• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

2014: el tiempo que urge

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En este año 2014, que el régimen y cierto liderazgo inconsciente de la dimensión de esta crisis existencial quisieran nefando y dominado por la paz de los cementerios, debemos activar todos los mecanismos que nos garantiza ese acuerdo social contenido en la Constitución para exigir la salida del gobernante y el desalojo del régimen. Es el imperativo categórico de nuestra particular humanidad. Reconquistar la libertad.

 

A Luis Ugalde

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Dos escritos filosóficos vienen a reafirmar una vez más la inmensa y sorprendente actualidad de las epístolas de Pablo de Tarso, particularmente de la Epístola a los Romanos: El tiempo que resta de Giorgio Agamben (Editorial Trotta, Madrid, 2006) y La teología política de Pablo de Jacob Taubes (Editorial Trotta, Madrid, 2007).

Dos obras excepcionales porque entroncan con uno de los más grandes pensadores alemanes del siglo XX, Carl Schmitt, el autor del célebre ensayo El concepto de lo político, publicado por primera vez en 1927 y reeditado en 1932, según Taubes “el más grande especialista en Derecho público de nuestra época” y que definiera lo político, en esencia, como el enfrentamiento amigo-enemigo. Un enfrentamiento que asume diversas conformaciones en función de las transformaciones históricas concretas, lo que Schmitt llama “la situación”. Y que suele encontrar su máxima tensión en los estados de crisis de excepción, como la que hoy vivimos en Venezuela –otra categoría clave en la teoría schmittiana– y su quiebre existencial: la guerra. Al borde de la cual, se nos amenaza, podríamos encontrarnos.

Para ambos pensadores esa dramática actualidad de Pablo deriva de su concepción apocalíptica del tiempo, urgido por la necesidad de cumplir un propósito escatológico. En el caso de Pablo, llevar la palabra de Cristo y hacerla hegemónica al mundo de la gentilidad entonces conocido bajo dos presupuestos colosales, difícilmente imaginables desde la escala de nuestra globalización y la casi insignificancia de quienes asumían el desafío –otro concepto clave de Carl Schmitt, el de “desafío”, que junto con el de “decisión” estructuran su denso pensamiento teológico político–: vencer al Imperio Romano, el poder político, militar y cultural más extendido y omnipotente de su época y sobreponerse al pueblo de Israel, el más denso y compacto poder espiritual, del que los cristianos derivaran.

Para lo cual, y en un genial anticipo de una visión universalista para un mundo inabarcable en el tiempo y en el espacio y a partir del concepto esencial de la fe en Dios, crea la Iglesia, en rigor la más universal de todas las instituciones creadas por el hombre. Una universalidad que, aun cuando es desarrollada en el tiempo y en el espacio a lo largo de dos milenios, se encuentra prefigurada en la vida, el pensamiento y la acción del apóstol, infatigable en su peregrinar misionero por todos los confines entonces abarcables.

¿Se entiende la inconmensurable importancia de su mensaje y el valor incalculable de sus epístolas, escritas bajo la urgencia del tiempo que resta y la necesidad de asumir como tarea ineludible, pues encargada por Dios, la salvación para una humanidad descarriada, permanentemente amenazada por las fuerzas de la superstición, la desintegración y el caos, como las que crucificaran  al Redentor?

 

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De ambos libros citados, me conmueve particularmente el de Jacob Taubes, a quien conocí brevemente en el Berlín de los sesenta –tan urgidos por el tiempo mesiánico de la revolución marxista en plena Guerra Fría–  pues consiste en cuatro conferencias dictadas en Heidelberg a pocos meses de su muerte, apenas capaz de sostenerse en pie, y perfectamente consciente de que el tiempo que le quedaba para entregar su testimonio vital se reducía a unos suspiros. El tiempo que urge lo retrataba en una dolorosa y casi insoportable metáfora.

He vuelto a leer ambos textos y, desde luego, las epístolas de Pablo, desconcertado por la liviandad con que los venezolanos en general, y sus políticos democráticos en particular, asumen el tiempo histórico y permiten el despliegue de la maldad totalitaria del régimen que nos oprime como si el tiempo no urgiera. Como si vivir en libertad o esclavizado fuera un asunto menor, cuya resolución existencial debe ser dejada al curso natural de las cosas, sin comprender que el asalto de la barbarie hoy hegemónica en nuestro país se sustenta en una concepción escatológica diametralmente contraria a la nuestra: el tiempo que resta para la barbarie es el tiempo necesario para aniquilar el tiempo de la libertad como sustancia de nuestro ser histórico y alcanzar así el estado mesiánico absoluto del totalitarismo. La muerte travestida de felicidad plena.

