• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El nazismo, Chávez y las elecciones

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En Venezuela, desde los sucesos del 11 de abril, que terminaran por entregarle el control supremo del Estado a la tiranía castrista y la sumisión plena de Hugo Chávez a Fidel Castro, en rigor y tras toda formalidad aparente todas las elecciones han sido fraudulentas. 

 

 A Julio Borges, Henrique Capriles y Teodoro Petkoff

 

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El nazismo vivió dos momentos antinómicos respecto a su valoración de los procesos electorales y la función que cumplían en el contexto del parlamentarismo liberal: frontalmente crítica y utilitaria desde el Putsch de la Cervecería, en noviembre de 1923 hasta el 30 de enero de 1933; apologética e incondicional a partir del 31 de enero de 1933. Las consideró tramposas, intrínsecamente injustas e inmanentes al liberalismo dominante, que fijaba las reglas, para convertirlas al día siguiente del asalto al poder en la más cabal expresión de la voluntad popular: la voz del pueblo, siempre y cuando de manera directa, asamblearia, a mano alzada y a cara descubierta. Del rechazo a una guillotina privada en manos del sistema liberal a un clamor plebiscitario en manos del nacionalsocialismo.

Quien mejor expresaría el rechazo a los mecanismos electorales, a los que consideraba trampas cazabobos de conservadores, liberales y católicos de centro, fue el gran constitucionalista alemán Carl Schmitt. Para quien, bajo las normas del liberalismo, toda auténtica equidad estaba descartada en esencia cuando la oposición, sin poder, se enfrentaba al oficialismo, con todo el poder en sus manos. La clave de ese rechazo: la inequidad esencial entre detentores y adversarios del poder. Y según el cual, el ganador de los últimos procesos electorales contaba con una ventaja de todo orden, que conspiraba contra el cambio y garantizaba la preservación del sistema: poder institucional, poder político y poder económico.

No se trataba, como lo explicita de manera deslumbrante el abogado del nazismo en uno de sus mejores alegatos, de mero oportunismo: la falsedad de los procesos electorales bajo el régimen democrático liberal  hacía su esencia. Lo público, la teología política de la meta individualidad y del colectivismo de la sangre, la tierra y la raza –o la clase proletaria en la concepción marxista– a la que apuntaba la concepción revolucionaria del nacionalsocialismo, rechazaba categóricamente la privatización de lo público, la hegemonía de lo individual, la subsunción del destino colectivo a un momento específicamente individual, subjetivo. Exactamente como el colectivismo comunista. Por ello, el solo hecho de encerrarse un individuo en una caseta aislada para comunicarse privada, secretamente con la voluntad general del Estado negaba la esencia de la político, del espacio público. Votar, para ser auténtica expresión del pueblo y de la raza originaria, debía cumplirse a la intemperie: ser un juramento cósmico frente a los dioses del Walhalla, el panteón de los Nibelungos. Como las asambleas multitudinarias de los alemanes de la suástica en la explanada de Núremberg, bajo las banderas, los estandartes y los pendones rojinegros de la raza aria. El individuo, el sujeto, solo podía trascender a la esfera de lo público renunciando a toda singularidad, a toda particularidad, para fundirse en el colectivo. De allí el odio primigenio del colectivo primordial –la raza aria– a lo distinto, cualquiera fuera el medio de la diferenciación: cultura, etnia, religión, lenguaje. De allí la guerra a muerte a las disidencias más específicas y notorias: eslavos, gitanos, judíos.

 

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No es su rabioso antiliberalismo el que sufre un vuelco a partir del fracaso del golpe de Estado que intentara en noviembre de 1923 y sus dos años de cárcel: es su comprensión del papel que la lucha electoral podría cumplir en su ascenso al poder. Contrariando la teoría leninista del asalto al poder mediante un simple golpe de audacia, comprendió que ante una sociedad compleja, como la alemana –Gramsci llegaría a la misma conclusión en su estadía en la cárcel–, debía competir por el control de la hegemonía política, difundir la cultura nazi, arrinconar a los partidos del sistema y entrar por la mínima rendija que le abrieran las elecciones al vestíbulo del poder. Lo demás sería coser y cantar. A garrotazos. Guerra de trincheras.

“En un Estado moderno –escribió desde la cárcel de Bamberg en 1925– no se conquista el poder luchando contra, sino con el Estado”. Primero había que conquistar el Estado. Mediante elecciones. Y luego, disponiendo del favor de sus instituciones y atropellando la Constitución, vaciarlo de toda institucionalidad democrática y como quien cambia un puente de ferrocarril sin interrumpir su tránsito, ir desmontando paso a paso y tan rápida y profundamente como fuera posible, todo el andamiaje democrático-burgués, todo vestigio de liberalismo. Transitar, de esa forma, del Estado liberal de Derecho al Estado total, como lo llamara Mussolini. Era el nacimiento del totalitarismo en Occidente.

