• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La muerte del fiscal Nisman y la cloaca

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“En medio de la polvareda, perdimos a Don Beltrane”

Refranero español

 

El problema no fue Nisman. Ni siquiera el monstruoso atentado a la AMIA o el “exitoso” debut del terrorismo iraní en América Latina asesinando a más de ochenta judíos. El problema fue, es y seguirá siendo el brutal envenenamiento inducido y ya desatado de la opinión pública argentina: una cloaca de pestilencias difícilmente comprensible y analizable sin dominar la cartografía de la ofensa, del asesinato virtual, de la descalificación arrabalera y la impudicia en confesar las propias posiciones en términos tan rocambolescos como asombrosos convertidos en moneda corriente en la Argentina de hoy: una tristemente célebre, muy activa y fogosa tuitera no tiene reparos en describirse ante el universo de la red en los siguientes términos: “Muy yegua muy K. Fundamentalista de CFK. Y si la tocan a Cristina ay que quilombo se va a armar.... Los fusilaremos a todos.” 

He seguido los eventos por TeleNoticias, un canal de televisión estrictamente informativo, y hasta donde me permite colegir mi escaso conocimiento del medio informativo argentino sus periodistas me han parecido objetivos, serenos, respetuosos pero aguerridos y sin pelos en la lengua a la hora de extraer conclusiones más que evidentes aunque de consecuencias probablemente demoledoras. Pero los hechos que suscitan los comentarios de Alberto Lanata o Néstor Castro tampoco dan pábulo a otros comentarios, que no sean los del silencio. Y, al parecer, ni Lanata ni Castro son personajes susceptibles de dejarse intimidar por quienes se ven atacados por sus demoledoras conclusiones. Todas, según se esfuerzan en demostrar, absolutamente plausibles y justificadas.

Veamos los hechos: un fiscal asume un caso que le es encomendado hace diez largos años por el entonces presidente Néstor Kirchner, al que el fiscal, en una larga y frondosa entrevista concedida a un periodista de dicho canal tres días antes de su muerte, reconoce objetividad y deseos de llegar a la verdad del caso AMIA. Pero ese presidente ha muerto. Negarse a reconocer que murió en, por lo menos, extrañas circunstancias, no implica acusar a nadie de asesinato. Pero en esa misma entrevista sostiene, respaldado en tal profusión de datos que corre, se atropella y tropieza por encontrarlos, que en su comparecencia ante los diputados del Congreso Nacional demostrará que existe una componenda criminal entre la presidente de la república, su canciller y algunos de sus funcionarios con el gobierno iraní y los propios acusados por los hechos del atentado con el fin de traspapelar el caso y echarlo al olvido. Y ello no por simple cortesía diplomática, así esté involucrado el canciller Héctor Timerman, él mismo de origen judío, sino a cambio de suculentos negocios convenientes a ambos gobiernos: granos argentinos por petróleo iraní. Absolutamente legítimos salvo por la condición: librar de culpa a los funcionarios iraníes acusados hasta hoy de haber participado de la matanza de ochenta y cinco ciudadanos de origen judío. 

Es obvio que una acusación de tamaña envergadura podría provocar, en cualquier democracia del mundo, un terremoto político con resultados catastróficos no sólo para la principal acusada, sino para todo un régimen. Y de allí en más: para todo un proyecto de dominación continental que tiene su fuente originaria en el llamado Foro de Sao Paulo y el castrismo continental que le diera vida. Pues entretanto, el kirchnerismo se ha hecho fuerte en el aparato de Estado y, exactamente como sucede en Venezuela, en muchos aspectos profundamente emparentada con lo que sucede en Argentina, su sobrevivencia va mucho más allá de los meros intereses personales o partidistas de quienes están en el gobierno.

 

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Y allí llegamos a la raíz del problema, a la causa del encono y la tremenda animadversión que impregna las confrontadas posiciones en torno a la muerte de Nisman o a cualquier otro hecho de relevancia que afecte y cuestione las claves del funcionamiento del sistema gobernante. En gran medida, un sistema caudillesco y ya impregnado del carácter mafioso y gansteril inherente a los fascismos, como bien lo señalara Theodor Adorno cuando, refiriéndose a los fundamentos del sistema de dominación del nazismo alemán sostenía en 1940 que la historia del fascismo “es la historia de las luchas entre bandas, pandillas y grupos delictivos”. Todo lo cual, por cierto, enmarcado en lo que un gran pensador alemán considerase ser la esencia de lo político: “el enfrentamiento amigo-enemigo”. Y otro gran pensador alemán extrajera la conclusión conceptual definitoria: “la guerra es la diplomacia, vale decir: la política, por otros medios”. Von Clausewitz.

Obviamente: por más pugnaces y venenosas que sean las opiniones, no son ellas ni los medios que las vehiculizan capaces de inducir una guerra abierta y declarada. Ellas les preexisten. Y hasta donde les es posible, conviven en un territorio común: la democracia. Ultrapasado el cual la enemistad se hace manifiesta y el riesgo de que los enfrentamientos verbales o metafóricos pasen a los hechos y el enfrentamiento ideológico invada la virtualidad de lo físico y se convierta en guerra abierta, amenace con convertirse en un suceso irreversible.

