• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

Esperando a Godot

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“Solamente pedimos a Dios que se apiade de nosotros”, exclama, con dolorosa resignación de desesperada, un ama de casa caraqueña a quien entrevistan en un reportaje de la televisión española que acabo de ver. Como si ya, perdida toda esperanza material de salvación, para escapar de esta Venezuela terrible, arrasada física y moralmente por una crisis política, económica y social sin precedentes, solo le quedara a uno confiar en un eventual milagro divino. Un drama colectivo que nos remite sin remedio al teatro del absurdo, a la continua reflexión de Samuel Beckett sobre el sentido sin sentido de la existencia humana y, naturalmente, a Esperando a Godot, quizá su obra más emblemática y aterradora.

Los protagonistas de esta tragicomedia de Beckett son un par de indigentes, Vladimir y Estragón, que esperan en un camino a un tal Godot, con quien al parecer están citados, aunque nunca llega. “Pero mañana sí”, les repite una suerte de mensajero que pasa cada tarde por donde ellos están. Mientras aguardan en vano a que se produzca el dichoso y misterioso advenimiento, Vladimir y Estragón se lamentan lánguidamente de su suerte y de sus achaques físicos. Nada, absolutamente nada más ocurre en esa experiencia de vivir en un mundo insensato e incomprensible por definición. Hasta que en un último instante, posible pero no necesariamente aburrido de tanto esperar en vano, Vladimir le pregunta a Estragón: “¿Qué, nos vamos?”, y Estragón, tal vez también aburrido, le responde con un: “Sí, vamos”, a lo mejor categórico. Ninguno de los dos, sin embargo, se mueve. Entonces, gradualmente, se apagan las luces y cae el telón.       

En el oscuro vacío de un callejón sin salida, al cumplirse los primeros 100 días de una Asamblea Nacional que durante algunas semanas les devolvió a los venezolanos la esperanza en un porvenir de cambios y bienestar, como si él también fuera un personaje de Beckett, de esos que no esperan nada y se conforman con el tedio vital de una existencia infructuosa, sin destino, Henry Ramos Allup expresó su satisfacción como presidente de la Asamblea, porque “en apenas 3meses llevamos aprobadas 5 leyes, todas las que prometimos en nuestra campaña”. Sin darle mayor importancia al hecho de que ninguna de ellas ha podido pasar de la ilusión a la realidad, ya que Nicolás Maduro, a quien se había acordado sacar de Miraflores pacíficamente, mediante uno de los mecanismos que dispone la Constitución para cambiar de gobierno anticipadamente, ha utilizado al TSJ y al CNE para desconocer, sin ninguna consecuencia jurídica ni política, la voluntad popular expresada en las urnas de las elecciones parlamentarias del 6-D.

Sin la menor duda, se trata de una siniestra circunstancia, mucho más funesta y desdichada que las empleadas por Beckett, Camus, Ionesco o Arrabal para describir la infelicidad de sus personajes. Un despiste sideral que quizá se produce porque a Ramos Allup, y supongo que al resto de los diputados, les basta creer que haber aprobado estas leyes, aunque no se cumplan ni se vayan a cumplir mientras no se cambie de gobierno, equivale a haber hecho el trabajo que les encargamos los millones de electores que los elegimos para hacer lo que en realidad no han hecho ni parece que sean capaces de hacer.     

En la acera de enfrente ocurre otro tanto. El oficialismo también espera que se produzca un milagro salvador. Que un nuevo diluvio universal caiga sobre la cuenca del Caroní y las aguas inunden el lago del Guri, que los precios del  petróleo vuelvan a superar la cima de los 100 dólares por barril, que por decreto cese la escasez de todo y desaparezcan las colas, que las calles de Venezuela sean de nuevo seguras, que el país sea otra vez como antes, pero sin democracia ni leyes de mercado, que Maduro sea por fin reconocido, en Venezuela y en la comunidad internacional, como líder indiscutible del socialismo del siglo XXI y del Tercer Mundo.

En este intrincado y complejo cruce de caminos, los venezolanos, igual que Vladimir y Estragón, deben despejar con suma urgencia un enigma peliagudo. ¿Nos ponemos en marcha, nos quedamos quietos a ver qué pasa o seguimos esperando a Godot?