• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Esta última revolución, la contrarrevolucionaria (II)

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Nada más engañoso para evaluar el proceso por el que atraviesa la historia venezolana desde el triunfo electoral de su actual presidente el 4 de diciembre de 1998, y que ya cumple trece años de desgobierno, que asumir como cierto su carácter de “revolución bolivariana”. Ya en 1970 un historiador venezolano escribía que el término revolución es “la voz más gastada e inexpresiva del léxico político venezolano. De ella se usa y se abusa para rotular cada revuelta, cada alzamiento, cada insurrección, golpe, sublevación, invasión, cuartelazo, rebelión, complot, usurpación, intentona, sedición, pronunciamiento, asalto o motín pues son muchos los sinónimos para la misma realidad desgraciada y ninguno es revolución”.[6] Se refiere así el historiador J. L. Salcedo-Bastardo al turbulento, sangriento y caótico siglo XIX venezolano, pero igual vale para la historia transcurrida desde entonces.[7]

Por si fuera poco con la devaluación del sustantivo, el adjetivo adquiere ribetes de sainete. No existe una ciudad, poblado o villorrio venezolano que no tenga una plaza Bolívar. El apellido del “Libertador de América” denomina calles, avenidas, teatros, peluquerías, panaderías, empresas, productoras de cine, mercados, pompas fúnebres, licorerías, ferreterías, municipios, alcaldías, entidades federales, clínicas veterinarias, hospitales, fruterías, abastos, carnicerías, droguerías y un pandemónium de actividades comerciales, culturales, políticas o deportivas de todo signo y condición. Y si algún observador de paso, ya impresionado por tanta mistificación popular, pensaba que el repertorio de entidades u objetos que podían recibir el calificativo de “bolivariano” se había agotado, el triunfo de esta “revolución bolivariana” lo dejaría perplejo. La veneración al padre de la patria ha alcanzado tales cotas, que hasta el mismo país debió ser rebautizado. Mientras se elaboraba la nueva constitución “bolivariana” y se llevaba a efecto un mega millonario plan cívico-militar obviamente denominado Plan Bolívar 2000 un terco asambleísta, joven capitán retirado y golpista de la primera hora, insistió en su propuesta de cortar por lo sano y llamar al país mismo y de ahora en adelante  “República Bolivariana de Venezuela”. El propio Libertador  anticipó este y otros disparates con una insólita capacidad de presagio: “Si algunas personas interpretan siniestramente mi modo de pensar” –le escribe desde Popayán, en el sur de Cali, al todavía joven e inexperto político venezolano Antonio Leocadio Guzmán– “y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates”.[8] El disparate propuesto a la Asamblea Constituyente fue derrotado, pero al regreso del bolivariano presidente, que se encontraba en una de sus numerosas giras por Europa, bastó un solo llamado suyo a sus correligionarios bolivarianos, en mayoría en esa bolivariana asamblea constituyente, para torcer su unánime primer voto en contra y dar por aprobada sin más dilación la moción del constituyente Eliézer Otaiza, premiado con la Dirección Nacional de la Disip, la Policía Política del Estado. Poco importó que el capitán Otaiza, en serios problemas económicos  luego de ser dado de baja del Ejército por golpista, se ganara su vida como nudista en fiestas privadas de la high caraqueña. Los costos, por tan poco imaginaria iniciativa, serían colosales: todos los sellos, timbres, papeles, sobres, pasaportes, tarjetas y demás objetos de la papelería nacional debieron ser retirados y reimpresos.

