• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La reina del sur

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A Enrique Krauze

 

Hace unos años, haciendo vida política juntos en la Comisión Política Asesora de la Coordinadora Democrática de la oposición venezolana, que coordinaba nuestro querido Alberto Quirós Corradi, mi amigo Pedro Pablo Aguilar me regaló La reina del sur, de Pérez Reverte. Intenté leerla dos o tres veces, sin lograr adentrarme en la historia. La abundante decoración ad hoc, artificial y arbitraria, exhibida a destajo para demostrar que el autor sí sabía de lo que hablaba – marcas y especificaciones de motores fuera de borda, lanchas de goma, lenguaje marinero, armas y celulares encriptados, dominio de la jerga mexicana – y unas divagaciones existencialistas del personaje central, con desdoblamientos psicológicos seudo esquizoides como al pasar – ella y la otra o la otra y ella - absolutamente fuera de lugar en la malandra  de los bajos fondos sinaloenses de la que nace el personaje que termina elevada a la nobleza del narcotráfico mundial, me impidieron su lectura. Perder el tiempo con lecturas de entretenimiento no ha sido mi debilidad.

Volví a encontrármela como al azar luego de unas conversaciones en la que algunos de mis amigos políticos ensalzaran la teleserie basada en la novela. Mi simpatía por los personajes involucrados en la conversación  laudatoria me llevó esta vez a buscar una lectura de compromiso. Seguir la narración, obviando todo relleno explicatorio y tratar de seguir la historia propiamente tal. El argumento. Como si estuviera leyendo a Joseph Conrad. Di con un buen método: muy pronto estaba en el capítulo décimo o undécimo, desde donde la trama se acomoda y los hechos se desatan. Algo que jamás he hecho con novela alguna, ninguna bestseller, pero todas esenciales. Y de ese modo, resumida a una cuarta parte, la encontré casi digna de una buena novela negra. Ninguno de mis predilectos autores norteamericanos de novelas negras – Raymond Chandler, uno de ellos,  las definiría en El arte de matar, en 1950, cuando florecen, como la novela del mundo profesional del crimen. Ni él, ni Dashiell Hammett necesitaron 546 páginas para narrar sus historias. Fueron rudos, secos y hasta brutos en ir al grano. No era por azar. Lo esencial era describir el misterio y resolverlo. En un mundo en donde las florituras estorban. 

No he visto un solo capítulo de la telenovela, pero sabiendo de la hondura habitual del género tengo muy serias dudas de que estemos ante una obra de arte. Puede que sea la desventaja del medio. Las grandes, imponentes y estremecedoras novelas de Dostoievski  fueron folletines periódicos escritos para obtener el financiamiento necesario para dar satisfacción a su naturaleza ludopática: era un jugador compulsivo.  En sus obras no hay explicación de la marca de los patines de los trineos, el sitio donde compraba sus pieles el príncipe idiota ni descripción detallada de la fábrica de cuchillos empleados por Raskolnikov. Hay grandeza.

No sé si fue casualidad que la conversación de marras y la relectura tuvieran que ver con la preeminencia mediática mundial de la industria del narcotráfico, que bajo el régimen de Hugo Chávez deviniera en principal industria y fuente de ingresos nacionales, desplazando a tal extremo al petróleo, que ha terminado por involucrar a la propia pareja presidencial, a la fuerza armada, a la clase política gobernante y al cotilleo semiclandestino de los comunicadores. Resaltando, lo que está más bien solapado en la obra de Pérez Reverte, la naturaleza ya intrínsecamente criminal y especular de la política del subdesarrollo. La política como crimen y como espectáculo. Pero, sin duda, los elementos de la novela constituyen la perfecta reproducción del escenario: Sinaloa, capos, asesinatos, crímenes, cárceles y fugas. Y como para poner la guinda, un romance – no sabemos si consumado – con la propia protagonista del papel de Teresa Mendoza en la teleserie mencionada y el principal capo narcotraficante del mundo. Una suerte de juego de espejos en que la extraordinaria ficción de Woody Allen se convierte en pasmosa realidad: Teresa Mendoza, doblada en capo y amante, sale de la pantalla travestida de Kate del Castigo y Guzmán Loera. 

El papel de Pérez Reverte, ¿lo habrá pretendido Sean Penn? Misterios de la farándula. Yo, la verdad, no termino por metabolizar el trago escandaloso y obsceno  de un periodismo de inmundicias y una farandulización de las descarnadas ambiciones de una actriz de telenovelas y la egolatría de un mafioso global. Todo ello montado sobre una auténtica tragedia: la decadencia de Occidente. Al parecer ya se llevó por delante a Venezuela.