• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Los malagradecidos (II)

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 Los demócratas venezolanos, a la hora de ofrecer cobijo, protección y sobrevivencia, no discriminaban por la militancia de quien solicitaba refugio. Cuando, viviendo en Múnich, Alemania, fui invitado a un Congreso de Filosofía Latinoamericana que se celebrara en Caracas en junio de 1977 bajo el auspicio de la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar, no sólo fui invitado haciendo abstracción de mi formación marxista: lo fui, bien por el contrario,  precisamente para que viniera a comunicar mis investigaciones sobre Antonio Gramsci, el fundador del Partido Comunista Italiano, mi mayor preocupación intelectual por entonces. Como también fuera el caso de quien me acompañara desde París, Marco Aurelio García, luego asesor de Lula da Silva y de Dilma Rousseff, todos nosotros marxistas confesos. Y por si todo ello fuera poco, la invitación formalizada por los organizadores del Congreso de Filosofía, en el que se discutían las principales corrientes del pensamiento filosófico dominante en América Latina, había sido propuesta originariamente por nuestro compañero del MIR chileno, el sociólogo argentino Tomás Amadeo Vasconi, quien hacía vida en Caracas trabajando como catedrático e investigador de la Escuela de Educación de la Universidad Central de Venezuela. No sólo militábamos en la extrema izquierda chilena, Tomás y Marco Aurelio asilados en Chile, sino que formábamos parte de su equipo asesor.

Si alguien tiene algún interés en saber cuándo y cómo surgió mi fascinación por Venezuela y en particular por Caracas y mi relampagueante decisión de quedarme a vivir en ellas para siempre debo confesarlo sin ambages: la misma noche en que pisé tierra venezolana, cuando el destino quiso que fuera el primer exponente en el Congreso. Nada más bajar del podio, una vez terminada mi exposición, se me acercó un amable venezolano –como todos los que conociera desde entonces– extendiéndome de inmediato una invitación formal para que me quedara en Caracas dictando un seminario durante un semestre en la Maestría de Filosofía de la UCV. Era el entonces director de la Escuela de Filosofía, José Rafael Núñez Tenorio. Quienes alguna vez se hayan encontrado abrumados en la soledad del destierro, acuciados por la necesidad de encontrar un trabajo de qué vivir, podrán imaginarse la emoción que me embargó al encontrar la primera persona del primer país del mundo que en esos años de errancia, perseguido por la dictadura de Pinochet, me abría las puertas de su Escuela, de su Universidad, de su ciudad y de su país. ¿No son razones asimismo abrumadoras como para amar a Venezuela y sentirse un eterno deudor por su cálida, desinteresada e inmensa generosidad?

Marco Aurelio no quiso quedarse. Tenía familia y trabajo esperándolo en la Universidad de Vincennes. Mi pasión fue más desbordante. Decidí esa misma noche cortar todos los puentes, como fulminado por el rayo de extrañas premoniciones. Como que pocos meses después conocería a la mujer de mi vida. Tal vez sea esa la explicación del por qué nos encontraríamos años después él y yo en el lobby del Meliá Caracas: él sirviendo como enviado plenipotenciario de Lula a los propósitos de legitimar y entronizar un régimen fraudulento, siguiendo las líneas bajadas por Fidel Castro y el Foro de Sao Paulo; yo empeñado en la lucha contra ese mismo régimen. Las vías se habían bifurcado. Para siempre.

 

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Jamás me arrepentiré de la decisión más fulminante que he tomado en mi vida. De no haberlo hecho, probablemente me hubiera pasado lo que a tantos chilenos de mis mismas creencias y de mi misma generación que volvieron a su país, fijados a sus ideas como una mariposa en un insectario. Y posiblemente lo que le sucedió al mismo Marco Aurelio: quedarme empantanado en los predios de una izquierda trasnochada, prisionera de sus inveterados traumas y prejuicios, emponzoñada de odios y rencores. Soñando con hacerse con el Poder y tener éxito en el intento, echándose a las ubres del Partido y del Estado. Incapaz de reconocer, por ejemplo,  que Castro, lejos de ser el constructor del primer territorio libre de América, ha sido el más brutal, cruel e implacable tirano que haya conocido nuestra historia. Y que el poder conquistado no ha servido para empujar al hombre más allá de su servidumbre, sino para empozarlo en las formas más perversas de la corrupción, el abuso, la criminalidad. Como ha sucedido en Venezuela. Como parece estar sucediendo en Argentina, donde pretender hacer justicia puede costar un tiro en la sien. Como desde luego ha sucedido en Nicaragua y sin duda no ha dejado de suceder en Rusia, en Cuba y en Corea del Norte.

