• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El traumático y difícil parto de la concertación chilena

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A Carlos Blanco
 
Una sesgada, ignara y falsificada visión de los hechos que llevaron a la salida de Pinochet en 1990 ha querido hacernos creer durante muchos años de dictadura chavista no sólo que ambas, la de Pinochet y la de Chávez (hoy Maduro), participan de los mismos caracteres políticos, así como económico estructurales – una falacia estratégica de graves consecuencias tácticas –, sino que su salida misma fue un tránsito sobre algodones: los demócratas se pusieron de acuerdo con los antidemócratas, fueron a votar un día de fiesta y jolgorio, ganaron el plebiscito los demócratas, Pinochet se fue feliz a su casa y los vencedores bajaron a la playa, comieron perdices y fueron felices. The End.

Nada más falso, así esa edulcorada falsificación de los hechos sirva de coartada al cataléptico electoralismo de partidos y personalidades que hacen vida en la MUD y provea la anestesia ideológica a fablistanes y académicos empeñados en contarnos una de vaqueros. Incluso a ex comandantes guerrilleros al que la vida parece haberles mellado los colmillos. La estricta verdad es que a un año de realizarse el plebiscito sobre la aceptación o rechazo a la continuidad en el gobierno del general Augusto Pinochet, ni existía la Concertación Democrática ni la política mayoritaria en el seno de las fuerzas democráticas apuntaba a participar en el plebiscito pautado en aplicación de las disposiciones transitorias (27 a 29) de la Constitución Política de 1980 a iniciativas del general en jefe de la Fuerza Aérea de Chile y miembro de la Junta de Gobierno, Fernando Matthei.

Lo que realmente existía eran dos vectores de fuerzas opositoras: la Alianza Democrática, fundada en 1983, que unía a los partidos Demócrata Cristiano, Social Democracia, Radical, Unión Socialista Popular y Derecha Democrática Republicana (Partido Republicano desde 1985) y a los que en 1985 se unieron los socialistas renovados (sector Briones-Núñez) y el Partido Liberal. En septiembre de 1983 los partidos de izquierda que no habían integrado la Alianza Democrática constituyeron el Movimiento Democrático Popular (MDP). La naturaleza rotativa de la dirección de la Alianza Democrática quedó claramente establecida el mismo año de su fundación, cuando fuera presidida por Gabriel Valdés, Hugo Zepeda Barrios, Enrique Silva Cimma y Ricardo Lagos.

La Alianza Democrática tenía un solo objetivo: exigir la renuncia de Augusto Pinochet. Y si apurando las cosas se quisiera cometer el pecado venial de establecer paralelismos inútiles entre el proceso chileno y el venezolano, que no conducirían a mayores, más correspondería encontrar su correspondencia en el Congreso Ciudadano que en la MUD, carente, al día de hoy, de toda política que no sea la de esperar sentados por las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 y las presidenciales de 2019.

Para terminar de embrollar las cosas, y dado que en las conversaciones iniciadas por todos los factores opositores en concordancia con la Iglesia chilena y llevadas inicialmente adelante por el ministro del interior Sergio Onofre Jarpa, por parte del régimen – destituido poco después por el presidente Pinochet, que lo desautorizara –   no fuera incluido el Partido Comunista, éste decidió implementar un cinematográfico atentado, proyectado en La Habana en 1980 y retomado operativamente en la misma Habana en 1984, que tendría lugar en 7 de septiembre de 1986.

Traducido en proyectos políticos concretos: la oposición chilena estaba dividida en tres acciones estratégicas a futuro inmediato: la renuncia de Pinochet, a la que apostaban los principales dirigentes de la futura Concertación Democrática; el asesinato de Pinochet, al que apostaban los comunistas y su brazo armado, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, dirigido, entrenado, coordinado y armado por Fidel Castro;  y lo que el curso de los acontecimientos terminara decidiendo: un plebiscito que no había sido decidido por ninguna de las fuerzas mencionadas, sino por la propia Junta de Gobierno bajo la jefatura del general Augusto Pinochet Ugarte.

El atentado no fue una escaramuza ni siquiera en sueños una guarimba universitaria: fue una acción de guerra, perpetrado tras años de preparación en Cuba y sobre el terreno, participaron varios experimentados comandos guerrilleros armados hasta los dientes – a última hora los RPG7 vietnamitas fueron suplantados por los lanzacohetes M72 LAW norteamericanos – con armas largas y cortas de alto calibre previamente internados por toneladas en el Norte de Chile por los cubanos y aunque el principal objetivo salió con vida, frustrando el intento, murieron cinco escoltas y once resultaron con heridas de diversa consideración. Con un resultado político verdaderamente estremecedor: de no implementarse una salida política, pacífica, democrática, en Chile podía desatarse una guerra civil de incalculables consecuencias.

Fue el campanazo que precipitó los acuerdos y enserió los entendimientos. De manera que la llamada Concertación de Partidos por la Democracia, o Concertación Nacional,  no ve la luz sino el 2 de febrero de 1988, exactamente a ocho meses de celebrarse el plebiscito del 6 de octubre de ese mismo año. Que ella no había ni siquiera sugerido y al que se pliega comprendiendo que, tras las señales de la Iglesia, los partidos de derecha, las fuerzas armadas e incluso sectores del pinochetismo las condiciones apuntaban hacia la posibilidad de salir victoriosos, si el régimen no forzaba la barra, lo suspendía o implementaba un monumental fraude. Lo que no fue el caso.

¿Las razones? La dictadura de Pinochet no pretendía instaurar el castrocomunismo en Chile, sino restaurar la institucionalidad democrática, reformar el Estado, potenciar el emprendimiento y sacar al país del marasmo en que lo hundiera el proyecto castrocomunista de Salvador Allende y la Unidad Popular. Si los portavoces de la MUD no lo entienden, peor para sus mandantes. Como bien decía Antonio Labriola, el filósofo italiano padre espiritual de Antonio Gramsci: “Sólo tú, estupidez, eres eterna”.