• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Aquel nefando 11 de septiembre de hace 41 años

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La hipocresía es mala consejera. En Chile se enmascara tras una sonrisa congelada. Los culpables siempre, desde tiempos inmemoriales, han sido los otros.

 

“Yo no hablo de venganzas ni perdones:

el olvido es la única venganza y el único perdón”.

Borges

 

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Nada más poderoso que el olvido. Contra el que ningún esfuerzo recordatorio sirve de mucho. Bien vistas las cosas, no son ni la memoria ni el recuerdo la clave del avance de la historia: es el omnímodo, el turbulento, el atronador poder del olvido. Que le ha permitido a la humanidad dar vuelta sus páginas más ominosas, ilusionar a cada generación con el consuelo del adanismo, hacer como que la historia comienza con cada recién nacido y arrinconar, de ese pasado ensangrentado y colmado de horrores, las pocas perlas de lucidez y el escaso diamante de sabiduría que, a pesar de los pesares, nos rescatan lo más valioso de este doloroso tránsito por guerras y revueltas, genocidios y desmanes que nos han traído, con sus resacas y naufragios, a estas desangeladas costas del presente. Como para seguir caminando erguidos. Lastra, ante ese ser humano cicatrizado por los horrores de la historia, el título de uno de los más bellos y estremecedores libros de memorias escritos por una víctima de Auschwitz, el judío piamontés Primo Levy: Si esto es un hombre. Lot, huyendo de Sodoma y Gomorra, prefirió 4.000 años antes mirar al futuro.

La política suele ser esa prolija labor de buhonería que lleva a los ambiciosos a expurgar entre los desperdicios para escribir sus propias historias. Una suerte de maniqueísmo que extiende certificados de buena conducta y condenas inmisericordes para desviar las turbias aguas del pasado a sus inmaculados molinos. Recuerdo a Primo Levy mientras leo a Günther Grass, quien en una memorable disertación en memoria del 8 de mayo de 1945, día de la capitulación de los ejércitos alemanes, escribiera: “Para hacerles comprender a los muchachos que hoy tienen 17 años el grado de servidumbre al que estuvo sometida mi generación, incluso más allá del 8 de mayo, diré que hubo que esperar hasta la confesión ante el tribunal de Nuremberg de nuestro antiguo responsable de asuntos de la juventud para que la pregunta: ‘¿Es posible que semejantes crímenes sean obra de alemanes?’ hallase una respuesta, que al mismo tiempo era una acusación en toda regla y que nos liberó de la compulsiva disposición a obedecer y abrió las puertas a una verdadera conmoción. La respuesta fue: ‘Sí, lo son”.

 

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Pero hay algo peor que el olvido: es la carencia de coraje para asumir las acciones que emprendimos para permitir el futuro que tenemos, así fuera al precio de volver a revivir el trauma originario: la maldición cainita. De allí que peor que el olvido sea el falso arrepentimiento, ese compuesto acomodaticio de oportunismo, ambición y mezquindad que lleva a los hombres a renegar de su pasado o intentar acomodarlo a las necesidades de poder del presente.

Bien por lo alemanes que debieron y supieron asumir sus culpas: nadie asesina a 6 millones de seres humanos para sacudirse las cenizas de las manos y sentarse a escuchar la Pasión según san Mateo en la catedral de Frankfurt, como si el asunto no fuera con ellos. Mal, muy mal por los rusos, que cerraron el negocio de 70 años de horror totalitario como si el Muro se hubiera caído por su propio peso.

De la cruel fantasmagoría hitleriana no quedan rastros. Duró 13 años y fue erradicada como la mala hierva, para ejemplo de la humanidad. El pueblo judío tuvo a buen recaudo mantener viva la llama de la memoria. Pero el estalinismo soviético sobrevive en dos tiranías ejemplarizantes: Cuba y Corea del Norte. Y para vergüenza de la memoria, continúan ejerciendo la fascinación de la crueldad, la idiotía del delirio utópico y el atractivo de la automutilación. ¿Cuántos comunistas militan por el mundo con miradas angelicales, como si las hambrunas, persecuciones y mortandades provocadas consciente y sistemáticamente por el comunismo no hubieran existido jamás?

Si hay quien lo dude, que pregunte por Fidel Castro, así se oculte tras la guitarra de Silvio Rodríguez. Resulta insólito y asombroso que la tiranía cubana, tras 55 años de derrotas y fracasos, de vergüenzas, cárcel, fusilamientos, asesinatos y destierros, sobreviva sin una gota de autocrítica, sin un adarme de arrepentimiento, sin ver menguada la soberbia y el desplante homéricos del anciano anclado en sus odios y sus rencores como si se tratara del despojo de un Prometeo caribeño. Montado sobre la proa de su balsa de piedra, anclada en su mar de la felicidad.

Y aún peor: asombra que naciones que se preciaran de saber defender sus tradiciones libertarias, por las que entregaran la sangre de sus pueblos y la inteligencia de sus élites, puedan manipular el espantajo del castrismo como si se tratara de una obra de Miguel Ángel o de una pintura de Leonardo. Que en Venezuela, país que puede preciarse de haber encaminado a América del Sur al reino de su libertad, gobierne un espantajo de dudosos orígenes puesto a cargo de la satrapía por una tiranía que no participó de las luchas independentistas, ni sacrificó uno solo de sus hombres por la libertad de nuestros países, es como para no dar crédito a lo que vivimos. Pues si alguien todavía lo duda, es bueno saber que en Venezuela no gobiernan los venezolanos.

