• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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La renuncia de Joseph Blatter

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La renuncia es un expediente sobrio, elegante, respetuoso y digno del mayor encomio, para hacer mutis cuando la mantención obligada y a la fuerza del eventual renunciante colma el escenario de tormentas perfectas y diluvios universales. Le conviene a él y le conviene al país a cuyo gobierno renuncia. Por ello: más vale pasar a la historia como el hombre prudente que, consciente de los descalabros que provoca, deja el poder, que aferrarse a él para hundirse con sus semejantes. De allí mi propuesta: sigamos el ejemplo que Joseph Blatter dio.

 Nadie conoce el monto de los estafado, expropiado o directamente robado por los compañeros de ruta de Joseph Blatter a la cabeza de la FIFA, pero con plena, absoluta y total seguridad no alcanzarán los 12.000 millones de dólares que Alejandro Andrade, “el tuerto Andrade”, depositara en un banco europeo, sin mayores explicaciones de sus orígenes. Cifra una docena de veces mayor que las reservas totales del primer organismo deportivo del mundo. Ni las decenas de miles de millones de dólares depositados, en su conjunto, por los altos ejecutivos de la FIFA nacional, Pdvsa, desde que Hugo Chávez asaltara el poder. Ni el medio centenar o más de miles de millones de dólares regalados por Chávez –haciendo uso de nuestras arcas fiscales como si las hubiera heredado de don Rafael y doña Elena, reconocidamente unos muertos de hambre– a los Castro, a los Kirchner, a Daniel Ortega, a Lula, a Evo Morales, a José Mujica, a Correa e incluso a Pablo Iglesias y los partidos del Foro de Sao Paulo para imponer en América Latina el oprobio hoy reinante en la mayoría de sus países.

No pagó esa, una de las acciones financieras y delictivas más impresionantes cometidas en el ejercicio de su cargo por presidente alguno en la historia de Occidente, con su renuncia, que no hubiera estado a la altura del monstruoso dolo cometido por él y su pandilla con saña, en despoblado y con alevosía. Lo pagó con la más miserable de las muertes conocidas en la historia de la república: solo, aislado, echado en un camastro como un perro, puesto en absoluta cuarentena política por Fidel y Raúl Castro para que nadie osara arrebatarles la suculenta presa. Para decidir el día de su muerte, para decidir el día de su entierro, para decidir el día de la coronación y el nombre del sujeto a quienes ellos pondrían a la cabeza de la satrapía dejada vacante por la desaparición concertada del caudillo.

Pero sería un pago que le devolvería algo de la grandeza y dignidad a la ofendida y humillada provincia de Venezuela, como la de Blatter intenta devolverle algo de credibilidad y decencia a la FIFA: la renuncia de Nicolás Maduro. La renuncia de Blatter, recientemente electo por otros cuatro años al frente del vapuleado organismo planetario, calza como un radiografía a la que debiera asumir Maduro, que espera seguir a la cabeza de un país a punto de ser condecorado con las calificaciones de Estado forajido y narcotraficante, exactamente por otros cuatro años.

Del mismo modo como la renuncia de Blatter lo descarga del cúmulo de sospechas y lo libera de la acusación de irresponsabilidad, desmedida ambición y brutal desconsideración para con los millones y millones de nosotros, fanáticos de ese maravilloso deporte que es el fútbol, la renuncia de Maduro abriría las amplias alamedas –para usar la metáfora del dignísimo presidente de Chile, Salvador Allende, quien fuera más lejos y en lugar de renunciar decidiera descerrajarse los sesos– y despejaría el camino para la reconciliación entre hermanos, quitándole la mecha a la bomba de la crisis y desarmando a las hienas que, sin consideración alguna por la patria común, anuncian desde Aragua estar preparando la yihad, una guerra santa del malandraje totalitario, contra quienes abogan por el renacimiento y la resurrección de Venezuela.

Solo un necio –y vaya Dios cómo abundan entre quienes se niegan a reconocer, de lado y lado, la agonizante gravedad de esa y nuestra crisis– podría creer, como Blatter dejó de creer al leer los titulares de la prensa mundial y los artículos de opinión que ya comenzaban a hincarle los colmillos a sus cuentas bancarias, en que la FIFA, sacudida por tamaños escándalos, podría recuperarse en los cuatro años de la cuesta arriba de Blatter. Solo un estúpido podía esperar sentado a que culminara su período, para recibir un organismo tan carcomido por la corrupción, que estaría incapacitado para organizar una caimanera.

La renuncia es un expediente sobrio, elegante, respetuoso y digno del mayor encomio, para hacer mutis cuando la mantención obligada y a la fuerza del eventual renunciante colma el escenario de tormentas perfectas y diluvios universales. Le conviene a él y le conviene al país a cuyo gobierno renuncia. Por ello: más vale pasar a la historia como el hombre prudente que, consciente de los descalabros que provoca, deja el poder, que aferrarse a él para hundirse con sus semejantes. De allí mi propuesta: sigamos el ejemplo que Joseph Blatter dio.