• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El silencio de los inocentes

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Hubo una época en que Venezuela estaba sola frente a la opinión pública mundial ante el embate dictatorial del chavismo bolivariano. Brutal, descarado, devastador, pero hábil en la manipulación y el engaño. Una dictadura tan repudiable y desde mi particular perspectiva infinitamente peor que las peores dictaduras vividas en el último siglo en América Latina. Incluso peor que la de Fidel Castro, que hoy la esquilma y administra, y la de Augusto Pinochet, en el otro extremo, por razones más que evidentes. Pero inescrupulosa y dispuesta a comprarse a Dios y al Diablo con la insólita fortuna que le cayera en sus manos. Y la patente de corso que le vendiera por miles y miles de millones de dólares anuales la respetable tiranía cubana. En una época que como nunca antes el dinero ha sido el gran árbitro de todos los conflictos.

Peor que la de Castro, porque careció desde siempre de ideología, de anhelos, de esperanzas, de utopía. Fue, desde lo más profundo del amasijo de resentimientos, rencores y frustraciones de su inspirador, una excrecencia caudillesca sin otros propósitos que saquear la república, envilecer a sus ciudadanos, amparar el mayor saqueo visto en la historia bicentenaria de la república y devastar a nuestra sociedad como arrastrada por un impulso de barbarie solo comparable al de la Guerra a Muerte de Boves y Antoñanzas. Por cierto: como todas las dictaduras que en Venezuela han sido. Sin una sola expresión política, cultural o artística, como las que produjese en su momento auroral la revolución cubana. Una pobre e infeliz sacudida telúrica tan brutal e inconsciente como un terremoto o un deslave. Un pobre y miserable levantamiento cuartelero sin otro propósito que alebrestar a los sectores marginales y darles justificación a las ansias de saqueo y motín de la soldadesca venezolana y su carne de cañón.

Peor que la de Pinochet en sus peores rasgos represivos e incomparable en sus efectos socioeconómicos. La crueldad que exhibiera la dictadura de Pinochet fue estrictamente política, bélica, necesaria a un proyecto de dominación tras un propósito estratégico: derrotar de manera incontestable a las fuerzas marxistas que amenazaban con destruir la institucionalidad republicana chilena tras un proyecto marxista leninista y proceder luego, o en paralelo, a la recomposición del Estado y la reconstrucción de la república. Así suene cínico y maquiavélico: un mal necesario. Practicado con sistematicidad y una rigurosa racionalidad estratégica.

No hablemos de sus efectos socioeconómicos: que la represión dictatorial pinochetista estaba al servicio de un proyecto de reconstrucción nacional y no era, como la chavista, mera expresión de la liberación de las apetencias de barbarie de una sociedad hamponil, marginal y desquiciada, lo demuestran los hechos: tras 16 años de dictadura pinochetista Chile era un país reestructurado, su Estado un poderoso instrumento de organización social, su economía, una soberbia empresa de enriquecimiento social. Perfectamente preparado para transitar hacia una democracia moderna y una economía primermundista. Chile es lo que ha llegado a ser después de 20 años de concertación nacional gracias a los 17 años de dictadura pinochetista. ¿Alguna semejanza?

 

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Nada de los tétricos sucesos vividos en estos 16 años nos ha caído del cielo y nos ha sorprendido ignorantes de lo que estaba ocurriendo en el subsuelo de nuestra sociedad desde que el 4 de febrero de 1992, cuando la Venezuela de la barbarie pariera al sujeto de sus resentimientos y sus venganzas. Y el 6 de diciembre de 1998, en un rasgo de soberbia irresponsabilidad e inconsciencia colectivas le abriera en gloria y majestad los portones del poder, postrándose a sus pies para permitir la tragedia. Estuvimos perfectamente conscientes de que detrás del demagogo inescrupuloso no se encontraba un Lenin, ni siquiera un Fidel Castro o un Salvador Allende. Muchísimo menos un Bolívar, como él y su pandilla de asaltantes uniformados, incluso de toga y birrete, quisieron hacérnoslo creer, convenciendo de ello a la indigente conciencia nacional.

Hacer conciencia de que detrás de Chávez se encontraban los peores rasgos de nuestra barbarie y que su barata epopeya perseguía destruir lo mejor de nuestra bicentenaria tradición, particularmente la democracia y la paz puestas en pie gracias a la Generación del 28 en ese inolvidable 23 de Enero de 1958, ha sido uno de los más difíciles, dolorosos y frustrados empeños intelectuales al que hayamos tenido la desgracia de asistir. Solo comparable a la libresca experiencia de procesos semejantes en otras latitudes, como el ascenso en gloria y majestad del nazismo en Alemania.

Se cuentan con los dedos de una mano aquellas conciencias que alertaran del grave mal que se nos venía encima. Fueron millones, en cambio, las que aplaudieron el asalto de la barbarie. Y muchos de aquellos que, generosos en la defensa de lo que nos iba restando de democracia, se sumaron a la lucha de la oposición parlamentarista que a duras penas podía alzar su voz, se negaban a reconocer las tendencias totalitarias y la devastación que anunciaba el demagogo. La revolución ha sido para ellos una santa palabra al servicio de la cual se pueden cometer las peores felonías. Pues una explícita o implícita, consciente o inconsciente simpatía y solidaridad con las expresiones populacheras del llamado socialismo del siglo XXI con que la barbarie enmascaraba sus pulsiones, les impedía asumir y enfrentar la verdad de la mentira. La capitulación de la clase política e intelectual venezolanas –de izquierda, de centro o de derecha, socialdemócrata o socialcristiana, secular o eclesial– ante el castrocomunismo de la revolución bolivariana, ha sido una de las causales más ominosas de la tragedia de nuestra democracia.

