• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Las tesis de abril

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No hay otra salida histórica que encabezar una revolución democrática para construir una Venezuela moderna. Desalojar del poder al agónico y trasnochado castrochavismo y dar paso a un gobierno de salvación nacional al más corto plazo y con toda la radicalidad que el caso amerite. Ese es nuestro primer y gran desafío político. Al frente de dicho gobierno han de estar quienes han comprendido a plenitud la gravedad de la circunstancia y poseen la voluntad, la decisión, el empuje y la experiencia como para enfrentar su acometido. Es nuestro imperativo categórico.
 
 
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Exactamente al mes de la llamada revolución de febrero de 1917, el líder de los bolcheviques Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, llegaba a la estación de San Petersburgo desde su exilio en Suiza decidido a darle un zarpazo a los esfuerzos de los apaciguadores al servicio de la burguesía zarista que buscaban a toda costa reprimir las gigantescas manifestaciones de descontento popular e impedir la pérdida del poder, entonces en manos del gobierno provisional encabezado por Georgi Lvov. Las manifestaciones de soldados, obreros y campesinos desesperados por la insoportable tragedia de la guerra habían convertido a la capital del imperio en un polvorín. Y del seno mismo de esas masas de desesperados habían resurgido los soviets, concejos de soldados, obreros y campesinos formados desde la revolución de 1903 que ahora empujaban a la toma del poder, sin encontrar el instrumento y la brújula que dirigiera sus luchas. Lenin fue ese instrumento, esa brújula, ese líder excepcional capaz de darle un giro copernicano a la historia del siglo XX.

Al día siguiente, desde el Palacio Táuride, leyó ante sus más fieles y leales seguidores sus famosas Tesis de Abril, que pueden ser condensadas en una consigna que le daría la seña de identidad a la revolución más trascendental de la humanidad luego de la revolución francesa, acontecida un siglo y medio antes: todo el poder a los soviets. En síntesis, Lenin rechazaba toda colaboración con el gobierno provisional, cancelaba todo devaneo con una política conciliadora y parlamentarista, exigía poner un fin inmediato a la guerra y planteaba el control del Estado por los concejos de obreros, soldados y campesinos. El resto es historia conocida y popularizada en el mundo entero: seis meses después de leer sus Tesis de Abril, el 25 de octubre de 1917, Lenin conduciría los dramáticos y vertiginosos sucesos que tras el asalto al Palacio de Invierno, y en esos 10 días que conmovieran al mundo, como titularía el escritor norteamericano John Reed su reportaje de los acontecimientos, conducirían a la toma del poder por Lenin y el partido bolchevique – escindido de la socialdemocracia rusa a raíz de los sucesos de 1903 y decidido a no transar con el establecimiento, como se había hecho práctica de la socialdemocracia desde su fundación por los socialistas alemanes.
 
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Lenin, el líder revolucionario ruso exiliado en Suiza, absolutamente desconocido de los grandes poderes de su época, jefe de una fracción escindida de la socialdemocracia, marginal y minoritaria, y convencido de que no viviría lo suficiente como para ver cumplido su sueño de encabezar una revolución socialista en su patria,  se había bajado del tren blindado puesto a su servicio por el poder imperial alemán, entonces en guerra con Rusia, que lo trasladara desde Zürich a San Petersburgo atravesando los campos de la Europa en guerra, decidido a cortar por lo sano y hacerse de un zarpazo con el Poder del estado imperial de todas las Rusia. Intuitivo y observador, había advertido que las condiciones maduraban y se precipitaban a pasos agigantados hacia la quiebra del régimen zarista. Y consideraba llegado el momento para hacerse con el poder de ese gigantesco imperio acompañado del pequeño grupo de militantes en el partido que fundara en 1903. Parecía la más delirante y absurda de las pretensiones, alojada en la cabeza y en el corazón de un hombre menudo, frágil y enfermizo de 46 años, que había pasado la mayor parte de su vida perseguido, encarcelado, desterrado en Siberia o en el exilio. Devorado por la pasión política y preparado concienzudamente para dirigir la más grande de las revoluciones de la historia. Demostró en la práctica la genialidad y el talento de uno de los políticos más perspicaces, osados y exitosos de la historia. Asaltó y se tomó el poder con las más poderosas de las armas de la modernidad, por él inventada: el militante revolucionario profesional.  Para iniciar la construcción del primer imperio socialista de la historia.

