• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La traición de las élites

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“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado”.

Marx, III Tesis sobre Feuerbach


A pocos debe quedarles duda de que estamos en medio del vendaval y de que vivimos posiblemente la más grave crisis de nuestra historia. Pues a la salida de ninguna de las crisis del pasado, y las hemos tenido, como las revoluciones, por decenas y decenas, estuvo en cuestión no un gobierno, una coalición, un acuerdo, una constitución, un pacto, sino la república misma. Dicho categóricamente: el sistema de vida que nos ha sustentado durante los últimos dos siglos. Y en este caso particular: la república liberal democrática implantada por las fuerzas populares luego de la rebelión del 23 de Enero de 1958. En ninguna de esas crisis, y, repito, se cuentan por decenas, se vivieron disyuntivas existenciales. Como en esta, de cuyo desenlace depende que sigamos siendo hombres libres, o esclavos: dueños de nuestros destinos o zombis al servicio del partido; sombras vivientes vacías de alma en manos de la camarilla cívico-militar que lo detenta. Como ya lo es toda su servidumbre política.

Es una crisis material y espiritual que afecta a la esencia de nuestra identidad. Basta constatar que, por ahora, nuestros destinos están en manos de una satrapía obediente a las directrices de la tiranía cubana y que el curso de nuestra patria ha dejado de estar en nuestras manos para ser un espantajo movido por la desquiciada e interesada voluntad de tiranos extranjeros, para comprender la dimensión de la tarea que enfrentamos, las gigantescas dificultades que deberemos sortear y el ingente costo en vidas y bienes que deberemos sacrificar para volver a ser una patria soberana. Y nuestros conciudadanos, seres libres y plenamente independientes. No espantajos movidos a discreción de una nomenklatura corrupta y asesina.

Para quienes carecen de un vínculo existencial con nuestra identidad y no ven a Venezuela más que como terreno fértil para su enriquecimiento y satisfacción material, vale decir: para quienes Venezuela no es más que el fértil terreno para su enriquecimiento, su provecho y ganancia, no está en juego la patria. Están en juego sus caudales. Pero si ya los tienen fuera de nuestras fronteras, poco importa el destino de nuestros hijos, mientras tengan a salvo sus cuentas bancarias. Así de simple: no tienen otra nacionalidad que la de sus divisas. Ni más compromisos que aquellos que los vinculan a los parapetos empresariales y políticos que los custodian.

Es lo que se ha puesto trágicamente de manifiesto con lo sucedido en la Comisión de Política Exterior del Senado Norteamericano en Washington, el 8 de mayo pasado. De la que más allá de indigentes desmentidos y padres nuestros solo queda en claro que personalidades extremadamente influyentes en nuestro mundo político, social y económico carecen del más elemental patriotismo y anteponen sus intereses personales, familiares y políticos a la irrestricta solidaridad con la patria y quienes han estado regando con su sangre las calles de nuestros pueblos y ciudades en defensa del derecho a la autodeterminación, la decencia, la libertad, la soberanía.

Es, desde luego, apenas una mancha comparado con el inmundo lodazal en el que chapotean millones de venezolanos, a los que difícilmente cabe considerar “compatriotas”, dada su insólita disposición a entregarse en brazos de la servil satrapía al servicio de una tiranía extranjera, esclavizar su voluntad ante sus designios, perder toda honra y toda moral en aras de algunos mendrugos y descender en la escala social al más ramplón y rastrero infantilismo intelectual. Son los complacidos esclavos del caudillo. Así su lamentable estado de miseria –mucho más espiritual que material– lleve a líderes carentes de la más elemental grandeza política a someterse a sus designios para mover un dedo en contra de la tiranía que nos amenaza.

Pero hay, he allí la tragedia, evidentes connivencias entre los cabilderos de Washington y la satrapía venezolana, por un lado; y entre quienes prefieren que nada cambie en el laberinto de negociaciones funambulescas y quienes les han conferido el encargo de cambiarlo todo. Entre los equilibristas de la cuerda floja y los dueños del circo habanero. Un amasijo de turbios intereses conspira en la sombra de compadrazgos, vínculos familiares, intereses crematísticos, alianzas y desaforadas ambiciones políticas en las que chapotea la mediocridad nacional. Todo ello al margen y en perjuicios de una generación que se desangra en las calles para reconquistar la libertad y un pueblo que sufre en silencio la inquina, la maldad, la brutalidad sin nombre de la dictadura que campea por sus fueros. Ya desatada y sin rumbo.

Inolvidables las palabras del gran publicista e historiador alemán Sebastian Haffner cuando recordaba en uno de sus libros de memorias el desprecio que cundió entre las buenas gentes de la Alemania de Weimar, antes del ascenso al poder del caporal austríaco, contra comunistas y socialdemócratas, católicos de centro y conservadores, que carecieron de la lucidez, el coraje y la decencia de unirse contra el monstruo hitleriano. Para el hombre común dotado de un resquicio moral, más culpables por el ascenso y entronización del nacionalsocialismo fueron ellos, dice Haffner, que los propios nazis. Por lo visto, no fue el primero ni será el último de los casos en que una élite decadente traiciona los sagrados principios de la identidad nacional.