• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La muerte de Salvador Allende

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cualquier pretensión de parangonar esa vida ejemplar con caudillos cobardes, corruptos y envilecidos, o de ensuciar ese trágico momento en que enfrentara la última verdad de vida con aviesas intenciones de baja política, debe ser respondida con el desprecio. 

1

La historia de Chile conoce 2 suicidios presidenciales: el de José Manuel Balmaceda, ocurrido el 19 de septiembre de 1891 en la legación argentina donde se hallaba asilado desde el 29 de agosto, a los 51 años de edad y tras 5 años de gobierno, y el de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, a los 64 años y tras 1.000 días de gobierno. En ambos casos, como consecuencia de profundas crisis sociales y políticas. El de Balmaceda, tras una guerra civil, la de 1891, impulsada por el Congreso chileno y el respaldo de la Armada, contienda que J. M. Balmaceda perdiera y diera al traste con el régimen presidencialista característico del siglo XIX chileno. El de Allende, tras el intento de instaurar un régimen socialista y el rechazo de las instituciones y los partidos políticos del establecimiento, que le dieran legitimidad a sus fuerzas armadas para proceder contra el que calificaran como un gobierno ilegítimo.

A pesar de las circunstancias históricas, ambos suicidios comparten aspectos sustantivos: en lo político, el rechazo de la institucionalidad vigente a los intentos del Ejecutivo por sobrepasarla estatuyendo un régimen dictatorial de gobierno. En lo personal y subjetivo: un profundo y muy arraigado sentido del honor y del patriotismo de ambos personajes. Balmaceda se dispara un tiro en la sien, cubierto con la bandera chilena luego de dos meses de asilo, a la espera del 19 de septiembre, fecha la más trascendental de la historia chilena, la de su Independencia y último día de su mandato constitucional. Allende, que rechaza la oferta de asilo y el avión que Augusto Pinochet pone a su disposición para que salga del país con su familia y quienes considere sus más allegados. Oferta que rechaza con indignación. Un presidente chileno se respeta: no se somete a la traición de sus subordinados. Ni se refugia en las sotanas después de ofenderlas.

Ambos suicidios están profundamente vinculados. Otro presidente chileno, Pedro Aguirre Cerda, un socialdemócrata que gobernara desde 1938 hasta el día de su muerte, en 1941, y del que Allende fuera ministro de salubridad, había recordado el precedente de Balmaceda con la intención de demostrarle al país, pero en particular a sus fuerzas armadas en respuesta al “ruido de sables” que entonces protagonizaba, no solo el temple y la hombría del gobernante, comandante en jefe de sus tropas, sino su profundo sentido de la dignidad presidencial. Así recordaba Allende en 1963, a diez años de su propio suicidio esa premonitoria circunstancia: “En la mañana, al ser despertado (Pedro Aguirre Cerda), fue advertido por sus edecanes en el sentido de que las tropas marchaban contra el Palacio de La Moneda… Don Pedro, serenamente manifestó a sus edecanes: “Ustedes pueden y deben retirarse. Yo me quedaré aquí para que sepa Chile cómo muere un presidente constitucional cuando el ejército olvida el cumplimiento de las leyes”. 

 

2

La idea del suicidio, o de una muerte violenta sufrida en defensa de su legitimidad presidencial como última ratio del desafío que enfrentaba a la cabeza del gobierno socialista de la Unidad Popular, no era, pues, un capricho ni una ocurrencia de circunstancia del tribuno de la izquierda chilena. Era parte de la tácita tradición de respetabilidad institucional chilena a la que se sentía visceral, emocionalmente vinculado. Fue anticipada por Salvador Allende en su primer discurso como presidente de Chile, en el Estadio Nacional de Santiago ante 50.000 de sus seguidores y los invitados extranjeros, el día de su asunción del mando. Ya sabía el líder socialista que su apuesta era del todo o nada y que en su esfuerzo por hacer realidad la promesa con que llegara al poder –construir lo que él llamaba “socialismo con rostro humano”– cumpliría su mandato contra viento y marea, salvo que en el cumplimiento de su deber encontrara la muerte a manos de quienes traicionaran sus obligaciones constitucionales. Lo expresaría con palabras inolvidables, desgraciadamente desconocidas por quienes, perdida ya en nuestro país la conciencia del alto sentido del honor que implica detentar la más alta magistratura de una nación, pretenden ver en su muerte la mano negra de alguna conspiración extranjera. Y con mayor claridad ante el propio Fidel Castro, uno de cuyos esbirros ha sido acusado de haberlo asesinado por órdenes del propio Castro, en la despedida que le diera a su larga, indiscreta y abusiva permanencia en territorio chileno, el 2 de diciembre de 1971: “Yo no tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de mesías, no tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea, la que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile: sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás; que lo sepan: dejaré La Moneda –el palacio presidencial chileno– cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera. No tengo otra alternativa: solo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo”. Era una admonición ante los afanes golpistas que ya se incubaban en el establecimiento civil y militar de la extrema derecha y que se expresaran en el secuestro y asesinato del general René Schneider, comandante en jefe de las fuerzas armadas chilenas, ocurridos el 25 de octubre de 1970, a poco más de un mes de celebradas las elecciones ganadas por Salvador Allende.