Es importante destacar que la construcción del socialismo, como fase previa al comunismo, si bien constituía el magno propósito de sus desvelos quedó postergado hasta la derrota política plena y total del zarismo, la liquidación de la democracia provisional y el asentamiento definitivo de la llamada dictadura del proletariado. Vale decir: de los bolcheviques. La revolución rusa fue primero una revolución estrictamente política, es decir: el trastrueque del sistema de dominación imperante. Sus consecuencias sociales y económicas vendrían después. Y dadas las circunstancias, jamás podría dar por cancelada la fase preliminar – el socialismo – para dar paso al establecimiento del comunismo. Las vacilaciones en torno al sistema económico a establecer por la dictadura – si economía de guerra y Nueva Política Económica o directa economía socialista – sorprendieron a Lenin con su temprana muerte, seis años después de la toma del Poder. Cincuenta años después y habiéndose liberado la Unión Soviética parcialmente de Stalin y su brutal régimen de terror, Nikita Kruschev se preguntaría si ya estaban dadas las condiciones para ascender al estadio superior postulado por Carlos Marx hacía más de un siglo, declarando estatuida la economía comunista – de todos según sus capacidades, a todos según sus necesidades. La propia utopía marxista. La respuesta quedó en el aire, si bien todos los expertos soviéticos sabían que ni siquiera se habían acercado a los logros de su principal enemigo, el capitalismo: la construcción más desaforada y aventurera de la historia humana – construir la sociedad perfecta – ya se encaminaba a la implosión y el derrumbe y nada impediría su estruendoso colapso. El sueño de 70 años había costado millones de millones de vidas humanas – algunos historiadores aventuran en total entre guerras, purgas y asesinatos la insólita cifra de cien millones de muertos. Infinitamente más que los provocados por las peores catástrofes de la historia, entre las cuales la peste negra de fines de la Edad Media, el exterminio colonialista, las guerras religiosas y la Primera Guerra Mundial, la más devastadora de las guerras hasta entonces conocidas.

Un partido de acerados militantes dispuestos a dar sus vidas por sus ideales, una estrategia político ideológica clara y crudamente expuesta y un gran líder a la altura de las circunstancias dispuesto a actuar con puño de hierro, renuente a toda componenda y fiel a sus principios, lograron lo que parecía imposible: derribar un Imperio y construir un mundo nuevo.

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Sería absurdo traer estos hechos a colación para servir como ejemplo de lo que habría o no habría que hacer en un país situado a casi un siglo de distancia y en las antípodas sociales, históricas y geográficas de la revolución rusa. Si bien la enseñanza fundamental de dichos sucesos: lo político es el enfrentamiento amigo-enemigo y tiene por objeto estratégico la conquista del Poder, ha sido el norte de la acción de Hugo Chávez y su movimiento desde que comenzara a conspirar y protagonizara el golpe de estado del 4 de febrero de 1992. Mientras la democracia se desangraba carcomida por los vicios del parlamentarismo, el electoralismo, el clientelismo, el burocratismo y la pusilanimidad e incomprensión de un importante sector de su dirigencia. En palabras del propio Chávez, ha sido una guerra absolutamente asimétrica, en la que los demócratas han llevado todas las de perder, prisioneros de sus taras, sus prejuicios inveterados, sus debilidades congénitas.

Si entendemos por revolución las convulsiones, descalabros, desajustes y desmoronamientos de certezas y usos inveterados provocados consciente y deliberadamente por una persona o grupo tras objetivos específicos, sin duda la bolivariana lo fue. Y en muchos aspectos, particularmente referidos a su política exterior,  más exitosa que la cubana, si bien esta última fue, además de una revolución social y política, una revolución económica que derribó todos los cimientos sobre los que se sustentaba la sociedad cubana tras un modelo totalitario.  El éxito de la expansión del chavismo por la región se debió, fundamentalmente, a la capacidad de disponer de los más ingentes recursos con que contara movimiento político alguno en el pasado.. En Venezuela y gracias a la disposición de gigantescos recursos y el control totalitario de la sociedad, el castrocomunismo y su Internacional, el Foro de Sao Paulo, encontraron la palanca para mover el hemisferio según los dictados de los Castro, que fracasaran en toda la línea en su gran esfuerzo de los años sesenta setenta.

Pero muerto el caudillo, principal actor e instrumento del control político social del país y cabeza visible del expansionismo castrista en la región, fundador de su propia legitimidad; agotados los recursos y despilfarrados los mayores ingresos obtenidos por Venezuela a lo largo de su historia, esa revolución y ese proyecto expansionista agonizan. El derrumbe inexorable del frágil e improvisado tarantín en que el chavismo convirtiera al otrora poderoso estado Venezolano nos plantea, como ante cualquier crisis existencial, el problema crucial del qué hacer. Las ruinas dejadas a su paso por el chavismo no sólo permitirían sino que exigen hacer tabula rasa con la llamada revolución bolivariana, enviar al basurero de la historia toda su delirante, inútil y ociosa parafernalia y hacerse a la construcción de la sociedad que quisiéramos y los tiempos nos exigen: una democracia moderna, racional, estrictamente civil, solidaria, justa y próspera. Pero fortalecida por el consenso y la disposición a enfrentar de manera implacable a sus enemigos.

No hay otra salida histórica que encabezar una revolución democrática para construir una Venezuela moderna. Desalojar del poder al agónico y trasnochado castrochavismo y dar paso a un Gobierno de Salvación Nacional al más corto plazo y con toda la radicalidad que el caso requiere, es nuestro primer y gran desafío. Al frente de dicho gobierno han de estar quienes han comprendido a plenitud la gravedad de la circunstancia y poseen la voluntad, la decisión, el empuje y la experiencia como para enfrentar su acometido. Es nuestro imperativo categórico.