Ese estado prebélico del enfrentamiento político, al borde de la abierta declaración de guerra interna, de agotamiento de los entendimientos, los consensos y la convivencia, constituye la seña distintiva de la política en América Latina desde que el castrocomunismo asaltara el Poder y se instaurara en Cuba el 1º de enero de 1959. Desde entonces, abiertamente reconocido por el régimen castrista su naturaleza belicosa, expansiva, injerencista ninguna sociedad latinoamericana ha escapado al sino de lo que el mismo pensador alemán, Carl Schmitt, llamara “un estado de excepción”. Vale decir: un estado en que la fragilidad del equilibrio institucional se hace connatural al sistema de dominación y la democracia se ve fracturada por la provisionalidad, es llevada al borde de la ruptura y la eclosión de una dictadura asimismo excepcional: la implantación de un régimen totalitario, unidimensional. Todos los países de América Latina sobreviven, cual más cual menos y en mayor o menor medida, en estado de excepción. Y no en el sentido más bien figurado como lo definiera Giorgio Agamben, sino en el más estricto sentido schmittiano.

De modo que la amenaza de quien se reconoce ser “una yegua kirchnerista” pronta a “fusilar a quien ose tocar a la figura” que la acaudilla no constituye una exageración metafórica: detrás del fusilamiento virtual está el asesinato real. En el caso que nos ocupa, el de un fiscal que osó tocar a la presidenta de la república, señora Cristina Fernández viuda de Kirchner.

Las palabras suelen encubrir, preparar o justificar los hechos. Los anteceden, promueven y legitiman. Una palabra bien disparada también asesina.

 

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El mismo Carl Schmitt, posiblemente el más brillante constitucionalista alemán del siglo XX, solía llamar la atención sobre un hecho consustancial a la política y al derecho: ni la mentira ni mucho menos el mentiroso son castigados por ley. Lo que permite que sea uno de los recursos más socorridos en el enfrentamiento político, que Maquiavelo haya relativizado la verdad a los fines a los que sirve y que un lamentablemente fracasado político marxista, el italiano Antonio Gramsci haya afirmado, coincidiendo con la polaco alemana Rosa Luxemburg, que sólo la verdad es revolucionaria. Lenin, Stalin, Mao o Fidel Castro jamás hubieran estado de acuerdo. Mucho menos Perón y sus actuales herederos. La mentira puede ser tanto o más revolucionaria que la verdad. A veces, como en esta ocasión, un estorbo a los fines de la entronización del kirchnerismo. Pues la revolución antecede y sobre determina lo qué es, cuál es y cómo debe ser comprendida la verdad. O la mentira: el fin justifica los medios. 

A Esquilo, el creador de la tragedia griega, se le atribuye una frase socorrida desde que fuera expresada hace dos mil quinientos años: “la verdad es la primera víctima de la guerra”. La actualizaron el inglés Lord Arthur Ponsonby y el político norteamericano Hiram Johnson al fragor del bombardeo de mentiras que acompañaron la Primera Guerra Mundial. Hasta alcanzar un aspecto esencial de la guerra: la llamada “guerra sucia”. Lo cierto es que salvo en el ámbito de las ciencias exactas, en donde a pesar de los desesperados esfuerzos de Stalin las ideologías están absolutamente excluidas, en el terreno del Poder vale más bien la otra frase que acompaña a quien se pregunte por la verdad, convertida en ley que lleva el apellido de Ramón Campoamor, redactor de la famosa cuarteta: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

Lo cierto es que la extraña y aún no esclarecida muerte del fiscal Alberto Nisman, en vísperas de explosivas revelaciones que podrían haber dado inicio a un proceso de rápida deslegitimación de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández viuda de Kirchner, golpeando en el corazón a uno de los países claves de la izquierda latinoamericana alineado con el castrismo, el chavismo y el Foro de Sao Paulo – hechos, no palabras - ha desvelado ante la opinión pública mundial la ruptura que agrieta al sistema político argentino, la crisis profunda que aqueja a sus instituciones, el descrédito de su sistema jurídico y policial y la tremenda pérdida de credibilidad del kirchnerismo, como lo resaltara el duro editorial de uno de los periódicos más importantes e influyentes del mundo, The New York Times. Que, desconfiando absolutamente de la imparcialidad de la justicia argentina, exigió la entrega del caso de terrorismo de la AMIA a tribunales internacionales.

Detrás del editorial de The New York Times aparece un elemento de extrema gravedad en el contexto internacional: el enfrentamiento con el integrismo musulmán, responsable del horrendo crimen cometido contra los periodistas y caricaturistas de Charlie Hebdo. Parte del cruento enfrentamiento con la Yihad y el Estado Islámico, de quienes la presidente de la Argentina, un puntal de Occidente, aparece en tratativas y connivencias de gravísimas consecuencias. 

Asombra que asuntos tan obvios y de tan ingente gravedad se confundan detrás de un torbellino de palabras, justificaciones y contra justificaciones, defensas a ultranza de quienes no merecen defensa alguna. Pues mientras más aclaran, más oscurecen. Ya lo dice el corresponsal de El País en Buenos Aires: “Mientras tanto, la denuncia de Nisman pasa a segundo plano y es la muerte de Nisman la que ocupa todas las horas de la televisión.” ¿Está hundida la Argentina en la cloaca de una enconada guerra sucia? Es una pregunta que va más allá de yeguas tuiteras y periodistas enconados. Lo accesorio encubre lo esencial. Malos, muy malos tiempos para la verdad.