• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La miopía de las élites

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Aun así: a esta dictadura nuestros hijos ya le quebraron las patas. Está hundida en sus iniquidades. Con o sin la aquiescencia de las élites, terminarán por echarla al basurero de la historia. Que Dios y los hombres los auxilien en la tarea.

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Hay algo peor que tener la razón mucho antes de tiempo, como se lo escuchara decir en alguna ocasión a Oswaldo Álvarez Paz, quien se reconoce experto en verdades inoportunas. Es tenerla a tiempo, pero no ser tomado en cuenta. Por flojera mental o por miopía de los destinatarios. Lo que viene a significar poco menos que predicar en el desierto ante una caravana de zombis.

Lo primero supone adelantarse más de lo debido a los sucesos que se avizoran, cuando las conciencias no están en capacidad de visualizarlos, así sus iras resuenen en las profundidades. Faltan las pruebas de lo que se afirma. Que en Venezuela, si no tienes las barbas del burro en la mano, mejor te callas. Acertar en la ocasión y el momento, por el contrario, es pasar por extremista radical, así la verdad de lo que se afirma sea tan palmaria, que provoca preguntarse si quienes tendrían la capacidad y el poder de atender a su desvelamiento –la aletheia, el concepto de verdad de los griegos–, y se niegan a hacerlo, proceden por conspiración o complicidad con la maldad o por algo infinitamente peor: por incapacidad intelectual, por indigencia espiritual, por cobardía o pusilanimidad. Pues, entre nosotros, supremo reino del diente roto, no están todos los que son ni son todos los que están.

Anticipar que el diálogo fracasaría no requería de una bola de cristal. Era simple y sencilla perspicacia política, de la que para nuestro asombro aparentemente carecen todos los que se agarraron a la conminación del gobierno a dialogar como si se tratara de una oferta de temporada. Lo dijimos en cuanto la Unasur asomó el paquete chileno, a vistas del desespero de uno de sus gobiernos empujado contra las cuerdas. Escribimos hace dos meses, a ver si el coordinador de la MUD y los secretarios generales de sus partidos anclas se deban la molestia de entenderlo: “Los cancilleres de la Unasur decidieron por unanimidad enviar a algunos amigos cancilleres en misión especial para auxiliar al apesadumbrado presidente Maduro a sostener un diálogo, convencidos de que su elocuencia más el respaldo sincero de los vecinos del patio meterán en cintura a los voluntariosos muchachos que arriesgan sus vidas sobre el asfalto caliente de las ciudades venezolanas”. No los metieron en cintura, pero, además de darle un segundo aire al vapuleado hombre de paja, les enredaron la partitura a nuestros políticos profesionales. Dos meses después están saliendo con las tablas por la cabeza.

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La triste razón de nuestro acierto no se debe a radicalidad ni extremismo alguno, como el doctor Aveledo, posiblemente de buena fe, lo sigue creyendo: se debe, modestia aparte, a que tras una vida dedicada al estudio del pensamiento político, a la teoría del Estado y a las revoluciones y de haber militado en una de sus franquicias puedo distinguir, desde la perspectiva del pensamiento conspirativo que hoy adormece a nuestras élites, entre una dictadura y una democracia, entre un partido revolucionario y un partido burgués, entre un militante dispuesto a asesinar a su madre por seguir las consignas de Vladimir Ilich Ulianov y un diputado socialcristiano que se confesaría con el papa antes de devolver una bofetada, de temerle con debida y suficiente razón a un malandraje uniformado que por razones de corrupción y criminal falta de patriotismo le ha entregado el alma a la tiranía castrista. En fin: que por todas esas y muchas otras razones he llegado al convencimiento de que estamos inmersos en una encrucijada mortal que se condensa en una sencilla y temible disyuntiva existencial: o ellos o nosotros. O la tiranía castrocomunista o una democracia liberal, moderna, globalizada y representativa. Encrucijada de la que ninguna esperanza teleológica o gradualismos de tres al cuarto nos librará, a no ser el coraje, la voluntad y la decisión de luchar por nuestra patria. Creo, con Carl Schmitt, tal como lo escribí a su debido momento, que en estados de crisis de excepción, como la que hoy vivimos y sobre la cual no he dejado de referirme desde hace algunos años, “la política es la relación amigo o enemigo”. Y no por radicalismo o extremismo: sino por razones de la cosa misma. Como diría Hegel.

Lo reitero esta vez con una sola e irrebatible verdad en mis manos: Maduro es un sátrapa que gobierna a Venezuela por encargo de los Castro, con el auxilio de Unasur y el mandato del Foro de Sao Paulo. Que en un lance digno de Las mil noches y una noche se apropiaron del petróleo venezolano –lo demás no les interesa– y no lo soltarán de gratis o convencidos por medio del discreto uso de la semántica y la elegancia de sus discursos. Porque sin el auxilio de esta satrapía, la tiranía cubana se hunde y la región sufre un vuelco de 180 grados. Por lo mismo creo que este berenjenal no tiene arreglo sino con una gigantesca movilización popular que amenace con barrerlos –y los barra– de la historia.
Exactamente como sucediera el 11 de abril y el 23 de Enero, nuestras únicas referencias históricas. Obligando al árbitro en mala hora y por imposiciones inveteradas que no es del caso elucidar –me refiero a las tristemente célebres fuerzas armadas– a ponerse del lado de la patria o a suicidarse echándose al mar de la felicidad. Que, como bien lo dijera Luis Herrera Campins: militar es leal hasta cuando deja de serlo. Pues no son ni serán ellos los que provoquen la crisis que termine por darle el puntillazo a la satrapía: es el pueblo. Y tengamos el coraje de reconocerlo: si hasta ahora el gobernador se ha conformado con enviar a sus asesinos y no ha sacado a “su pueblo” a la calle –ese mismo que sin su buena pro Capriles señala desafiante que no moverá un dedo– es porque no lo tiene.

