• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

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Armando Durán

Insólita política opositora

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En su habitual columna de los viernes en El Universal, Gerardo Blyde, político serio y equilibrado, reconoce que en la oposición “las fracturas son evidentes y conocidas”. Ese no es, sin embargo, el tema de su reflexión. Lo que le interesa destacar a Blyde no es tanto el peligro que significa el amargo enfrentamiento interno de facciones opositoras, sino el esfuerzo conciliador de otro sector oposicionista, “que busca crear puentes y condiciones” para superar un conflicto que en el fondo solo parece favorecer el progresivo deterioro de la fuerza opositora, precisamente, en el peor momento del régimen.

Lamentablemente, esta no es una posición común en el grupo cuyas ambigüedades frente al régimen inducen a algunos (entre ellos a mí, lo reconozco) a calificarlos de “colaboracionistas”. Un ejemplo. El pasado domingo 30 de noviembre, mientras el gobierno ponía en marcha su maquinaria judicial para encarcelar a María Corina Machado, acusada de conspirar para cometer un magnicidio, se producía la siguiente triple y llamativa coincidencia.

La primera sorpresa del día la tuve al leer esa mañana la extensa columna quincenal de Leonardo Padrón, en el suplemento Siete Días, de este diario. “En la oposición –señala Padrón– unos quieren elecciones, diálogo y protesta. ‘Traidores’, los llaman los que prefieren guarimbas, estallido social y golpe de Estado”. Típica visión maniquea de la realidad política actual, que se ajusta como anillo al dedo a la estrategia del régimen para dividir a la oposición en buenos, con quienes se puede más o menos convivir y dialogar, y malos malísimos, en el mejor de los casos, merecedores de un cero en conducta. En el peor, de cárcel, tortura y muerte violenta.   

La segunda sorpresa la recibí poco después en la pantalla de Televen, al descubrir la manera en que Luis Vicente León y José Vicente Rangel coincidían en torno de esta misma visión unidimensional de buenos y malos, caballo de batalla del régimen para transformar naturales diferencias estratégicas en contradicciones insalvables.

Por último, y como si estas llamativas coincidencias no fueran suficientes para provocar al menos una leve sospecha, Henry Ramos Allup, en un artículo publicado en El Nuevo País, arremetía contra opositores sin nombre que según él dirigían laboratorios sucios financiados y organizados por opositores de pensamiento y voluntad golpista, con el perverso propósito de desacreditar a los más buenos de los buenos dirigentes de lo que se conoce entre ellos como “alternativa democrática”. Según Ramos, su gravísima denuncia estaba perfectamente documentada, aunque tal como hace el régimen cuando acusa a alguien, pongamos por caso a María Corina Machado, a quien Maduro llegó a calificar de “asesina” en cadena de radio y televisión, tampoco presentó ninguna prueba.

¿Existe alguna razón oculta que explique estas concomitancias entre conocidos opositores y la más nefasta política del régimen para sacar del juego a sus más incómodos adversarios, como ya lo hizo con Leopoldo López? Por fortuna, la presión nacional e internacional obligó al régimen a replantearse el caso Machado: Luisa Ortega Díaz declaró que el Ministerio Público nunca había hablado de magnicidio y que el único delito que sus fiscales investigan, por ahora, es la participación de Machado en una conspiración para cometer nadie sabe qué delito.

Debo confesar que a estas alturas del proceso político venezolano, no creo en casualidades ni en pajaritos preñados. Y me cuesta demasiado pasearme por la posibilidad de que la coincidencia de estos insólitos hechos políticos sea en realidad el fruto exclusivo del más puro azar.