• Caracas (Venezuela)

Armando Durán

Al instante

El imperio de la violencia

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¿Qué tiene que ver el atroz asesinato de Robert Serra y María Herrera con el contrabando?

Me hice la pregunta cerca de la medianoche del jueves. Había dejado de ver lo que estaba viendo en Directv con la razonable intención de comprobar si ya había terminado la fatigante cadena nacional de Nicolás Maduro desde la capilla ardiente instalada en el Palacio Legislativo para velar los restos del joven diputado y su asistente, y me impactó escucharlo decir en ese instante de dolor algo tan banal como que el macabro fin de la pareja debía servir de estímulo para recrudecer la lucha contra el contrabando. ¿Acaso tenía Maduro información privilegiada que señalaba a algún capo de oscuros negocios fronterizos como responsable del crimen de La Pastora?

Por supuesto que no. Durante todo el día y la noche, los diversos voceros del régimen que se referían al caso, incluyendo al propio Maduro y a su ministro del Interior, habían venido sembrando en el corazón indignado del chavismo los ingredientes de una peligrosa insinuación: la atrocidad cometida había sido ejecutada profesionalmente por sicarios entrenados por paramilitares colombianos a las órdenes de la derecha canalla y golpista. El mismo origen que se le había atribuido en su momento al también monstruoso asesinato de Eliézer Otaiza, que según las investigaciones oficiales fue en realidad cometido por un grupo de jóvenes delincuentes, algunos de ellos menores de edad.

El argumento del sicariato político era falso en el caso Otaiza entonces y también ahora en el de Serra y Herrera. Desde hace muchos años, cuando la violencia sin freno ni aparente remedio comenzó a adueñarse del aire que respiramos en toda Venezuela, primero Hugo Chávez y ahora Maduro, bien por la insuficiencia de sus gobiernos para enfrentar el desafío que les planteaba el hampa común, bien porque el espíritu sanguinario y el odio social de Franz Fanon han terminado por abrirse camino a lo largo de los más tortuosos y sombríos corredores del poder, es preferible hacerse los locos ante la sangría sin freno con la que el mal, por fortuna todavía solo casi absoluto, intenta imponerse en el país. Ahora, cuando parece probable que ya sea demasiado tarde, el régimen reconoce a medias la realidad de la inseguridad y ha emprendido planes como el que llaman Patria Segura y el de desarme voluntario a cambio de becas estudiantiles. Ninguno de los dos sirve para nada.

Entretanto, los laboratorios de guerra sucia del régimen no renuncian a echarle mano a los crímenes más repudiables para achacárselos a sus adversarios. O peor, para acusar a las víctimas de ser los verdaderos culpables, como ocurrió desde el 12 de febrero con las muertes injustificadas de decenas de jóvenes a manos de la PNB, la GNB y de colectivos rojos-rojitos armados hasta los dientes.  

En una sociedad gobernada por hombres y mujeres resueltos a luchar contra sus demonios, las muertes de Serra y Herrera debían servir para tomar al fin por los cuernos al monstruo de la violencia. Esa debió ser la exigencia de la MUD en real señal de respeto, en lugar de suspender vanamente su primer acto de calle programado para el sábado 4 de octubre. Pero tal como se vienen sucediendo los acontecimientos, a la vista de este gesto de imaginaria cívica conducta opositora, y ante la turbia reacción inicial del régimen, quisiera repetir lo que Ramón Piñango sentencia en un tuit el viernes pasado: “De mal en peor. Así vamos”. Hasta que el gobierno, digo yo, tome la decisión de ordenar el caos y la oposición se lo exija cada día en las calles de toda Venezuela.