• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Las tres opciones

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Esa es la que yo llamo “la tercera opción”: la de la sociedad civil como principal protagonista e impulsora del cambio. La del pueblo asumiendo el protagonismo histórico de una nueva Venezuela en sus propias manos. ¿Será tan imposible que incluso ni siquiera vale la pena considerarla? Es una pregunta para la que no tengo respuesta.

 

Incomprensible que, puestos ante la necesidad imperiosa de resolver la más grave crisis de nuestra modernidad solo se barajen dos opciones. Las llamaré, simplificando: la opción Capriles y la opción Ramos. ¿Cubren todo el espectro del escenario histórico?

Comparten, en su esencia, el irrestricto respeto a las reglas del juego impuestas por la satrapía desde La Habana, madre del cordero: no moverse un milímetro más allá o más acá de lo que les agrada y no les disgusta, les parece viable y no les incomoda y sobre todo no les acorrala por la acción directa del pueblo, sino que les deja un importante campo de acción para sus propias respuestas, trácalas, acuerdos, compromisos y tejemanejes dictatoriales. Eso, por el lado, llamémoslo, “de derecha”, vale decir: del statu quo. Que, para serle fiel y leal al establecimiento, ambas opciones destierran del escenario histórico toda acción que no sea encasillable, precontrolable, aislable y reductible de modo de cerrarle el paso al único, auténtico y verdadero protagonista histórico capaz de resolver una crisis de la colosal magnitud de la que sufrimos y en la que partidos y personalidades perdieron su auténtico protagonismo, si es que alguna vez lo tuvieron: la opción de la acción de masas que tendría a la sociedad civil en la vanguardia y primera fila del protagonismo histórico social. Fiel al principio schmittiano, según el cual, en circunstancia de una grave crisis de excepción, la política no es, en esencia, sino la relación amigo-enemigo. No es por azar que dos de las más prominentes figuras que sin duda apostarían por ese camino de la acción popular, directa y determinante estén encarcelados. Y una tercera marginada de todo conciliábulo político determinante. Para la satrapía y sus acólitos, más vale prevenir que lamentar.

De allí que entre las amenazas con que la opción Capriles y la opción Ramos juegan a asustar a la satrapía y despiertan la cada día más difusa ilusión de que lograrán salir del monstruo de mil cabezas con un mero abracadabra, la más socorrida sea “la electoral”. Parafraseando al doctor Fidel Castro, para quien todo lo que estuviera dentro de la revolución era sujeto a consideración, mientras nada de lo que estuviera fuera de la revolución podía siquiera ser tomado en cuenta, para AD y PJ, dentro de las elecciones, todo; fuera de las elecciones, nada.

Cabe, no obstante, la otra opción, la opción pre, semi o coelectoral de las querencias del partido del Sr. Ramos: el acuerdo, el entendimiento con aquellos sectores del régimen dispuestos a transar una fórmula de compromiso que, ya sea mediante elecciones, sea mediante pactos u otros acuerdos de circunstancia, sacaría del gobierno al Sr, Maduro, se desharía de sus influjos, lo devolvería a La Habana y pasaría al proceso electoral propiamente tal. Bajo un gobierno de transición, plataforma preparatoria de la primera presidencia democrática del país, cuyo ocupante sería, obviamente, la gran figura del compromiso. Bajo las vieja y ya clásica premisa del Conde de Lampedusa: que todo cambie para que no cambie nada.

La opción Capriles centra el ataque en el Sr. Maduro y agita el proyecto de un referéndum revocatorio. Sus ventajas son evidentes: permite hacer como que la sociedad civil es demandada a la acción, permite amparar la actividad electoral con la protección del CNE –por cierto, ¿hasta cuándo Tibisay Lucena?–, deja abierta la puerta al No –si la pregunta es ¿Quiere Ud. que Maduro deje la presidencia?– o al Sí –si es ¿Quiere Ud. que Maduro continúa en la presidencia? –.Y sobre todo: abre un espacio suficientemente amplio y dilatado como para que unos hagan las maletas y otros repasen sus libros de texto de ciencia política para aprendices. Que no se asume una presidencia de la república sin un catálogo de elementales obligaciones. Llamo a esta opción, la opción Capriles, porque resulta de cajón que de triunfar el Sí –¡que se vaya!– o el No –¡que no se quede!– el candidato, ya por tercera vez, y es la vencida, sería el gobernador del estado Miranda.

La opción Ramos considera más lógico y natural que los sobrevivientes de la Cuarta y de la Quinta se sienten a dialogar, encuentren un modus vivendi, negocien con los Hnos. Castro & Cía., nombren un gobierno de transición que llame a elecciones en un plazo prudencial y encamine los hechos como para que el primer presidente electo en las primeras elecciones dizque democráticas del siglo, el elegido sea el secretario general de AD. Estaríamos ante una suerte de revival: 23 de Enero y Rómulo Betancourt, Parte 2. Si bien, siguiendo otra premisa, la del Dr. Marx, toda segunda parte es irrisoria. La Sexta República. Imagino las simpatías con que contaría esta opción del entendimiento o la cohabitación en las cancillerías de Washington y el Vaticano.

¿Falta de imaginación, prurito de desgastado institucionalismo o cuidado extremo de alterar las agendas de salidas y de entradas de los habitués del poder el que nadie consulte otras alternativas, tanto o más constitucionales que las mencionadas pero que consideran como ingrediente esencial y sobredeterminante la participación popular y activa a través de una directa, creciente y ampliada, larga y prologada o breve y terminante acción de masas, capaz de exigir e imponer la inmediata salida de Maduro y todo su gabinete y la apertura de un proceso transicional con todas las de la ley? ¿Sin contramarchas ni temor al futuro? ¿Obviando de paso los acomodos, trácalas, vericuetos, alcabalas y menjunjes de toda suerte y condición que retrasen, obstruyan, obnubilen y castren las opciones para un verdadero renacimiento de la democracia en el país, principal y esencialmente civil y civilista, legal y legalista, justo y progresista y en donde el poder pueda ser ejercido no por los saltimbanquis de siempre, sino por nuestros mejores hombres? ¿Viejos o nuevos, que al efecto poco importa la tersura del cutis? ¿No ha sido esa la única fórmula confirmada por la experiencia de los pueblos: salir de los estorbos y abrirles paso a las nuevas fuerzas históricas, sin temor a ensuciarse los zapatos?

Esa es la que yo llamo “la tercera opción”: la de la sociedad civil como principal protagonista e impulsora del cambio. La del pueblo asumiendo el protagonismo histórico de una nueva Venezuela en sus propias manos. ¿Será tan imposible que incluso ni siquiera valga la pena considerarla? Es una pregunta para la que no tengo respuesta.