• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

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Armando Durán

Violencia revolucionaria

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Una revolución no puede vivir en paz.

Esta terrible frase solía repetirla Fidel Castro en los primeros tiempos de la Revolución Cubana. Y tenía razón. Fuera del marco insoportable de una violencia revolucionaria real, permanente y sin piedad, desde la guillotina francesa hasta el paredón cubano, nunca hubiera habido ninguna revolución. Ni más ni menos lo que advirtió Hugo Chávez en noviembre de 2004, todo o nada, aunque sólo fuera como recurso retórico para meterle miedo al adversario y cumplir con las expectativas de algunos partidarios más radicales que él. Pero teniendo muy presente que en la historia de las revoluciones siempre ha sido ellos o nosotros, o incluso todos, como estuvo a punto de ocurrir en octubre de 1962 con la llamada crisis cubana de los cohetes.

Sin la menor duda, esta disyuntiva nada tiene que ver con la actual encrucijada venezolana. Cuando en 1997 Chávez tomó la drástica decisión de abandonar el camino de las armas y se abrazó a la tradición electoral venezolana para tomar el poder en paz, alteró para siempre la naturaleza del futuro proceso revolucionario venezolano. Elecciones y más elecciones, amañadas y con un exasperante abuso total del poder, pero, al fin y al cabo, más o menos válida ficción democrática: en lugar de juicios sumarios e implacables condenas a muerte, urnas electorales, todo lo manipuladas que se quiera, pero mucho más amables y menos revolucionarias que un paredón de fusilamiento.

Esa es la especificidad del liderazgo “revolucionario” de Chávez. La revolución a medias y por otros medios. En el fondo, la no revolución ni sus costos irremediables. A fin de cuentas, lo cierto es que Chávez se ha comportado como un revolucionario más bien muy moderado. El espectáculo que ofrecieron Nicolás Maduro, Elías Jaua y Cilia Flores viajando a La Habana cargados de vírgenes y santos para que Chávez regrese pronto a Venezuela no es una actitud precisamente revolucionaria, sino todo lo contrario. De ahí también que, en lugar de cerrar a patadas las puertas de la Asamblea Nacional, los sucesores del comandante presidente hayan emprendido la semana pasada la tortuosa ruta de la zanahoria y el garrote. O sea, la compra de conciencia de algunos diputados de la oposición y el inmenso esfuerzo que significa amedrentar a los demás, sin violentar del todo los equilibrios del sistema. No para suprimir por la fuerza la presencia opositora en la Asamblea, sino para reducirla tramposamente a los niveles simbólicos de simple testimonio legitimador. En otras palabras, para hacerse con los poquísimos escaños que aún necesitan para alcanzar la mayoría parlamentaria calificada que les permita hacer y deshacer lo que se les antoje, dentro de las formalidades de la ley.

En otras palabras, la pérdida de una auténtica identidad revolucionaria también implica que la revolución bolivariana no haya recurrido hasta ahora al extremo fidelista de una despiadada violencia revolucionaria. Lo de Chávez ha sido tragar muchas veces en seco para no romper los hilos que nunca han dejado de atar su proyecto a los mecanismos del pasado político nacional y eludir así las consecuencias que acarrearía una ruptura histórica sin vuelta atrás.

No obstante, esta situación parece estar cambiando. Las artimañas de Chávez han resultado convenientes para unos y para otros. En el fondo, no ha sido suya toda la culpa de que la oposición no haya sabido aprovechar las oportunidades para ensanchar la rendija democrática, sino de la propia oposición, a la que hasta ahora le han faltado tres cosas esenciales para recuperar el poder: un liderazgo fuerte, estable y consolidado; un proyecto político alternativo y claro; y unas estructuras sociales y mediáticas que permitieran que sus propuestas llegasen a todos los ciudadanos y no sólo a un sector de la clase media.

Es difícil determinar si la oposición está todavía a tiempo y en condiciones de rehacer el camino, pero algo sí parece claro. Este no es el momento más propicio. La ausencia de Chávez ha sustituido su vieja ficción democrática por la igualmente inverosímil ficción del mando a distancia por intermedio de sus dos delfines, Maduro y Cabello. La orfandad política y existencial de ambos, sin embargo, no les permite controlar la herencia de Chávez y esa debilidad los obliga a distanciarse cada día más de la ruta “democrática” trazada astutamente en 1997 por el jefe ausente. Lo cual nos lleva a preguntarnos si a fin de cuentas el chavismo sin Chávez, tarde o temprano, caerá en la tentación de una violencia sin cuartel, en este caso falsamente revolucionaria, sólo para no perder el poder.