezolanos de saber hacia dónde vamos, ni siquiera transmitió un gramo de aliento y esperanza, principalísimo deber suyo como gobernante de una nación al borde de un ataque colectivo de desesperación. Su única y más bien ridícula medida para combatir la crisis fue pedirle al país encomendarse a Dios, porque según él la economía y el destino de Venezuela no está, como todos suponíamos, en manos de Maduro y su gobierno, sino en las de Dios. Sugerencia que sencillamente pone en evidencia que ni él ni sus asesores tienen la menor idea de qué hacer para atajar a tiempo los efectos devastadores de la crisis.

Esta suerte de incurable impotencia presidencial ha sido el lugar común de las palabras y los hechos de Maduro desde junio del 2013, cuando después de una sorpresiva entrevista con los directivos del grupo Polar, decidió deslastrar al país de Jorge Giordani y darle un golpe decidido y decisivo al volante del autobús revolucionario. No lo hizo, sin embargo, porque ni entonces ni ahora ha podido Maduro dominar los tres factores que lo condenan al más inservible de los inmovilismos.

El primer factor paralizante es, por supuesto, sentir que su liderazgo es demasiado frágil para unificar criterios en torno a temas tan controversiales como el desabastecimiento, la política cambiaria o el precio de la gasolina. ¿Enfrentado a este obstáculo, sólo quedaba esperar un milagro salvador para eliminar, por ejemplo, el dólar a 6,30 sin correr ningún peligro? Mucho mejor pasar la página, en este y en tantos problemas generados por la intención de imponerle a Venezuela el modelo económico cubano. Por último, a Maduro no se le escapa el hecho de que los reajustes macroeconómicos que deben aplicarse para ir dominando la crisis, no pueden hacerse si primero no renuncia a la pretensión de transformar a Venezuela en otra y resignada Cuba.

Estas son las coordenadas del callejón sin salida en el que Maduro, sin Hugo Chávez a mano para ayudarlo, se siente a todas luces perdido. Una situación mucho más insostenible ahora, cuando la caída vertiginosa del precio del petróleo coloca a su gobierno a un paso de la quiebra, y cuando Cuba, para sorpresa de todos, le ha dado la espalda a Maduro para arrojarse en brazos de Estados Unidos.   

Una conclusión final: como no parece posible descubrir la fórmula mágica para multiplicar los panes y los peces, quizá Maduro tenga razón en seguir haciendo como si la crisis (y su no resolución) sólo existieran en la enfermiza imaginación de sus adversarios, “asesinos, conspiradores y golpistas”, únicos culpables de lo malísimo que le van las cosas a Venezuela.