• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La renuncia

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Un mediodía de un domingo cualquiera de comienzos de 1996, el por entonces ínclito y venerado José Vicente Rangel – aunque usted no lo crea: “la conciencia nacional”, lo llamaban sus admiradoras - mandó a preparar una de las mejores paellas que se cocinaban en la capital e invitó a degustarla en su casa de la Alta Florida con un selecto  grupo de contertulios, entre los que se encontraba lo mejor del golpismo venezolano de izquierdas y derechas. Entre ellos gerentes de medios radiotelevisivos, ex presidenciables, futuros editores, intelectuales de postín y políticos del foro. Más algún amigo periodista, por quien me entero del condumio y que por obvias razones de elemental discreción profesional prefiero mantener en el anonimato. No menos de 10 ni más de 12 personas. En cuyas manos, no vaya a creerse que Rangel y Anita pierden el tiempo reuniéndose con la zarrapastra nacional, se encontraba nada más y nada menos que el destino de la patria. Ergo: la riqueza y el botín de la república.

A las individualidades del grupo los unía un propósito que, visto en perspectiva – ya han pasado casi veinte años - , debe ser considerado histórico: terminar por tumbar la cuarta república, tambaleante y sostenida a duras penas por el concordato firmado por los dos patriarcas del establecimiento: Rafael Caldera y Alfaro Ucero. Quienes, cumplido plenamente su propósito de defenestrar a Carlos Andrés Pérez mediante sus poderosos contactos en el descalabrado universo político y su definitoria influencia sobre el estamento judicial, tenían a su cargo llevar la aportillada nave puntofijista a algún puerto en donde pudiera ser carenada. Tarea que ya por entonces parecía imposible, si bien de mantenerla a flote, bueno es resaltarlo, dependía la sobrevivencia de AD y Copei, el chiripero, el MAS y otras fuerzas marginales del establecimiento político puntofijista. A quienes hay que agregarle, obvio es resaltarlo, los intereses de los mercaderes y chupasangres de siempre: empresarios, constructores, banqueros y financistas, perritos falderos de los dos preclaros ancianos de viejas lides.

Luego de discutir la insoportable situación en que se encontraba el viejo prócer copeyano, sostenido de un hilo y apenas equilibrado sobre sus vacilantes y muy menguadas fuerzas de respaldo, se concluyó en invitarlo a seguir la ruta de su odiado antagonista, por entonces ya convertido en cadáver político. El momento, así se concluyó, era propicio para terminar de dar el zarpazo, jalarle el mantel como por entonces lo hacía Joselo por Venevisión, dejando loza y cubertería para ser utilizada por quienes, sentados en torno a esa sabrosa paella, tomarían el mando de la nave en el momento menos pensado. Orden del día: exigirle la renuncia al doctor Caldera. Obvio también es decirlo, que el futuro capitán sería el teniente coronel, a poco liberado de sus promiscuas vacaciones en Yare, ya oleado y sacramentado por Fidel Castro - santa palabra entre los comensales - y desde mucho antes preparado al bate. Ni que decir tiene que entre los contertulios se encontraban su consejero, asesor, financista y operador político, don Luis Miquilena.

Clarificados los objetivos, sobre los que reinó absoluta unanimidad – salir de Caldera lo antes posible, que ya estaba prácticamente defenestrado y comenzaba a despedir los letales efluvios de un fiambre -  si bien alguno de los comensales prefirió mantener un ambiguo silencio, se procedió a repartir tareas para la asistencia matinal a los escuchados programas de opinión de radio y televisión propios de la primera madrugada noticiosa de la semana. Aunque se tuvo buen cuidado de no soltar prenda: la exigencia de renuncia bien podía esperar por tiempos más propicias. Hubo, sin embargo, un discordante al respecto, cuyos ímpetus eran irrefrenables. Hugo Chávez Frías, aún de liki liki y sin los kilos que la presidencia llevaría a niveles de obesidad, a quien le correspondió ir al programa matutino de Venevisión, lo expresó claro y raspao: “Voy gustoso a Venevisión, que allí Cisneros me trata a cuerpo de rey, pero no iré a decir pendejadas. Como corresponde a la circunstancia, yo exigiré su renuncia”. Fue siempre su gran virtud: ir al hueso, sin rodeos ni hipérboles. Y la circunstancia ordenaba asaltar el poder sin más miramientos.

Cuento todo esto por dos motivos: primero, porque el país es una triste y descosida caricatura de la que recibió por esos mismos días a su santidad Juan Pablo II, Maduro está en una situación incomparablemente más comprometida de lo que estaba Caldera y ya cunden las exigencias, como entonces, al margen de los partidos políticos del establecimiento – que llevan desde el 4 de febrero de 1992 sin pintar un poste - de exigirle la renuncia. Que como entonces, el mango está bajito. La segunda es porque a través de las redes me llega una fotocopia de un ejemplar de un viejo semanario para mí absolutamente desconocido, llamado Aristocatia, correspondiente a la semana del 8 al 15 de febrero de 2006, con un titular a todo lo ancho de la portada, en donde sobre una foto del flacuchento teniente coronel en su atuendo de paracaidista golpista se lee negro sobre blanco: “¡Que se vaya Caldera!”. De allí que sea posible datar el encuentro de marras en la última semana de enero, primera semana de febrero de 1996. Y que la indeclinable voluntad del padre de esta esperpéntica criatura - Poleo dixit - era la de tirar a Caldera por el balcón del pueblo sin más trámites. O renunciaba o a cargar con el muerto.

Pero hay otra forma de datarlo: es comprobar la fecha en que Teodoro Petkoff ingresó al gabinete de Caldera en calidad de ministro de Planificación. Posiblemente en generosa recompensa a su lealtad, pues nada más salir de la paellada en cuestión, en la que desde luego participara en su estelar condición de prócer indiscutido, junto al anfitrión, de todas las izquierdas venezolanas, corrió a darle detalles de la conspiración en contra suya a su venerable amigo, primer pacificador de la república y por cuya mediación, la izquierda guerrillera  volviera al redil de la democracia sin pasar por home ni dar cuenta de sus crímenes, asunto por el que jamás dejó de profesarle la mayor admiración, agradecimiento, consideración y respeto. Los mismos que le negaron al defenestrado, tratado por el mismo Petkoff poco menos que como un perro muerto.

Puede que en esa infidencia recompensada con un ministerio y una inmensa porción del declinante poder del implacable y rencoroso jefe supremo de la falange venezolana,  radique la sobrevivencia de Caldera y la postergación de la fecha del asalto al poder por parte de Hugo Chávez. Pues Petkoff y el teodorismo se convirtieron en la única estructura de sostén del resquebrajado edificio de la república.

Hoy, los destemplados demandantes de renuncias de ayer claman a los cielos por la insolencia de quienes creen llegado el momento de que el ilegítimo ponga por fin su cargo - por el que nadie apuesta un cobre - a la orden de un país que se desangra. Puede que los Alfaro  y los Caldera de hoy lancen sus salvavidas. Puede que el mismo Petkoff proteste la insolencia. O que la MUD en pleno, fiel a sus estropicios del pasado, corra en auxilio del tambaleante sobre la balsa de la gran coalición. No servirá de nada, que ya hiede a formol.

Aún así, todo es posible. Todo puede suceder en esta tierra olvidada del Señor.