• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

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¿Qué busca la oposición?

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En su editorial del pasado jueves, Teodoro Petkoff, director del diario Tal Cual, sostiene que “no hay nada en el horizonte que tenga más importancia que las elecciones parlamentarias del año próximo”.

Se trata de un principio esencial de cualquier democracia. Y en Venezuela, la razón de ser de la MUD de antes y de ahora, pero con una trampa perversa, porque no vivimos en democracia y ninguno de los dos gobiernos del régimen chavista ha admitido ni admite la opción de abandonar el poder por las buenas o por las malas. Desde esta perspectiva, la afirmación de Petkoff no es verdad ni es mentira, sino todo lo contrario. Apenas un salvavidas accidental (y desde abril de 2013 insuficiente) al alcance de una alianza de partidos minusválidos, con fines exclusivamente electorales y objetivos autocomplacientes muy limitados. Nada más.

Este ha sido siempre uno de los principales problemas de la dirigencia política no chavista. Negarse a confrontar al gobierno y renunciar a la legítima aspiración de sustituirlo en Miraflores, así sea electoralmente. A pesar de que todos sepamos que el equilibrio inestable entre gobierno y oposición es lo único que garantiza, en cualquier parte del mundo, la estabilidad de un sistema democrático. Todo lo contrario de lo que sucede en Venezuela desde hace 15 años, donde los gobernantes solo reconocen a la oposición, precisamente, en la medida que no sean ni hagan oposición. Como si, en efecto, la única actividad política permitida por el régimen sea la dócil participación en los múltiples procesos electorales convocados por el CNE, a la sombra de todos los poderes públicos, reunidos en un paquete prefabricado de organismos gubernamentales, cuyo único objetivo es asegurar la permanencia indefinida en el poder de Hugo Chávez primero y de Nicolás Maduro ahora.

Esta es la más pesada rueda de molino que el chavismo le ofrece a la sociedad civil. Y la razón de que a la hora de votar, quienes voten, lo hayan hecho y lo seguirán haciendo contra el candidato o candidatos chavistas, un rechazo que de ningún modo debe confundirse con votos a favor de este o de aquellos candidatos de la MUD. En todo momento a sabiendas de que en el juego electoral diseñado hace años por los asesores cubanos de Chávez en tiempos del referéndum revocatorio, gane quien gane, no implica la posibilidad de facilitar un cambio de gobierno, mucho menos de régimen.

No obstante, la sentencia inapelable de Petkoff pasa por alto esta realidad. Para él y para los partidos de la MUD, da lo mismo el rábano que sus hojas. Se niegan a distinguir lo que debe ser de lo que realmente es. La famosa falacia naturalista. Y también se niegan a convenir que las elecciones no constituyen el único camino democrático y constitucional para enfrentar y derrotar al régimen. De ahí que para ellos las elecciones tampoco sean un medio para alcanzar metas más ambiciosas. Ni siquiera cuando pudo serlo, en abril del año pasado. Para ellos, las elecciones siempre han sido un fin en sí mismo. Como en el caso de las últimas elecciones parlamentarias, poco importa quién las gane. Estas elecciones, y el diálogo gobierno-oposición que la MUD está resuelta a reanudar con la vista clavada en esas urnas electorales, son más de lo mismo.

Nada que ver con tomar las calles con 50.000 movilizaciones populares en toda Venezuela, como anunció Chúo Torrealba al asumir la secretaria general de la MUD. Lo que se ha buscado siempre y se busca ahora, al precio que sea, es no renunciar a unos pocos espacios administrativos concedidos por Miraflores como premios a la buena conducta de la “oposición”. Apenas eso.