 

3

Esa voluntad de dar su vida antes que incumplir las obligaciones derivadas de su alta responsabilidad como presidente de Chile la reitera a pocas horas de hacerla efectiva, cuando la decisión de suicidarse parece tomada, ante un pequeño grupo de dirigentes de su Partido Socialista, que en el colmo de la inconsecuencia política vienen a ofrecerle una salida de escape al asedio en que se encuentra, horas después de negarle todo respaldo a su idea de realizar un plebiscito para superar el impasse ya insalvable con una oposición que ha desatado los demonios: “No voy a salir de La Moneda. Voy a defender mi condición de presidente, así que ustedes no deben ni siquiera plantearme esa posibilidad. Al partido hace tiempo que no le importa mi opinión. ¿Por qué me la vienen a pedir ahora? Dígales a los compañeros que ellos deben saber lo que tienen que hacer”.

Solo la ignorancia, la mala fe o una perversa combinación de ambas, pueden afirmar que la muerte de Salvador Allende fue causada por otro motivo que su personal e inquebrantable decisión de suicidarse antes que verse humillado por los asaltantes del palacio presidencial en su condición de primer magistrado de la república. En medio del drama que se desarrolla poco antes del mediodía de un nublado 11 de septiembre en el palacio presidencial de La Moneda, asediado por tanques, acribillado por artilleros y a punto de ser bombardeado por los Hawker Hunters de la Fuerza Aérea de Chile, recibe a sus tres edecanes que vienen a transmitirle la orden impartida por los jefes del golpe de rendirse y aceptar la oferta de un DC-6 para salir del país con su familia y los acompañantes que designe. El comandante de la Fuerza Aérea, edecán Roberto Sánchez, le reitera que el avión DC-6 está en Los Cerrillos, a pocos kilómetros de La Moneda. El comandante Sergio Badiola, su edecán del Ejército, le reitera que las Fuerzas Armadas y carabineros están actuando con total unidad, lo que hace inviable toda resistencia. El capitán de navío Jorge Grez le explica que no podrá enfrentar el poder de fuego combinado que lo enfrenta. “Agradézcale a su institución su ofrecimiento, comandante Sánchez – le responde Allende–. Pero no lo voy a aceptar. No me voy a rendir. Díganles a sus comandantes en jefe que si quieren mi renuncia me la tienen que venir a pedir aquí. Que tengan la valentía de pedírmela personalmente”. Luego muestra su fusil, el que carga en bandolera y fuera regalo de su amigo Fidel Castro, con el que se le ve en su última fotografía mirando el ataque aéreo desde la entrada principal de La Moneda, y poniendo su mano derecha bajo el mentón les explica, con toda serenidad y sin que le tiemble la voz: “Y miren: el último tiro me lo dispararé aquí”. Para pedirles luego que se retiren. Copiando al calco las palabras de aquel a quien sirviera como ministro de salubridad reitera su tradicional caballerosidad y grandeza: “Vuelvan a sus instituciones, señores. Es una orden”. Se despide de cada uno y los acompaña hasta la puerta de su despacho. Desde el umbral advierte en voz alta a sus guardias de seguridad una orden inapelable que todos escuchan: “Los señores edecanes no deben ser molestados”.

Esta es la verdad histórica, narrada por los propios protagonistas. Ha sido difundida en el extraordinario reportaje publicado en el periódico La Tercera, de Santiago de Chile, titulado “Las 24 horas del golpe”. Deja ver la tragedia de un hombre empeñado en llevar a cabo un proyecto histórico equivocado, la inmensa soledad con que enfrentara su desenlace y la gallardía con que asumiera su responsabilidad ante la historia. Evitando cualquier inútil derramamiento de sangre con el sacrificio de su vida. Cualquier pretensión de parangonar esa vida ejemplar con caudillos cobardes, corruptos y envilecidos, o de ensuciar ese postrer momento en que enfrentara la verdad de la muerte con aviesas intenciones de baja política, debe ser respondida con el desprecio.

@sangarccs

sanchezgarciacaracas@gmail.com