Y aún peor: que esta satrapía sirva de plataforma al expansionismo del castrismo cubano por toda la región, en andas del Foro de Sao Paulo y el concurso de los gobiernos de Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador y Uruguay, la apatía de los restantes países de la región y la activa complicidad de las máximas autoridades de las organizaciones multinacionales encargadas de velar por nuestras democracias, da pie a pensar que un grave mal se ha enseñoreado de las Américas: el mal de la estupidez. Ilimitada y en expansión, como el universo, al saber de Albert Einstein. Y al de Antonio Gramsci: “Sólo tú, estupidez, eres eterna”.  Lo dice todo.

 

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“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Borges.

 

Pronto habrán transcurrido 41 años desde el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. Y tras caravanas de la muerte y una mordaza cuartelera de 17 años, de la más chilena y rancia estirpe, otros 20 de diplomática convivencia de izquierdas y derechas en que los chilenos jugaron a ser europeos y los últimos 4, de madurez plena como para que gobierne su derecha, en solitario –que absoluto derecho tiene–, vuelven a oírse los ecos lejanos de trompetas y atabales de la Unidad Popular. Y se reinicia la andanada de acusaciones de parte y parte. Con muy escasas mea culpas.

No deja de avergonzar que el pandero de este revival lo toque la izquierda. Y que a la derecha se la vea como acorralada en su mala conciencia. Nada de lo cual sucedió en España, en plena transición, por consenso de republicanos y monárquicos. Ni en la Alemania pos-hitleriana, por imposición de las tropas de los aliados. A Franco se lo dejó dormir en paz y a Hitler se le hurgaron las gusaneras, para escarmiento del horror.

Pero en Chile pareciera que izquierdas y derechas decidieron hacer como que el asunto no fue con ellos. Cuando lo lógico y natural, lo adulto, lo digno de naciones con pantalones largos, sería haber acordado un catálogo consensuado de verdades, sólidas y monumentales como una catedral. Que permitirían compartir la carga de una tragedia a la que todos, cual más, cual menos, contribuyeron con tenaz prolijidad. Así el precio máximo a pagar por ese consenso necesario sea reconocer que nuestras fuerzas armadas fueron la quijada de Caín. No Caín. Y que ante las evidencias de campos de concentración y horrores inenarrables cometidos por chilenos contra chilenos, la mayoría de ellos, la llamada civilidad que aplaudió el golpe de Estado e izó banderas la tarde misma de la ignominia, guardaran un discreto silencio.

Compartir las culpas. La izquierda, en primer lugar, que quiso imponer, con 34% de los votos, un sistema objetivamente opuesto y contrario a las tradiciones democráticas que le permitieran a Allende –como lo reconocería el día de su proclamación– asumir el poder, así dos terceras partes del país no estuvieran de acuerdo con la aventura: el centro democratacristiano y la derecha liberal conservadora. Así el intento pretendiera travestirse de “rostro humano”: socialismo a la chilena, la cuadratura del círculo. Y dentro de la izquierda, la incapacidad en establecer mínimos consensos de gobernabilidad y comprender que el país, sólido en sus tradiciones seculares, no iba a permitir perder la brújula e irse al garete tras una absurda catástrofe anunciada.

Esa primera verdad es tan obvia, tan elemental, tan de Perogrullo, que asombra la cara de virginidad con que las damiselas del Partido Comunista hacen como si sus camaradas fueran vírgenes vestales, el estalinismo un cuento de hadas y el castrismo un paraíso real imaginario. Quisimos asaltar el poder, todos en la izquierda sin excepción ninguna, arrasar con la institucionalidad democrática, triturar y reescribir la historia y poner el país patas arriba. De Allende a Miguel Enríquez y de Carlos Altamirano a José Viera Gallo. Yo, un modesto extra de trastienda intelectual, incluido. Todo lo demás es cuento de chinos.

Del otro lado, y como lógica reacción, la ultraderecha quiso poner en marcha un brutal proceso de fascistización de la sociedad. Asesinar a quien se le pusiera por delante. Entre la verdad del MIR –pueblo, conciencia, fusil– y la de Patria y Libertad –religión, familia y propiedad– vivimos el fracaso de toda mediación, el naufragio de la sensatez ante el delirio y el surgimiento de falacias con las que comulgáramos día tras día y noche tras noche. La crisis existencial que brotó de las entrañas de un país desquiciado clamó a gritos por una solución que nadie, absolutamente nadie, tomó en serio o promovió sin mala conciencia. Eduardo Frei Montalba, el último garante de una salida consensuada, ganado para la brutalidad cuartelera, creyendo que Pinochet no sería más que la pata del gato pronto a sacar las castañas del fuego del horror.

La hipocresía es mala consejera. En Chile se enmascara tras una sonrisa congelada. Los culpables siempre, desde tiempos inmemoriales, han sido los otros.

@sangarccs