• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La porfía idiota

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 Si los actuales dirigentes de la oposición siguen poniendo la otra mejilla electorera a los crímenes impunes del régimen, los venezolanos de bien que sienten el dolor de patria que a aquellos parece despreocuparles, debieran terminar por coger la otra vía: la de los hechos. Levantar un frente de salvación nacional y darle a conocer al país y al mundo que Maduro debe renunciar, que en bien de la supervivencia de nuestra patria su régimen putrefacto debe ser extirpado y que una junta patriótica debe asumir la responsabilidad por la salvación y la reconstrucción de la patria.

No hay otro camino.

En 2002 escribí y publiqué un libro titulado Dictadura o democracia: Venezuela en la encrucijada. Aunque algunos importantes dirigentes opositores asistieron a su presentación, como Julio Borges, Alejandro Armas, Simón Alberto Consalvi, Pompeyo Márquez, Américo Martín y más de un tecnócrata electoral que hoy asiste a la MUD y a Henrique Capriles en sus edénicos convencimientos, su mensaje, suficientemente aclarado con el mismo título, no fue tomado en cuenta y todos se conformaron con la dedicatoria y un vaso de champaña. No lo leyó nadie ni tuvo el menor efecto en la conciencia política del país. La dolorosa realidad es que nadie quería enterarse del crimen que se estaba cocinando en nuestra casa. Aún hoy, tras 17 años de dictadura, hay sabihondos de izquierda que dicen que esta sólo es una democracia “incompleta”.

Dos años después, sentado en la Comisión Política de la Coordinadora Democrática, debí soportar la protesta y el sarcasmo de quienes me creían trastornado político por afirmar que Chávez era un dictador y un tirano en potencia y que ya nos hundíamos en el sargazo de la dictadura. “¿Cómo se te ocurre afirmar que esta es una dictadura, si aquí estamos discutiendo libremente?” –recuerdo haberle oído a más de un compañero de bancada–. La inmensa mayoría de los miembros de esa Comisión Política provenían del MAS, última vertiente del PCV, o de los distintos matices de la izquierda, de Bandera Roja a Causa R. Golpista de nacimiento aquel y de importante figuración en los prolegómenos del golpe de Estado del 4-F los otros. Frente a los cuales, los pocos miembros que pensáramos como yo éramos una ridícula minoría “de derechas”.

Esos predicamentos conciliadores, miopes y carentes de toda visión estratégica –por no hablar de secreta complicidad con el régimen– permitieron la alcahuetería generalizada ante lo que uno de sus próceres, Teodoro Petkoff, quien jamás aceptaría que las victorias de Chávez eran fraudulentas en el sentido clásico del término, reconocería luego de los hechos, ante la aplastante evidencia de sus irregularidades de todo orden, como “un fraude continuado”. Digamos: un ultraje realizado con vaselina y en cámara lenta. Ante la propuesta del joven Cipriano Heredia de apersonarnos ante los miembros de la Sala Electoral del TSJ que constituían nuestra última defensa ante las burdas maniobras implementadas por Jorge Rodríguez para postergar el evento, cambiarlo de naturaleza y  hacernos correr durante largos doce meses como el burro detrás de la zanahoria del RR mientras los cubanos montaban las misiones y otros sortilegios para cambiar la matriz negativa al caudillo –misiones, firmas planas y papel sellado, entre otras insólitas maquinaciones ad hoc– para declararles nuestro respaldo y solidaridad, nadie dio su aprobación. Tampoco se hizo ningún comentario cuando esos magistrados salieron a patadas del TSJ.

Cuando esa madrugada sucedió lo que inevitablemente sucedería –un brutal fraude que trastocó un 60/40 a nuestro favor en un 60/40 a favor de Chávez, después de haber obtenido cientos de miles de votos por sobre el único voto que era necesario para sacar a Chávez del poder, como lo estipulaba la Constitución, ninguno de los “líderes” de la Coordinadora –de Enrique Mendoza a Julio Borges y Henry Ramos– aceptó denunciar el fraude, ni siquiera “el continuado”, ante la prensa internacional que esperaba ansiosa –ya amanecía mientras la ciudadanía era degollada– por la opinión de esta sedicente oposición. El ominoso pretexto de quienes fueran los máximos responsables de la contienda y su jefe y principal vocero, el por entonces gobernador de Miranda Enrique Mendoza: “Faltaban las pruebas”. Y aunque suene asombroso: no las tenían.

Fue la primera violación en toda la línea, la brutal pérdida de la virginidad electoral de la frágil democracia venezolana, el primer ultraje en forma de una ciudadanía que llevaba 46 años entregada al respeto y la pasión electorales.  Al extremo de permitir que, respetando las elecciones, las últimas limpias, transparentes, verdaderamente respetuosas de la voluntad ciudadana, las del 6 de diciembre de 1998, el futuro verdugo de la democracia y el burlador electoral de la comarca, recibiera el poder de manos de quien le perdonara cumplir la pesada pena por la felonía cometida. A pesar de tener las manos manchadas de sangre inocente lo soltó sin una miserable condena. Sin siquiera molestarse ante su desfachatez de calificarla de moribunda, como se lo ordenara Fidel Castro. En las primeras filas del hemiciclo asistían al ultraje en grave y circunspecto silencio los hoy grandes próceres de la oposición, entonces altos dignatarios de ese silencioso, alcahuete y obsecuente Parlamento.

Recuerdo la airada respuesta de un compañero de la Coordinadora ante mi pregunta por el qué hacer si nos trampeaban el RR: “Pues vamos a las próximas elecciones”, me respondió como si aceptar un fraude descomunal o una derrota estratégica fueran la cosa más natural del mundo. Como resonaría una década después en voz de uno de los próceres adecos: voto o balas. Y en eso nos la hemos pasado: de elección en elección. Según expertos de la Universidad Carlos III, de Madrid, desde entonces todas irregulares, todas comprobadamente fraudulentas. Y en el colmo de los colmos, el régimen expulsa hoy de su territorio fronterizo a quienes trajo irregular, fraudulenta, inconstitucionalmente a Venezuela, ceduló y nacionalizó por cientos de miles para abultar el REP y darle alguna credibilidad a las manipulaciones cibernéticas originadas en La Habana. Lo hace porque hasta esas mesnadas electoreras han visto el producto de su complicidad con la dictadura de Hugo Chávez, el padre de la monstruosa criatura: también ellos sufren hambre, desatención, asedios, colas, crímenes sin nombre ni medida.

Anoche recibimos el último escupitajo de esta justicia de la inmundicia, propia de una satrapía que perdió toda vergüenza y todo recato ante una oposición absolutamente acobardada, cataléptica y prisionera de su idiota tenacidad electorera: 13 años a un inocente, mientras los asesinos de 45 estudiantes siguen gozando de su libertad plena para seguir cometiendo sus fechorías. Si los actuales dirigentes de la oposición siguen poniendo la otra mejilla electorera a los crímenes impunes del régimen, los venezolanos de bien que sienten el dolor de patria que a aquellos parece despreocuparles, debieran terminar por coger la otra vía: la de los hechos. Levantar un frente de salvación nacional y darle a conocer al país y al mundo que Maduro debe renunciar, que su régimen putrefacto debe ser extirpado y que una junta patriótica debe asumir la responsabilidad por la salvación y la reconstrucción de la patria.

No hay otro camino.