• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

Venezuela después de la cumbre

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Excepto para Cuba, que comienza ahora un indetenible y vertiginoso viaje de regreso a su pasado capitalista gracias al peaje que finalmente pagó Raúl Castro en Panamá, la VII Cumbre de las Américas resultó para la región tan irrelevante como cualquier otra cumbre supuestamente regional. Para Nicolás Maduro y su régimen, sin embargo, fue una experiencia peor que mala.

En los días anteriores a este “histórico” cónclave presidencial, Obama firmó el decreto que sancionaba a siete altos funcionarios del régimen venezolano. Maduro reaccionó con su agresividad habitual y cometió el grave error de presumir que la cumbre de Panamá podría llegar a ser una caja de resonancia ideal para cantarle a Obama en su propia cara la verdad revolucionaria y antiimperialista de la Venezuela bolivariana.

Para llevar a cabo su resonante denuncia con olor a desfachatada pelea callejera, Maduro esperaba contar con el sólido respaldo de Unasur y el Alba, iniciativas diseñadas por Hugo Chávez, precisamente, para defender al régimen y servir de vanguardias en la lucha de América Latina contra el imperio. También le dio una desmesurada importancia a la recolección forzosa de firmas exigiéndole a Obama derogar su dichoso decreto.

Todo le salió a Maduro al revés. Unasur y el Alba, convocados de urgencia a Miraflores, apenas hicieron en Caracas un conciliador saludo a la bandera. Por su parte, y sin que nadie diera la menor explicación, quizá porque su reunión con Thomas Shannon le hizo ver cómo se bate el cobre en el mundo de la política real, en el último instante Maduro decidió no descargar en la cumbre su voluminoso pero inservible cargamento epistolar. Tal vez también, desde Cuba, le advirtieron de evitar cualquier incidente que pudiera perturbar el único objetivo de la misión que llevaba Castro a Panamá. Mientras tanto, Obama neutralizaba en Jamaica la supuesta solidaridad del Caricom, alianza más interesada en que Exxon se adentre en la riqueza petrolera de Guyana y que Estados Unidos sustituya a Petrocaribe, nave que hace aguas por todas sus costuras y está a punto de irse a pique.

Luego, una vez iniciada la cumbre, sólo Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández defendieron con cierto entusiasmo a Maduro de la “injerencia” imperial. Para colmo de males, Castro, si bien criticó la decisión de la Casa Blanca (no tenía otra opción), exoneró de toda culpa presente y pasada a Obama, quien además se retiró de la plenaria cuando Maduro iba a ejercer su derecho de palabra. Si estas manifestaciones de fastidio, malestar e indiferencia fueran poco, en la enorme colección de fotos que registraron paso a paso el discurrir de Raúl Castro por Panamá, faltan las que invariablemente consignan en estas ocasiones las particulares relaciones de intimidad política, diplomática y personal que unen a los presidentes de Cuba y Venezuela desde 1994.

Maduro trató de compensar este ostensible distanciamiento con una visita relámpago a Fidel Castro en La Habana, pero la futilidad de esa conversación imposible sólo puso más de manifiesto aún los nuevos rumbos que a partir de Panamá trazan para ambos gobiernos, como diría Borges, senderos que se bifurcan: de pronto tiene uno la impresión de que mientras Cuba buscará ahora un nuevo destino en la bandera de las barras y las estrellas que comienza a ondear en las calles de la isla, Venezuela, acorralada cada día más por la impopularidad creciente de Maduro dentro y fuera del país va camino de quedarse sola en medio de los efectos devastadores de la escasez, el aislamiento y la intolerancia. Si de la cumbre salió Castro por la puerta grande de los vencedores, el gran perdedor del encuentro fue Maduro. Los venezolanos pagaremos el plato.