 

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Olvidado el incidente y a punto de recibir de la Airbus el nuevo avión presidencial a un precio de 65 millones de dólares –con un costo adicional en pago por intereses del financiamiento de otros 20 millones de dólares–, un descuido le significaría al erario nacional la módica suma de más de medio millón de dólares extras: hubo que volver a pintarlo para estampar en su fuselaje la nueva denominación nacional de acuerdo con el personal diseño del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, el bolivariano teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, alma del movimiento bolivariano que sacudía al país. El futuro avión presidencial, anticipando quizás un hipotético regreso a la Gran Colombia –esa efímera nación fundada por Simón Bolívar y que comprendía los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá–[9], se llama tout court, República Bolivariana. Comprensible: un rumor escuchado en el país en los albores de las elecciones presidenciales que lo elevarían a la primera magistratura extendió la especie de que doquiera que fuese invitado el teniente coronel Hugo Chávez debía dejarse una silla vacía a su lado: el puesto del siempre recordado Simón, Libertador de América, “hermano del alma”, a cuya diestra debía ser sentada su reencarnación del tercer milenio.

 ¿Por qué no una revolución si en la historia que se extiende desde la independencia hasta 1945 hubo varios cientos de ellas? ¿Por qué no “bolivariana” en un país que no conoce otro santoral que el del egregio Libertador? “Revolución llaman los venezolanos a la rebeldía, la subversión, el atropello brutal de la ley”.[10]

De tantos motines, revueltas, levantamiento y otros sismos sociales que sacudieron y agotaron a la joven república, dice Salcedo-Bastardo: “Entre las pomposamente auto llamadas ‘revoluciones’, algunas tomaron el nombre del motivo alegado: ‘de las reformas’, ‘federal’, ‘legalista’, ‘constitucional’, ‘libertadora’, ‘constitucionalista’, sin parar mienten en el absurdo que muchas veces resultaba de las antítesis entre sustantivo y adjetivo. Otras querían aludir en su título a un cierto contenido ideológico –generalmente vago, pero siempre sugiriendo un retorno–; el prefijo ‘re’ es muy elocuente: ‘regeneradora’, ‘reconquistadora’, ‘reivindicadora’, ‘restauradora’, ‘rehabilitadora’, y hasta ‘reaccionaria”.[11]

Extraño país el que yendo a contracorriente de todo lo visto en el mundo da con una “revolución reformista” y se encuentra luego con una “revolución reaccionaria”. Solamente ha faltado una “revolución contra revolucionaria”. ¿O lo será esta del teniente coronel Hugo Chávez, que vive, aparentemente, sus últimos estertores?

 

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No cabe dudas de que esta revolución bolivariana se inscribe en la tradición que señala Salcedo Bastardo: la bolivariana de Hugo Chávez, amén de la difusa ideológicamente ha insistido hasta la saciedad en la necesidad del retorno, pretendiendo hacer tabula rasa del pasado inmediato –los únicos cuarenta años de ininterrumpida paz y democracia en la centenaria historia republicana– y afincar sus antecedentes en los ya nebulosos y sangrientos tiempos de la Guerra Federal (1859-1863), en cuyo quinquenio se libraron según compila el historiador Manuel Landaeta Rosales 2.467 acciones guerrilleras y 327 batallas, y un saldo en víctimas fatales de entre 150.000 y 200.000 venezolanos sobre una población de 1.800.000.00 habitantes[12]. Sin un mínimo repaso a esos turbulentos antecedentes, la revolución bolivariana de nuestro teniente coronel tendría más de retardado y adormecido eco de las heroicas y fracasadas gestas de las guerrillas castristas que sacudieran al continente hace treinta años que de reencarnación contra natura del añejo caudillaje nacional, uno de cuyos más eximios representantes fuera el caudillo Ezequiel Zamora, máximo y sangriento combatiente de la Guerra Federal y hoy admirado arquetipo popular junto a Ernesto “Ché” Guevara de las masas que siguen a Hugo Chávez. Basta una simple mirada a vuelo de pájaro al inmediato pasado de esta Tierra de Gracia –como la llamara con justicia el Gran Almirante– para comprender que de ambas fuentes abreva este pintoresco proceso social y político que ha amenazado con volver a incendiar los llanos venezolanos, y cuyas ruinas y devastación hoy contemplamos con horror.

