• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Sin novedad en el frente, señor diputado

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Como no podía ser menos, ya se alebrestan las ambiciones y se reproducen las mezquindades.  Corren los amarillos a quitarles el derecho de postulación a los azules, los blancos les hacen zancadillas a los morados y las caras nuevas se preparan a darles una paliza a las caras viejas. Mientras, el desastre se profundiza, el naufragio avanza, la miseria aumenta. Como diría el gran novelista Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, señor diputado.

 

Puede parecer extraño, pero del 6 de diciembre a esta parte, contrariamente a lo esperado, se han incrementado las colas que ya dan vuelta a la manzana del automercado cercano a mi casa. Y viendo ya de madrugada a los colistas conversando en grupos o mirando al cielo –los gavilanes no se han ido de El Hatillo y planean sobre sus cabezas viniendo de la cortada de Turgua tan intrigados por su extraña presencia como yo mismo– se advierte claramente que no son lugareños. Vienen de lejos. Imagino que atraviesan la ciudad en son de paseo, como en los cincuenta, según me cuenta mi esposa, cuando los catienses iban de paseo a Los Chorros. Pero entonces Caracas se extendía hasta la Plaza Venezuela. Ahora, que pasa de Guarenas, se dirán: “Mañana no vamos a El Marqués ni a La California. Mañana nos toca El Hatillo”. Y así sucesivamente.

No trabajan. A no ser que algunos de los clientes a la espera del milagro de la aparición de los panes a precio oficial sean bachaqueros. Tejen sin la menor conciencia el inútil telar del comunismo más ocioso –un oxímoron–, el cubano, consistente en una jaula territorial manejada por una pandilla mayor armada hasta los dientes que reduce a los ciudadanos de cualquier sociedad que caiga en sus fauces a tropas infinitas de mendicantes profesionales, muertos de hambre sobrevivientes de su propia catástrofe, cuya única labor consiste en esforzarse por sobrevivir. No es “la superexplotación del trabajo”, término inventado por mi compañero brasileño del MIR chileno Ruy Mauro Marini, lejano maestro de Lula da Silva, para explicarse lo inexplicable, sino la superexplotación del ocio y el desempleo, a los que el comunismo conduce inexorablemente. Como la devastación económica que provoca el delirio del castrocomunismo genera masas incandescentes de desempleados, inventan esta falsa actividad laboral que consiste en romperse el culo de la mañana a la noche y así hasta la madrugada siguiente buscando el mendrugo de pan que echarse a la boca y echárselos a sus crías. Eso, no otra cosa, es el socialismo del siglo XXI, señores intelectuales de Aporrea. Eso: una forma perfectamente organizada para casi morirse de hambre. El casi es la clave: el Estado se encarga de que obtengan lo justo para no desmayarse extenuados sobre las aceras, como los judíos en Varsovia, mientras ensayaban el acto final para Auschwitz. Ya se reportan casos en los andenes del Metro: famélicos, se desmayan de hambre.

Yo invitaría con gusto a conversar sobre esta extraña contradicción –una resonante victoria electoral que ha logrado el aumento de las colas y la postergación de La Salida tras la ilusión óptica de la solución de todos nuestros males– a los genios de la MUD, para los cuales los pueblos se zafan de sus tiranos solamente si son disciplinados, se ubican al centro del espectro político –Mires Germanicus dixit– y van cual corderitos a cuanto proceso electoral se les ponga por delante. Aquellos que creyeron que con las del 6 de diciembre se había mordisqueado por fin la zanahoria del burro, estaban profundamente equivocados: ya pululan los expertos electorales de esta oposición venezolana calculando los votos necesarios para conquistar las gobernaciones y alcaldías. Que si conquistamos tales y cuales gobernaciones y tales y cuales alcaldías, ahí sí que tendremos al burro por el rabo.

Como no podía ser menos, ya se alebrestan las ambiciones y se reproducen las mezquindades. Corren los amarillos a quitarles el derecho de postulación a los azules, los blancos les hacen zancadillas a los morados y las caras nuevas se preparan a darles una paliza a las caras viejas. Mientras, el desastre se profundiza, el naufragio avanza, la miseria aumenta. Tout va tres bien, madame la marquise. Como diría el gran novelista Erich Maria Remarque, Sin novedad en el frente, señor diputado. Un votito, por el amor de Dios.