Pues el tiempo, la dimensión en la que se despliega nuestra existencia bajo los presupuestos de proyectos de vida que sólo son realizables sin las cadenas opresoras y unidimensionales de un Estado totalitario, tiene un contenido concreto ante una realidad inexorable: la muerte. En otras palabras: el tiempo democrático es un tiempo vital, abierto a todas las perspectivas imaginables de acuerdo con nuestras aspiraciones existenciales y las condiciones objetivas que hemos logrado construir, mientras el tiempo dictatorial es el tiempo de la muerte, la aniquilación del libre albedrío y la reducción de la capacidad de pensamiento y acción personal y colectivo a la mera supervivencia material. El tiempo de la democracia es el tiempo de Dios. El tiempo de la creación. El tiempo de la dictadura es el tiempo de la muerte. De la aniquilación. No por azar, y en un extraño arranque confesional, el último caudillo expresaría la perturbadora conciencia del poder devastador que se derivaba de sus acciones: “Destruyo todo cuanto toco”, le dijo a su confidente, la historiadora Herma Marksman. Le urgía el tiempo nihilista, el tiempo de la devastación.

Visto desde la perspectiva del tiempo que urge, del tiempo que resta y del tiempo que apremia, toda acción liberadora debe luchar contra el tiempo de la muerte, impuesto desde el poder que se autofagocita retroalimentándose en sí mismo: no tiene propósitos redentores ni creadores. Persigue la finitud absoluta, la nada, la aniquilación total, el nihilismo. Disfrazado de utopía. La falsa imagen, repito, de la felicidad absoluta.

La lucha en que estamos empeñados enfrenta ambas concepciones antagónicas del tiempo: el poder de la muerte, que quisiera vernos aniquilados y sometidos; y el tiempo de la vida; que quisiera devolvernos y devolverle al sujeto social la plenitud de sus atributos divinos: la libertad y la fe en los poderes creativos del hombre.

 

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Por eso me asombra y desconcierta la liviandad con que algunos de nuestros líderes esperan la resolución de esta gravísima crisis de excepción y la permanente amenaza de la muerte por mero efecto del transcurrir: el tiempo vacío de contenido en su más pura zoología. La de la nuda vita, en permanente alteración, decía Ortega y Gasset. Esperanzados en que dicha resolución no sea obra de los hombres conscientes y emancipados, dueños de sus vidas, sus acciones y su tiempo, en lucha permanente y denodada por la libertad, sino el efecto natural, residual y sobrante de la acumulación de errores, desafueros, crímenes y devastaciones de quienes detentan el poder, acorralados por esas iniquidades y sujetos a la destrucción desatada por la reacción popular. Sin comprender, lo que más que liviandad es ignorancia, que esas iniquidades son productos conscientes, deliberados y sistemáticamente perseguidos por quienes necesitan de la humillación, el empobrecimiento y la quiebra espiritual generalizada de quienes están empujados a caer bajo las redes del tiempo de la muerte.

Si Pablo hubiera esperado que el mensaje de Dios hombre se hubiera universalizado confiado en que “el tiempo de Dios es perfecto”, no hubiera cumplido su apostolado. No existiría la Iglesia. Jesús hubiera sido un insignificante capítulo de la historia de la dominación romana en Galilea. Un rebelde insignificante consumido en el torbellino de tiempos de revueltas y conflictos en una tierra tan rica en ellos.

Pero a Pablo lo mueve y acicatea la conminación divina: “Ayúdame, que yo te ayudaré”. Lo que explica la urgencia del tiempo de esa ayuda, la esencia del mensaje apostolar, el apremio a la acción, particularmente en tiempos de conmociones, de revueltas, de búsquedas y encuentros como los que definen el fin del Imperio y la entrada al desconocido universo medieval. Aquella época inicial de nuestro tiempo, tan maravillosamente descrita por Marguerite Yourcenar en Las memorias de Adriano, como un tiempo huérfano de Dios.

Quienes creen que el tiempo de la democracia es única y exclusivamente tiempo de elecciones, dado lo cual ante un 2014 carente de ellas bajan la santamaría de los partidos y se declaran en año sabático, cometen un crimen de lesa humanidad. Se entregan –y nos entregan– atados de pies y manos al tiempo de la muerte. Traicionan el apostolado paulino.

Muy por el contrario: en este año 2014 que el régimen quisiera nefando y dominado por la paz de los cementerios, debemos activar todos los mecanismos que nos garantiza ese acuerdo social contenido en la Constitución para exigir la salida del gobernante y el desalojo del régimen. Es el imperativo categórico de nuestra particular humanidad. Reconquistar la libertad.