• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Entre lo viejo y lo nuevo

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“La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”.

Bertolt Brecht

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De pocas épocas y situaciones pueden los hombres extraer más enseñanzas, algunas imperecederas, que de las épocas turbulentas, de las épocas en crisis: en medio del crujir y el estrépito del derrumbe de todas las certidumbres y de la irrupción de nuevas sensibilidades y anhelos, que luchan descarnadamente por imponerse unas a las otras, se muestran en su magnífico esplendor los distintos y contradictorios matices de lo humano: la lujuria, la traición, la ambición, la voracidad, el oportunismo, la crueldad, la mezquindad, la avaricia, el sacrificio, la generosidad, el desprecio, el egoísmo. Lo viejo serpentea entre las ruinas de las instituciones y se viste con nuevas vestiduras para acomodarse a lo nuevo. Batalla contra lo nuevo de manera abierta y desalmada, armas asesinas en la mano, de un lado, o hipócrita, artera, cínica o servilmente para arrebatarle sus triunfos, negarle su grandeza y si le es posible, cerrarle el paso a las alturas del poder, del otro. Mientras lo nuevo, entre ambos frentes, experimenta entre bandazos de aciertos y errores en busca del camino para imponer la necesidad histórica que late en su seno. Imponerse sobre y a pesar de ambos bloques. Imponer el cambio, pisar en terreno firme de un vacilante futuro que ya se asoma. Sin otro respaldo que el coraje, la osadía y el espíritu de sacrificio de la juventud y su capacidad de empatía e identificación con las grandes mayorías, verdaderas protagonistas del cambio.

Dudo que exista otro lugar en el mundo en donde se esté viviendo una de esas épocas de turbulencias más aptas para la comprobación de teorías y enseñanzas de lo que le acontece a la sociedad en época de crisis que Venezuela. En el Medio Oriente se vive el mítico retorno a los orígenes de esa religión de muerte y violencia bélica que es, y siempre fue, el islam. La santificación del asesinato y la guerra como suprema razón de lo divino. La experiencia originaria del horror, del que hablaba Kurtz en El corazón de las tinieblas. En Venezuela, siempre rondando pero a debida distancia del horror por privilegios ancestrales, la crisis permite la cocinería y el sobajeo de la bajeza y la grandeza, la épica y la bufonería, la delincuencia y el heroísmo, la patanería y la lucidez. Un maravilloso laboratorio de experimentación de lo humano, demasiado humano, de lo que pretende estar más allá del bien y del mal. Nietzsche. Reproduciendo el viaje de Marlow hacia Kurtz, en medio del corazón de las tinieblas, de Conrad. Incluso Nostromo y Lord Jim. Un muestrario de grandezas y miserias del alma humana.

 

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Las revoluciones no nacen por partenogénesis. Tampoco la bolivariana. Como no podía ser de otro modo, el virus de la disgregación, el caos y la anarquía que hoy nos abruman se incubó y creció en el seno de lo viejo. En sus cuarteles, eternos criaderos del golpismo. Y recibió la protección y tutela de las viejas élites decadentes, creciendo al calor de la desesperanza de las mayorías. Y logró gangrenar al viejo establecimiento hasta dividirlo en dos pedazos: el que, luego del asalto al poder, echó pie creando un nuevo establecimiento, fiel reproducción del retorno al pasado disfrazado de nuevas vestiduras, autobautizada como Quinta República, y el que, carente de toda mística, de toda fe y de todo proyecto histórico se arrinconó entre las ruinas del viejo establecimiento, asumiendo nominalmente el papel destinado a la oposición. Finalmente eran los derrotados de la partida. Son los dos bloques de poder que hasta ayer han copado el escenario de la política nacional.

El estrepitoso fracaso de la aventura revolucionaria y la claudicación del viejo establecimiento opositor –ni siquiera por mala fe sino por simple e inexorable incapacidad y agotamiento histórico– ha empujado al surgimiento de una nueva fuerza política, de un nuevo protagonista histórico, aún innominado. A él pertenecen las fuerzas que pretenden sacudirse de las trabas y cadenas del pasado, dirigir las fuerzas de la sociedad civil que rechazan el sometimiento a la dictadura y la connivencia que advierten en el establecimiento opositor que puja por sobrevivir a cualquier precio, recurriendo a sus propias fuentes de poder: político, económico, mediático y financiero. Pero estas fuerzas de lo nuevo son, sobre todo, las que pretenden ir al encuentro de una nueva Venezuela, que al romper los parámetros de la que hoy naufraga a la deriva –el estatismo socializante y estatólatra, el clientelismo maniobrado por los caudillos de partidos, el rentismo petrolero y las castas que sobreviven a la sombra del Estado– pretende, todavía angustiada y confusamente, refundar la república sobre nuevas bases: una república para el siglo XXI: civil, liberal y democrática, como ha sido el sueño de los mejores venezolanos.

Es lo peculiar y específico de esta crisis: lo viejo no termina por morir. Y lo nuevo no termina por nacer.

 

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Esto, visto en vuelo rasante, mientras vivimos el tira y encoje de los tres grandes bloques en conflicto, requiere ser considerado con una mayor probidad intelectual de la que suele ser corrillo de periódicos, canales de televisión y páginas de la red en donde se flota sobre las superficies. Exige ser analizado bajo el imperativo de la moral, ese objetivo supremo de la verdad, la perspectiva del nuevo lenguaje que busca y anticipa lo nuevo. Mientras, basta con una sola cita, que describe una temible perspectiva, la de que finalmente se impongan los viejos poderes y vivamos la traición de lo viejo a lo nuevo, y que imagino acecha a cada paso a los rebeldes que, con el sacrificio de su libertad e incluso de sus vidas, mantienen viva la esperanza en una resurrección:

“La lozanía matinal del mundo futuro nos embriagaba. Estábamos trabados por ideas inexpresables y vaporosas, pero por ellas podía lucharse. Vivimos muchas vidas en aquellas campañas vertiginosas, sin escatimarnos en lo más mínimo, pero cuando terminamos y amaneció el mundo nuevo, los hombres viejos volvieron a surgir y nos arrebataron nuestra victoria para rehacer el mundo según el modelo que ya conocían. La juventud pudo ganar, pero no había aprendido a conservar y era lastimosamente débil contra la vejez. Balbucimos que habíamos trabajado para un nuevo cielo y una nueva tierra. Ellos nos lo agradecieron amablemente e hicieron la paz”.

Puede aplicarse al amanecer de todas las revoluciones, al despertar de todas las luchas por la libertad, de todas las hazañas vividas por el hombre contra sistemas dictatoriales, violatorios, injustos, tiránicos. Pero se refiere, en concreto, a las luchas libradas por Lawrence de Arabia, es parte de un prólogo a su obra más famosa: Los siete pilares de la sabiduría. Alguna razón tendría el aventurero inglés para quitarla de su edición londinense original. La verdad puede desanimar y ser dolorosa. Que a nosotros lo viejo no nos intimide, no nos abrume y no nos aplaste. Que las viejas perversiones de politicastros y espalderos, comerciantes y aventureros, de uno y otro lado, no nos aparten de nuestra senda. Venezuela se lo reclama a su juventud libertaria en este futuro amanecer. Acompañémosla.

@sangarccs