Con una particularidad que, para inmensa desgracia de los liberales alemanes de derecha y del centro, incluso de la izquierda socialista y comunista, desalojados del poder ese 30 de enero de 1933 jamás comprenderían: ese proceso de desalojo y copamiento no es reversible, es unidireccional, solo funciona en dirección al totalitarismo. La derrota y desaparición de un Estado totalitario solo puede producirse mediante la violencia extrema, como la guerra contra el fascismo alemán, o mediante la autoimplosión por desgaste e incapacidad y crisis endógena, como en el caso de la Unión Soviética. El caso de Cuba y Corea del Norte es patético: sus regímenes podrán sobrevivir tanto como les permita el haberse habituado a vegetar en la más extrema indigencia. Dictaduras como la de Pinochet son de otro jaez: son dictaduras parciales, inmanentes al sistema, no cuestionan sus fundamentos. Antes bien, surgen para salvarlos, como en los orígenes de la institución de la dictadura por el Senado romano, las de Cincinato. Duran mientras son imprescindibles. Luego desaparecen dando paso a la normalidad.

En cuanto los nazi ingresaron al poder convocados por Hindenburg comenzaron la faena de demolición, acelerada un mes después gracias al inducido o cosechado incendio del Reichstag. En un año el Estado de Weimar era una ruina sobre la que se había erigido, con gigantesca fuerza, en gloria y majestad, el Estado del Tercer Reich. Solo faltaba la tragedia, consumada doce años después, en 1945: Alemania hecha ruinas, por y en manos de los aliados.

 

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Todo lo que las elecciones podían dar de sí, lo dieron. Reblandecer el sistema de dominación, ganar la calle, acorralar al establecimiento y asaltar el poder. Tuvieron que pasar sesenta años para que ese mismo proceso volviera a tomar cuerpo, guardando las debidas distancias, con el golpe de Estado de Chávez y sus comandantes y el ascenso al poder siete años después: empujaron la democracia venezolana a la crisis, fueron amnistiados, aceptaron el juego electoral y entraron a saco a la institucionalidad democrática en 1999. Luego de lo cual hicieron exactamente lo que Carl Schmitt tanto le criticara al sistema electoral burgués: apropiarse de los mecanismos electorales, amasarlos a su antojo, semejanza y conveniencia y abusar tanto como les fuera necesario para arrinconar a la oposición y condenarla a la absoluta impotencia. O compartía el juego o desaparecía. El voto o la vida.

Dobles han sido las ventajas del juego electoral bajo las coordenadas antiliberales del chavismo cívico-militar: maniatar a la oposición ungiéndola al yugo electoral y amputarle sus fueros constitucionales, por una parte. Y obtener la legitimación internacional, crédula respecto de la pulcritud y legalidad de dichos procesos y alienada hasta la médula en la creencia de que la realización de elecciones, poco importa su verdad real, constituye la clave definitoria de un sistema democrático. En ambas perversas faenas, la oposición venezolana sirvió de aliada, cómplice y alcahuete. Por razones difíciles de entender, y más difíciles de explicar. Salvo que se comprenda la imbricación ideológico-cultural de los socialismos venezolanos de toda suerte con el chavismo caudillesco y militarista. Con el cual le une un subcutáneo cordón umbilical.

En Venezuela, desde los sucesos del 11 de abril, que terminaran por entregarle el control supremo del Estado a la tiranía castrista y la sumisión plena de Hugo Chávez a Fidel Castro, en rigor todas las elecciones han sido fraudulentas. Comenzando por la descarada, ilegal y abusiva inflación del REP a partir de 2003 mediante la nacionalización a destajo de extranjeros reales o imaginarios, la compra masiva de conciencias mediante una gigantesca inversión de recursos ordenados por la ingeniería de dominio de especialistas cubanos y el paquete de misiones puestos en práctica a la carrera y a extremos irrisorios, hasta la redistribución de los circuitos siguiendo criterios capaces de entregar mayorías a destajos: el viejo, manoseado y siempre eficiente “gerrymandering”. Todo lo cual bajo un proceso de automatización que ha permitido la manipulación total de resultados, ante el descarado empleo de los medios y poderes del Estado para controlar las asistencia de votantes, la amenazas de castigos y el chantaje indisimulado a los sectores populares más débiles de la población. Y la marginación absoluta de la oposición en su proceso interno de totalización, conteo y revisión.

Nada de todo esto hubiera podido llevarse a la práctica sin la anuencia implícita o explícita de aquellos sectores de la oposición que no consideraban un delito dotar a los millones de indocumentados de una nacionalización ad hoc, insólita disposición de la que existen suficientes testimonios. Del mismo tenor y por los mismos personajes que consideraron no ser un delito en absoluto que el candidato a la presidencia a la muerte de Chávez no hubiera nacido en Venezuela. Asunto que consideraron intrascendente. Son quienes consideran que la Constitución es de goma: a gusto de las necesidades de la circunstancia. Prêt a porter. Los mismos que aceptaron convertir un referéndum revocatorio en un plebiscito, torciendo la esencia del artículo 72 de la Constitución, toleraron su postergación durante todo un año, contra las mismas disposiciones de ese violado artículo constitucional, acataron la repetición de la recaudación de firmas por motivos fútiles, no alzaron la voz cuando el CNE dio los resultados que le convenían al régimen y entraron en el demoníaco juego de la gallinita ciega en que Jorge Rodríguez y su combo convirtieran los procesos electorales desde entonces.

Hay una pegunta que jamás nunca nos será respondida: ¿por qué ese amplio, mediáticamente mayoritario y poderoso sector de opinión que ha servido nolens volens de cómplice en todo ese perverso proceso de control político y social aceptó las reglas de un juego electoral intrínsecamente tramposo y vil? No tengo la respuesta. Dios quiera que no nos vayamos de este mundo sin encontrarla.