• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

Conspiración del silencio

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El pasado martes, Nicolás Maduro anunció lo que él llama “nuevo sistema presidencial de gobierno”, constituido por consejos populares cuyo propósito es “crear una relación directa entre el gobierno y las comunas, con la participación de más de 500 voceros del poder popular”, los nuevos parlamentarios. Esquema de organización política de carácter corporativo en el mejor estilo del fascismo europeo. “Esa es la consigna –sostuvo Maduro después–, el pueblo al poder, a ejercerlo”. Pero, por supuesto, sin necesidad de intermediarios, o sea, sin partidos políticos ni cargos de elección popular, mecanismos naturales de la democracia representativa, condenada al fin a muerte gracias a las virtudes inigualables de la democracia directa, que es el ingrediente político esencial del nuevo Estado comunal, puesto en marcha por el ya muy llevado y traído “sacudón.”

Para muchos, solo se trata de otro trapo rojo. Inaceptable teoría articulada hace muchos años por casi todos los voceros de los partidos de oposición, para que nada, absolutamente nada, distraiga la atención de los ciudadanos de lo que según ellos de veras importa: la construcción de una mayoría electoral para derrotar algún día al régimen en las urnas servidas por el CNE, a pesar de que su función primordial, desde aquellos remotos tiempos del referéndum revocatorio, sea garantizar la victoria supuestamente democrática del régimen con el antidemocrático objetivo de garantizar su permanencia en el poder para siempre.

El tema tiene ahora una importancia capital, porque desde la habilitación de Maduro como sucesor del comandante eterno, y estos días con la complicación que representan las epidemias del dengue y de la fiebre chicungunya, amenaza cierta con nombre y origen africano, la crisis venezolana de pronto adquiere proporciones de delirio inaudito: según denuncian Maduro y compañía, la oposición canalla y el imperio, vaya, la derecha, le declaró la guerra bacteriológica al Hospital Central de Maracay y a la revolución. Eso es todo lo que hoy por hoy ocurre en Venezuela. De ahí que en la noche del jueves su furia lo llevara a disparar toda su artillería contra la prensa nacional y estadounidense, porque, con la intención criminal de sembrar el terror, han tenido la audacia de afirmar que en Venezuela no hay químicos para fumigar, reactivos para diagnosticar a los enfermos y ni siquiera medicamentos para combatir la fiebre.

Lo cierto es que el régimen no sabe cómo combatir los contratiempos económicos y ahora bacteriológicos. De ahí que de nuevo recurra al silencio. En definitiva, desde que Chávez impuso la Ley Resorte, la gran conspiración contra Venezuela es la conspiración del silencio. Para acallar las voces disidentes. En radio, televisión, prensa y estos días hasta en las redes sociales. Que no se sepa nada. Que nadie informe, opine ni denuncie. Que nos volvamos sordos e invidentes, pues el pensamiento solo puede llegar a ser único si solo se escucha una voz. Esa es la razón de la proclamada hegemonía comunicacional del régimen, de la compra de medios que solían ser independientes, de la crisis del papel, de la vergüenza que le ofrece cada día El Universal a quienes todavía tienen capacidad de escandalizarse. Conspiración que cuenta con la complacencia de opositores que depositan toda su confianza en la reanudación del diálogo con el gobierno bajo la batuta de Ernesto Samper y en las próximas elecciones parlamentarias con un CNE conducido por Vladimir Villegas. ¡Bienaventurados los que todavía creen en los pajaritos preñados!