Y lo más grave: aún pende como obstáculo objetivo al proceso de nuestra liberación, pues por razones que escapan de la racionalidad política se niega a comprender y metabolizar lo que ya el mundo ha comprendido y ante lo cual no duda en expresar su repulsa: esta de Nicolás Maduro, sátrapa de los Castro, es una de las peores dictaduras vivida en América Latina. Callarlo y negarse a enfrentarla es el peor delito que perpetra nuestra clase política: el silencio de los inocentes. Y el de sus padrinos, los gobiernos de la región.

 

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Y he allí la insólita contradicción: por primera vez se resuelve el grave problema que enfrentáramos en el pasado, cuando en la Coordinadora Democrática nos sentíamos desvalidos y castigados por la incomprensión de la opinión pública mundial, que se negaba a reconocer la naturaleza dictatorial del chavismo y el carácter autocrático del dictador. Cebándose en la crítica a la llamada cuarta república, culpada por todos los males. Una catarata de elecciones, fraudulentas en esencia todas ellas, celebradas en las condiciones menos transparentes y equitativas imaginables, sin el más mínimo control y la menor incidencia de la oposición en sus entrañas automatizadas, concurrían a darle legitimidad a un régimen que todos nosotros  –sin excepción ninguna– sabíamos ilegítimo y fraudulento. Pero cual más cual menos cargando con su rabo de paja. Y cuando digo todos nosotros, me refiero a las dirigencias de Acción Democrática, de Copei, de Primero Justicia, del MAS, de un Nuevo Tiempo, de la Causa R, de Proyecto Venezuela, de ABP, de Bandera Roja, del teodorismo. Dada la genérica complicidad en el ataque a la democracia de Puntofijo, guardamos silencio ante las injustas críticas justificatorias del asalto a la razón. Dada nuestra patética incapacidad para demostrar el fraude originario, el del 15 de agosto de 2004, recurrimos a la hipérbole del “fraude continuado” para relativizar el crimen y limpiarnos las culpas. Un invento justificatorio de Teodoro Petkoff. Perfectamente conscientes de que si la Constitución hubiera sido respetada y las Fuerzas Armadas dirigidas por Raúl Baduel hubieran cumplido con sus obligaciones constitucionales, esta tragedia se acababa cuando ella lo pautara, no cuando a Fidel Castro y a Hugo Chávez se les antojó y nos lo impusieran. En el mayor silencio, el mayor recato y la mayor complicidad imaginable de quienes, en el fondo, justificaban el arrebato.

Pero ninguno de aquellos que hoy callan ante los embates dictatoriales de la satrapía aprestándose sumisos a obedecer los dictámenes del dictador –adelantar las elecciones y, con ello, sofrenar la indignación popular y ganar un segundo aire para ver si la satrapía resiste hasta el 2019–, los mismos que ayer fueran incapaces de rebelarse ante “el fraude continuado” o, como en el caso de las últimas presidenciales, imponer la exigencia de una revisión exhaustiva de los verdaderos resultados, puede argüir en su favor el silencio cómplice de la opinión pública mundial.

Hoy el silencio es de la opinión pública nacional, que si no fuera por la red ni siquiera sabría de la catastrófica baja de los precios del crudo, el encarcelamiento de Ledezma, el asesinato del niño Roa, el cambalache de petróleo por papel confort, la entrega de Leamsy Salazar a la DEA, las acusaciones de narcotráfico a Diosdado Cabello, Tareck el Aissami y los generales del Cartel de los Soles, las milmillonarias cuentas en dólares de Alejandro Andrade, el vil asesinato de 6 muchachos en los últimos días de protestas, los sufrimientos de chavistas y antichavistas por hacerse de pañales, leche, pollo o harina PAN, la brutal y desatada inflación y el desabastecimiento que acogota a 28 millones de venezolanos.

La opinión pública internacional, en cambio, tiene a la dictadura venezolana y  la grave crisis de todo orden que la acongoja en sus portadas, sus editoriales, sus artículos de opinión. Del The New York Times a Le Monde y de Clarín y La Nación de Buenos Aires a El Mercurio y La Tercera de Chile, El Mundo, ABC y El País, de España y así, todos los principales periódicos del mundo, explican y debaten las razones del encarcelamiento de Ledezma, el asesinato del niño Roa y la brutalidad dictatorial de Nicolás Maduro. Sin contar con el Club de Madrid y todos los expresidentes de nuestra región, solidarios con nuestro alcalde metropolitano, con Leopoldo López y con todos nuestros presos políticos.

No podemos quejarnos. Salvo del grave, anonadante, incomprensible e inhumano silencio de los inocentes: el de todos los gobiernos de América Latina, cómplices silentes de un crimen de lesa humanidad del que son perfectamente conscientes. Y de uno aún peor: el de los partidos del establecimiento venezolano, nuestros propios partidos que, por no revolver las aguas y entorpecer otra elección más, contribuyen a ese silencio mayor, el de los gobiernos que dirigen fuera de Venezuela sus compañeros de partido. La izquierda socialista de toda clase y condición que gobierna en Chile, en Brasil, en Argentina, en Uruguay, en Ecuador, en Bolivia, en México como en todos los restantes países que viven de mangonear a Pdvsa. La Internacional Socialista y la Internacional Demócrata Cristiana.

¡Qué silencio más estruendoso! ¡Qué sórdida complicidad! Como para no olvidarlo.