• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El populismo, nuestra tara congénita

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El siglo XX introdujo algunos cambios sustantivos, que facilitaron extraordinariamente la manipulación popular: el demos se hizo colectivo protagónico; la política se convirtió, ella misma, en espectáculo; el caudillo, en histrión; las masas, en igualitarios ejércitos de figurantes, y a falta de pan buenas fueron las guerras. Veo en el Podemos de Pablo Iglesias la resurrección del decimonónico populismo español: “Pan y toros”. ¿Otro caso más de nuestra idiotez congénita?

 

 

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Recién terminado el bachillerato y antes de entrar a la universidad, hice mi primera educación sentimental yéndome a probar suerte en solitario a Buenos Aires. Toda una aventura que suponía atravesar la cordillera, recorrer en ferrocarril la inmensidad de las pampas y asomarme al anochecer abrumado ante el espectáculo de una gran ciudad, iluminada y populosa como solo las había visto en el cine. Entonces rebosante de prosperidad, absolutamente al día, vital, pujante y nerviosa, digna de figurar al lado de Londres y París entre las grandes urbes del planeta.

Viví en la próspera pobreza de los alrededores, en el barrio Liniers, al borde del Gran Buenos Aires, trabajando primero de vendedor en un mercadito de abastos junto a unos amigos chilenos comerciantes en quesos, que me alojaban, y luego de obrero de la construcción, de ayudante de maestro yesero. Alfeñique y sin ninguna preparación física como para cargar sacos de sesenta kilos, pronto y en conmiseración de mis paisanos me reduje a tareas de asistencia doméstica: ir a comprar a la carnicería el asado de tiras de rigor, preparar el fuego, hacer mandados y cuando se asomaba el capataz, un gallego franquista y gruñón, mover la carretilla con mezcla de un lado al otro. Por cierto, y como para la historia, estucando uno de los apartamentos en construcción, propiedad de Libertad Lamarque, en Palermo.

En esos ratos de asado de tiras y vino tinto con soda hablábamos de lo humano y de lo divino. Joven comunista, no perdía la ocasión de evangelizar a mis pacientes obreros y de aprender algo de lo que había significado el peronismo para la clase obrera argentina. Hacía poco más de dos años que fuera derrocado y vivía por entonces en Caracas. Gobernaba el radical Arturo Frondizzi y me bastaba ver los basureros de los restoranes que encontraba a mi paso rebosando de inmensos pedazos sobrantes de asados a medio masticar para comprender que por lo menos, por entonces, los comunistas no tenían la menor posibilidad de dejar de ser un grupúsculo misterioso, críptico y extravagante, lejos del partido de masas que era en Chile. Hartos de trigo y carne, los argentinos no tenían nada que buscar en el doctor Carlos Marx.

Dejé de ser aprendiz de obrero para convertirme en acomodador del Teatro de Arquitectura, que presentaba con gran éxito en una sala experimental del centro de Buenos Aires Esperando a Godot, de Samuel Becket. Y ya lejos de las brumas del peronismo, de la épica de Evita y las gigantescas concentraciones de masas frente a la Casa Rosada me quedé con las ganas de comprender un fenómeno tan ajeno a la vida política de mi país, hecha de militancia, observancia, ideología y sacrificios.

Volví a Santiago a comenzar mis estudios de historia sin saber qué había sido y qué había significado el peronismo para los argentinos. Más tarde, el desprecio pertinaz que respiré en la obra de Borges por la dictadura de Perón, que como todas las dictaduras, decía Borges, además de promover la persecución y la cárcel promovió la estupidez, me abrió aún más la curiosidad. ¿Qué era el peronismo?

 

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Corría el año 57 y las revoluciones latinoamericanas todavía olían a cuartelazos palaciegos, a sargentadas, a ruidos de sables y levantamientos administrativos. Escenografías de Valle Inclán o de Miguel Ángel Asturias. Pocos se imaginaban que una década antes, ese mismo coronel, gardelianamente peinado a la gomina y de zapatos de dos tonos, hondamente influenciado por Hitler, por Mussolini y el fascismo italiano, así hubieran sido derrotados en toda la línea, había intentado expandir su proyecto caudillesco y militarista por los mares del Caribe financiando a un joven estudiante cubano llamado Fidel Castro, que pudo viajar a Caracas y a Bogotá con el dinero que le facilitara su embajador en La Habana y que, si bien aseguraba no ser más que un luchador antiimperialista sin el menor influjo del marxismo leninismo, terminaría por estremecer el mundo con una revolución socialista a pocas millas de la Florida.

Pasé varias décadas con las ganas de conocer la esencia, la sustancia del caudillismo peronista –no en la fría cartografía de los tratados sino en la práctica histórica real– sumido en la incógnita de las últimas razones del odio de Borges por la figura de Perón, tan venerado por los argentinos, tan folklórico y pintoresco, con su inmensa colección de zapatos de dos tonos, sus pullover de rombos, sus cientos de trajes de casimir inglés, sus miles de camisas de seda, sus motonetas y sus Mercedes Benz, sus amoríos con niñas adolescentes y su personal y estrafalaria soporte de masas, Evita Duarte, una mediocre actriz de vaudeville, grosera y rea, pero guapetona, barriobajera, hermosa, teñida de agua oxigenada y epítome de lo que ha anhelado ser desde entonces toda mujer argentina, como que está en el último trasfondo de doña Cristina Fernández, la erótica devoradora de costillas de cerdo. Al extremo de que ya Menem se vio en la obligación de importar una Miss Universo chilena para copiarse el modelo.

Tuvo que aparecer un teniente coronel ignorante y provinciano, burdo y grosero como un matarife, desenfadado, carente del más elemental sentido de las proporciones e irrespetuoso como una hiena suelta en un cementerio para acercarme a las razones del odio de Borges por Perón: carente del charme del coronel argentino, un militar pulido en la diplomacia como agregado militar en la Italia de Mussolini (1939-1941), pero aún más prepotente y ambicioso que su arquetipo, Hugo Chávez representó el desiderátum del caudillo latinoamericano inaugurado por el militar argentino. También sucumbió a la necesidad de la oxigenada, que nada mejor para ocultar los turbios orígenes que una rubia platinada, pero en su caso la apetencia del cazador insaciable parecía nutrirse de todas las especies y géneros. Para él, todos los métodos de conquista y todas las artes seductoras, apuntaran adonde apuntaran, podían servir al único fin que lo motivaba: el poder.

Y como los arquetipos de Perón –Hitler y Mussolini– dominó todos los trucos y artilugios de la dominación de masas: el odio al establecimiento, el desprecio a los políticos, el patrioterismo más cavernario, el desprecio a la historia real y la exaltación de los orígenes supuestamente míticos traicionados por los partidos. De allí la necesidad de instaurar un panteón de los fundadores, que todo lo demás podía despeñarse a los albañales: San Martín para el uno, Bolívar para el otro. Castro, heredero de Perón y padre putativo de Chávez, tuvo que recurrir al único personaje que encontró a mano: Martí. Así fuera más un intelectual, un periodista y un poeta que un soldado de armas tomar.

 

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Göring, otro militar caudillesco, expresaría con su sorna y su crueldad característica el odio redomado de los caudillos militares a la inteligencia: “Vez que escucho la palabra cultura echo mano de mi pistola”. Los esbirros de Perón a cargo “del sector cultura” que husmeaban entre escritores, compositores e intelectuales argentinos no cargaban una Browning, como el personaje de la infamante obra Schlageter de Hanns Johst que parió la sentencia, pero ya estaban contaminados del burocratismo mussoliniano, de modo que en lugar de echar mano a la pistola degradaban con la humillación y el desprecio. A Borges lo retiraron de la dirección de la biblioteca pública a su cargo y lo nombraron inspector de mercados de abasto. Pollos, chinchulines y coliflores en lugar de tratados y enciclopedias. Castro, carente de mercados, los encarceló. Y en el colmo de la humillación los obligó, como al poeta Padilla, a infamantes confesiones públicas, con lo que se enajenó el respaldo de los grandes de la literatura y la cultura, hasta entonces deslumbradas comparsas de la trepidante tiranía caribeña.

Todo ese desborde de barbarie, de ignorancia y vulgaridad se ha expresado de manera arquetípica en la Venezuela chavista. Afectada en su esencia por el asalto de la razón. Es el despliegue de la idiotez congénita al caudillismo, al populismo, al fascismo, al estalinismo, al peronismo, al castrismo. La perversión del lenguaje, la universalización de la mentira, el trastrueque de los valores, sin otro objetivo que satisfacer la voracidad de las masas y entretenerlas con la política convertida en espectáculo. Pues, en rigor, el populismo sigue fiel al principio de la política de masas inaugurada por los romanos y convertida en sentencia por el poeta Juvenal un siglo antes de nuestra era: “Panem et circenses”, pan y circo.

Juvenal hace referencia a la práctica romana de proveer trigo gratis a los ciudadanos romanos así como costosas representaciones circenses y otras formas de entretenimiento como medio para ganar poder político a través del populismo. Julio César mandaba a distribuir el trigo gratuitamente, o venderlo muy barato, a los más pobres, unos 200.000 beneficiarios. Tres siglos más tarde, Aureliano continuaría la costumbre repartiendo a 300.000 personas dos panes gratuitos por día. Como puede verse, populismo y política son las dos caras de una misma moneda: la idiotez congénita del mando de los hombres.

¿Vuelve la España de nuestros ancestros al vicio que tanto criticaron sus intelectuales durante el siglo XIX: “Pan y toros”? Que el truco además de añejo tiene vigencia universal lo demuestra la frase rusa “хлеба и зрелищ”, pan y espectáculo. Debe existir en todos los idiomas, como el populismo. El siglo XX introdujo algunos cambios sustantivos, que facilitaron extraordinariamente la manipulación de masas: el demos se uniformó; la política se convirtió, ella misma, en espectáculo; el caudillo, en histrión; las masas, en igualitarios ejércitos de figurantes, y a falta de pan buenas fueron las guerras. Veo en el Podemos de Pablo Iglesias la resurrección del populismo español: “Pan y toros”. ¿Otro caso más de nuestra idiotez congénita?