Más claro, echarle agua. Y como ellos y nuestros dialogantes solo entienden “los numeritos” de las encuestas, que revisen la de Keller del trimestre que acaba de concluir: dos tercios de país están hasta el gorro y quieren salir del régimen cuanto antes. No en 2019, como quisiera la miopía opositora. Será la primera vez que el pueblo venezolano y un Nobel de Literatura coincidan hasta en los más mínimos detalles. “Salir del régimen que nos asfixia, cuanto antes, en bien de Venezuela y de América Latina”.

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Las razones de la insólita incapacidad de nuestras élites para entender el pantanal en que nos encontramos están alojadas en sus más profundas circunvalaciones cerebrales. Y solo le encuentro explicación plausible en la teoría de Elizabeth Burgos, quien señala que toda la clase política latinoamericana, y la venezolana muy en particular –de conservadores a liberales y de democristianos a socialdemócratas–, es desde los sesenta rehén de los Castro. Y yo agregaría: desde siempre del populismo caudillesco, del estatismo benéfico, del antiimperialismo de guardería infantil. Y de una esquizofrenia por ahora insanable: todo lo que sea de izquierda está bendecido por una solidaridad automática, por la buena fe, por el perdón, por la comprensión, la bondad, el respeto. Por un principio moral marcado a sangre y fuego en nuestras buenas conciencias progresistas: ser de izquierda es bueno. Por estúpidas que sean las acciones de esa izquierda, por desastrosas que sean sus gestiones, por irracionales que sean sus apuestas, por canallescos que sean sus regímenes. Llegado el caso: meras desviaciones circunstanciales que no afectan su esencia incorruptible. Asunto tan insólito, que para nuestro liderazgo vale como principio ético y gnoseológico de aplicación automática: si es malo, no puede ser de izquierda. Por malo, tiene que ser de derecha. Lo ha repetido hasta el cansancio Henrique Capriles. La izquierda es como Jalisco, el personaje de la ranchera: nunca pierde. Y si pierde, la culpa es de la derecha, del imperialismo, de los ricos, de los fascistas, de los radicales, de los extremistas. O del azar.

De allí la cerrazón mental que le ha impedido –y continúa impidiéndole– al liderazgo de la oposición venezolana y latinoamericana aceptar que un caudillo popular, así haya sido un milico felón, traidor, golpista y asesino, aclamado por los pobres y licenciado recién liberado de la cárcel por felón como revolucionario summa cum laude por Fidel Castro en el Paraninfo de la Universidad de La Habana pudiera siquiera haber tenido el propósito de imponernos una dictadura a los venezolanos. Y servir de plataforma a la injerencia de Cuba en América Latina. Jamás olvidaré el escándalo que provoqué en la Comisión Política de la Coordinadora Democrática, hace más de 10 años, cuando dije que Chávez era un tirano en potencia y un caudillo militarista y autocrático que se encontraba pavimentando la vía hacia  una dictadura con todas las de la ley. Y en la que ya nos encontrábamos. Uno de mis buenos amigos, militantes de Unión, el partido de Teodoro Petkoff, que entonces reconocía a su líder máximo en la ya por entonces más que dudosa figura del actual gobernador del Zulia Francisco Arias Cárdenas y solía sentarse a mi derecha, se paró indignado y me grito a voz en cuello: “¡Una dictadura que permite que estemos aquí reunidos y discutiendo no es una dictadura!”. O como cuando en otra reunión del comité asesor que presidía nuestro querido Alberto Quirós Corradi tuve la desfachatez de sugerir que Chávez era un “castrocomunista” y Petkoff, echado en su silla reclinable con los pies sobre la mesa replicó con indignación: “¡Esa es una estúpida consigna, un invento de la godarria!”. Para quien fuera uno de los más lúcidos intelectuales de la izquierda democrática occidental que había tenido el coraje de enfrentarse a la nomenklatura soviética, el castrocomunismo era un espantajo inventado en los salones del Country Club.

Escribiré algún día mis recuentos de una extraña aventura en medio de un tropel de miopes, blandengues, acomodados, minusválidos e indigentes dirigentes políticos que permitieron que una pandilla de ultraizquierdistas zarrapastrosos y unos milicos corruptos les arrebataran la patria. Por cierto: no lo leerá nadie. En Venezuela, leer es un pecado. Pensar, un delito de lesa humanidad. Aun así: a esta dictadura nuestros hijos ya le quebraron las patas. Está hundida en sus iniquidades. Con o sin la aquiescencia de las élites, terminarán por echarla al basurero de la historia. Que Dios y los hombres los auxilien en la tarea.