Si Eric Hobsbawm acertó al hablar de siglo XX corto para referirse al período que va del estallido de la Primera Guerra Mundial al hundimiento de la Unión Soviética,[13] posiblemente no sea del todo descabellado referirse al siglo XIX largo para designar al convulso, cruento y ruinoso período de la historia venezolana que va desde la liquidación de la Gran Colombia y la entronización del general José Antonio Páez en 1830 hasta la muerte del tirano Juan Vicente Gómez en 1935, como lo señala y, con razón, el ilustre pensador venezolano Mariano Picón Salas. Pudiendo ampliarse esa fecha inclusive hasta la revolución del 18 de Octubre de 1945, cuando  una conspiración cívico-militar derroca al segundo presidente del llamado período del gomecismo –Gómez sin Gómez-, Isaías Medina Angarita. Para un observador extranjero puede resultar asombroso, pero en ese período que contabilizó –según los historiadores más rigurosos– hasta 166 revoluciones, 66 años de feroces guerras civiles y apenas 16 años de una paz de sobresaltos y escaramuzas, el gobierno cambió de manos de caudillo en caudillo, de valido en valido, de padre a hijo, de hermano a hermano en tantas ocasiones que resulta extremadamente complejo terminar por comprender el laberinto político nacional aferrado a conceptos universalmente aceptados como liberalismo, conservadurismo, centralismo o federación, o buscar en la última de sus virulentas expresiones algún rasgo de ideología marxista. “Los Monagas –José Tadeo, José Gregorio, José Ruperto, José Gregorio, hijo, Gerardo, Domingo, Julio– cabecillas de 9 insurrecciones, invasiones, golpes, etc., de los cuales la Guerra “Azul” les devuelve el mando por última vez, deben soportar en los 12 años de sus gobiernos no menos de 97 sacudidas...”.

 

 

NOTAS

[6] J. L. Salcedo Bastardo, Historia Fundamental de Venezuela, pp. 378 y ss. Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1996.

[7] “Oíd esta pavorosa síntesis: setenta horas después de haberme encargado del Poder Ejecutivo se alzó el general José Manuel Hernández. Lo vencí en todas partes y a los siete meses fue mi prisionero de guerra. Días más tarde tuve que ahogar el movimiento autonomista que preparaba el general Nicolás Rolando en Guayana cuando ejercía, por nombramiento mío, la Jefatura Civil y Militar de aquel estado. Tres meses después se pronunció el general Celestino Peraza, en Chaguaramas... Aún no había licenciado las tropas que perseguían al general Peraza cuando una traición más, la del general Pedro Julián Acosta, jefe de un Cuerpo del Ejército Nacional, vitoreaba en oriente al general Nicolás Rolando, jefe de una nueva revolución... A poco el general Rafael Montilla se declaró en armas contra el gobierno. Fue rápidamente vencido. Dos meses después el general Juan Pietri lanza una proclama de guerra llamando a las armas al país... En julio del año pasado invade nuestro territorio un ejército colombiano fuerte de 6.000 hombres, al mando de un compatriota nuestro, el doctor Carlos Rangel Garbiras...”. Castro ante el Congreso de 1902, citado por Eduardo Arcila Farías, Las estadísticas de Castro, Caracas, 1985.

[8] Carta a Antonio Leocadio Guzmán, Popayán, 6 de diciembre de 1829. En Simón Bolívar, Obras Completas, Editorial Lex, La Habana, Cuba, 1947. Tomo II, pág. 836-837.

[9] La Gran Colombia o República de Colombia fue fundada el 17 de diciembre de 1819 por el Congreso de Angostura, y dejó de existir en 1830.

[10] Ramón Díaz Sánchez, Op. Cit., pág. 181.

[11] Op. Cit., pág. 387.

[12] Diccionario de Historia de Venezuela, Tomo 2, pág. 602. Fundación Polar, Caracas, 1997.

[13] Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Crítica, Barcelona, 1995.