• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Me queda la palabra

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A César Miguel Rondón y a todos aquellos que, como él, mantienen en alto el periodismo venezolano.

Ya no recuerdo cuál fue el primer comunicador en caer en las redes de la Gestapo chavista, esa que funciona en alguna covacha de Miraflores, en las mazmorras del Minint, en el Cicpc ex PTJ, en el Sebin ex Digepol ex Disip, en cualquier otra dependencia gubernativa, en la Alcaldía de Libertador o en cualquier despacho de los diputados del PSUV, Podemos, PPT, PCV o directamente en el cuarto de servicio de José Vicente Rangel. Pero también pudo haber sido en cualquiera de los ranchos de los colectivos, esos delincuentes profesionales al servicio del régimen como lo fueran las SS y las SA. Nidos de hampones, de pervertidos sexuales, de verdugos del mismo jaez, aunque más elegantes: sus uniformes los diseñaba Hugo Boss. Suena a sarcasmo: Hugo, el Jefe.

Pero una vez que comenzaron, luego de asaltar el poder y arrasar con las débiles resistencias periodísticas, que hasta entonces se sirvieron de ellos y sobre todo de ellas, que corrían hasta Yare para entrevistas horizontales de medianoche y hasta encontraron la muerte o fueron gravemente heridas en la loca carrera hacia el fenómeno, no se detuvieron hasta apoderarse de almas, bolígrafos, procesadores, computadoras, escritorios, salas redaccionales, pisos y edificios completos, sin respetar a los poetas millonarios –un oxímoron– de comienzos del pasado siglo, que fundaron periódicos emblemáticos luego arrastrados tras los sacos de millones de dólares, rendidos sus propietarios, esos multimillonarios de plastilina dueños de diarios y canales de cuyos nombres no quiero acordarme.

Podría escribirse el Who was Who de los periodistas perseguidos, aplastados, censurados, pervertidos, comprados, traspasados, encarcelados y hasta asesinados. No como en los tiempos de Gómez o Pérez Jiménez, apenas un puñado de nombres emblemáticos que pensaban en blanco y negro. Sino como en tiempos del Hitler llanero en harapos, del descarado, desenfadado, alevoso y siniestro fabulador de la comarca.

No han sido un puñado los voceros informativos y desveladores de crímenes e incurias políticas que fueron o temieron ir a la cárcel, ante lo cual debieron escaparse por un pelo y montarse al avión cuando ya despegaba. De las docenas de periódicos y medios televisivos, de los cientos de medios radiales, cuál más cuál menos todos se arrastraron, todos se humillaron, todos se vendieron, todos se arrodillaron. Todos recordamos la excepción: RCTV y El Nacional. Y si soy injusto y se me quedó algún otro medio en el tintero, por favor, háganmelo saber. Hasta yo, que soy un don nadie del periodismo nacional, debí dejar de escribir en el medio del señor Ricardo Degwitz, porque tampoco supo, pudo o quiso resistir al embate del dorado nazismo venezolano.

¿Cuántos sobreviven a la hora actual? ¿En qué medios? Son nuestras heroínas y nuestros héroes, que sobresalen en medio de este desierto desalmado como un oasis que nos ayuda a permanecer despiertos. Son los bastiones de la honra, el honor y la dignidad. Y como Venezuela no es la Alemania de Hitler, pero se le parece en versión desguace: polvorienta, aldeana y misérrima, cuando uno escucha las infamias que le sueltan a uno de los grandes y ejemplares periodistas venezolanos del último cuarto de siglo que nos van quedando, nuestro amigo a muchísima honra César Miguel Rondón, hijo de dos grandes amigos de ese glorioso pasado que vino a dignificar la patria hasta que sus miserables dijeron basta, no puede menos que recordar a Martin Niemöller, ese pastor protestante que viviera 92 años enarbolando uno de los más hermosos poemas conminativos de la lucha y la combatividad en medio de la criminal apatía de los mediocres:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.

César, que tampoco fue comunista, socialista, sindicalista o judío, siempre habló. Porque como acaba de recordárnoslo, obligado por las circunstancias, es venezolano por nacimiento y Constitución. Y procede genéticamente de estirpe emblemática. Así no vinieran por él, habló. En defensa de los perseguidos. Y hoy, cuando nuestros enemigos ya asoman sus últimos y postreros colmillazos, es bueno que siga hablando. Hasta el momento en que se vea obligado a decir con todos nosotros, como le dijese al franquismo el gran poeta español Blas de Otero: nos queda la palabra:

Me queda la palabra

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra.