• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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La política en el ombligo

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¿Será posible que nuestra historia sufra un terremoto, un diluvio, una catástrofe germinal, y del más profundo magma de nuestro pueblo surjan los líderes necesarios para resolver el impasse de este amargo momento por el que transitamos? ¿Que vean el mundo desde la aguda inteligencia de sus corazones y no desde los mezquinos resquicios de sus ombligos? Dios nos de la respuesta.

 

“Faltan grandes políticos en Venezuela”.

Fausto Masó, El Nacional, 13 de junio, 2015.

 

La trascendental discusión en torno a la importancia del sujeto en la historia, que atribulara a los filósofos de la historia desde Hegel y Marx en adelante –la historia, ¿la hacen los pueblos o los individuos?, ¿las clases o las élites?, ¿los dirigentes o las masas?, ¿la conciencia activa o la inconsciente fuerza arrolladora de procesos profundos y ajenos a la voluntad de los hombres?– recubre y solapa una muchísimo más pedestre, banal e intrascendente, pero no por ello menos importante, por destructiva y devastadora: la pretensión de algunos políticos de centrar el curso de los acontecimientos en sus personas. Es la de aquellos dirigentes que el azar, el desaforado voluntarismo, la devoradora voluntad de sus padres que los empujara a la palestra o una simple comedia de enredos ha situado en el disparadero de las ambiciones políticas. Poniéndolos en el centro de disputas de profundo y hondo significado histórico para sus pueblos. Todo lo cual, sin la menor consideración de las dotes, los atributos, la cultura, la inteligencia, el temple o los talentos personales del sujeto en cuestión. Obligados, dado lo romo de sus figuras y lo precario de sus inteligencias, a cabalgar montados en sofisticados aparatos mediáticos o costosas campañas de marketing. Es la que llamo “la política en el ombligo” y que algunos malhablados del medio llaman “ombliguismo”. Un clásico y dañino quid pro quo del mundillo politiquero. No solo en Venezuela, sino en el mundo entero. Siempre a la caza del aventurero, del asomado o del mercenario dispuesto al asalto del poder.

En tiempos normales, cuando la política ha dejado de ser la puja de encontronazos de fuerzas visceralmente antagónicas para convertirse en la mera administración de unos asuntos –la res publica, que decían los romanos– más cercanos a la contabilidad y el menudeo del mercadeo electoral de segundo o tercer grado que a las grandes definiciones estratégicas que requieren capacidad de visión de mediano y largo plazo, anticipación imaginaria de un mundo puesto en la mira de las ambiciones de grandes hombres al frente de grandes partidos, proyección de un futuro que ya late en las profundidades del cuerpo social, la política en el ombligo es no solo posible, sino las más de las veces dominante. Sobre todo en provincias cercanas a la República de Costaguana, esa imaginaria republiqueta suramericana como parida en las costas de la Gran Colombia, anticipada con extraordinaria visión premonitoria por el gran escritor anglopolaco Joseph Conrad. Cabildeo de intereses, representación política de empresas y empresarios mediáticos, cumplimiento de cuotas surgidas del reparto del poder entre los poderosos de Sulaco, su principal provincia, movida por los ardores, fantasías y deseos de su mina de plata. No para dirigir a la nación en cuestión, una entelequia, sino para cautelar los intereses crematísticos o de representación que los han puesto, gracias a suculentas contribuciones e incluso a pesar de su manifiesta inexperiencia y carencia de genio, a la cabeza de las sagradas instituciones congresales de ese menesteroso y por ello caricaturesco Estado de fines de siglo.

El grave problema se suscita cuando, precisamente, debido a ese estilo ombliguero, oportunista y cabildero de sus élites republicanas, países de ese talante y calado, con mucho más que una mina de plata en sus alforjas, caen en manos de sus aventureros, con la misma ilusión e ingenuidad con que las bellas e ingenuas herederas de ricos señores pueden enamorarse de ávidos e inescrupulosos cazadores de fortunas. Y a resultas de lo cual se hunden en los abismos de la crisis, caen en las profundidades de sus precipicios, en los pantanales de sus incertidumbres y reviven de entre la lava y las cenizas de sus volcanes los viejos monstruos del pasado: sus dictadores. “El horror, el horror” –diría Kurz, otro personaje de Joseph Conrad, atrapado en el corazón de esas tinieblas.

Nadie podría esperar que de entre el magma en ebullición de esas profundas crisis históricas surjan, como enviados por los cielos, unos nuevos líderes que posean algo más que sus ombligos, así haya sucedido en el pasado, como lo demuestra esa extraordinaria generación de 1928 y esa pléyade de grandes venezolanos: Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Miguel Otero Silva y quienes los acompañaran, treinta años después, en la magna tarea de construir sus visiones de futuro: la democracia de Puntofijo. De ninguno de ellos: tampoco de Gonzalo Barrios, Raúl Leoni, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Andrés Eloy Blanco, Germán Suárez Flamerich, Juan Bautista Fuenmayor  y quienes los bordearon antes y después de esa fecha auroral: Mariano Picón Salas, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, entre tantos otros, se puede decir que pecaban de ombliguismo, que llegaron al poder empujados por las fortunas de sus familias o que carecían del suficiente talento como para ocupar las primeras magistraturas. A ninguno de ellos se le  hubiera ocurrido imaginar que cualquier grave evento acontecido en los entreveros con las dictaduras –que no cejaron–, con luctuosas consecuencias de víctimas mortales, cárcel y sufrimientos sin fin, tuvieron por fin de sus promotores perjudicarlos personalmente a ellos, mezquinos esclavos de ese Aleph desde el que ven el universo: sus ombligos.

¿Será posible que nuestra historia sufra un terremoto, un diluvio, una catástrofe germinal, y del más profundo magma de nuestro pueblo surjan los líderes necesarios para resolver el impasse de este amargo momento por el que transitamos? ¿Que vean el mundo desde la aguda inteligencia de sus corazones y no desde los mezquinos resquicios de sus ombligos? Dios nos de la respuesta.

@sangarccs