Quizá deba explicarme: en Venezuela, nadie, nunca, hizo amago de cuestionar mis creencias, mi ideología, mis inclinaciones políticas. Ni muchísimo menos mi origen social o mi nacionalidad. Puede que sea una excepción, pero dudo que lo sea: todas las puertas han estado abiertas. De todas las experiencias existenciales vividas en Venezuela esas son las dos más notables, porque fueron absolutamente inéditas para mí: la absoluta ausencia de discriminación y su insólita movilidad social. Así como la calurosa amistad siempre a mano. Jamás me faltaron amigos verdaderos y debo señalar con desconsuelo que, además de Ricardo Zuloaga y Pompeyo Márquez, por quienes he sentido un amor filial,  tres de ellos se han ido de este mundo viendo incumplidos sus sueños de morir bajo un cielo de libertades: Luis Penzini Fleury, Simón Alberto Consalvi y Alberto Quirós Corradi. Los tres formaban parte de mi particular familia venezolana, en la que sobran los miembros que le dan el calor y la gracia a esta lucha en que estamos empeñados.

Sin siquiera mencionar, por demasiado obvio, a mi propia familia. Aquella que me da raíces hispanas y criollas, que me lleva a las honduras maravillosas del cante jondo, de las coplas llaneras, del son y el sudor y me ha enseñado a familiarizarme con el arte y la grandeza del espíritu. Que me ha hecho ser lo que hoy soy: otro del que fuera aquel 28 de junio de 1977, cuando me asomara deslumbrado al rutilante y enceguecedor sol del Caribe, intuyendo que llegaba al lugar predestinado: Venezuela.

 

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Puedo dar fe, pues ése es el tema del que tratamos, que ninguno de mis copartidarios y coterráneos tuvo menos fortuna en Venezuela de la que yo tuve. En ésta con razón llamada Tierra de Gracia, la felicidad no ha sido esquiva con nadie. Así, para quienes hayan sido educados en una sociedad profundamente jerarquizada como la de mis orígenes, estamental en su composición social y llena de tabúes, tradicionalista y colmada de prejuicios, disciplinas, usos y costumbres subcutáneas, más de una costumbre venezolana resulte chocante: el desenfado, la indisciplina, cierto irrespeto y desconocimiento de las normas y las jerarquías, la carencia de distancias en el trato entre los hombres, la ausencia de subentendidos, el inmediatismo espontaneista, la irreflexión,  la veleidad, el capricho. Ese vivir el día a día sin dedicarle un segundo al minuto que nos espera a la vuelta de la esquina. De lo cual se derivan todas sus desgracias, que solamente un insólito vitalismo impide se conviertan en tragedias.

Un amigo argentino me previno a mi llegada ante lo que para él constituía la señal distintiva del existencialismo tan propio y singular de los caribeños: “Los venezolanos –me dijo un día como confesándome un misterio– no se mueren. Se les acaba la vida. En otras palabras: no conocen la angustia, el Da-sein, el ser hacia la nada. La nada misma. Por ello se matan, sufren y se mueren como pajaritos. Sin enterarse”.

Puede que tuviera razón. Y que estos veinte años de desastres puedan ser atribuidos a esas fallas existenciales, ontológicas de quienes viven la vida como una aventura, una apuesta, una partida, un juego de azar que termina antes de comenzar. No un destino. De quienes sólo piensan en la muerte cuando están ultimando los preparativos del entierro de un ser querido. Para vivir según la ley de Eudomar Santos: ir yendo según se va viendo. Ante lo que jamás se me ocurrió otra respuesta que la conocida aceptación pasiva del destino: “Es lo que hay”.

Lo que incluso hoy, en medio de la peor catástrofe vivida en Venezuela luego de la Guerra Federal, no impide considerar que en el trasfondo de nuestro país late un insólito, un apabullante, un cimarrón encono libertario. Una ganas de vivir que se sobrepone a todas las desventuras. Una esperanza jamás extinguida de que al cabo del desastre nos espere, una vez más, la felicidad. En muchos sentidos causa y explicación del amor delirante que desata en ciertos espíritus allegados a sus costas. Vivir la vida con una intensidad luminosa, altiva, desafiante, casi animal. Me confieso parte de esa tribu que conspiró con la esencia de Venezuela desde que pisó sus costas. Lo que me impide comprender las razones de quienes, habiendo recibido el don de la gracia de su inmensa generosidad, la desprecian movidos por su ingratitud y su mezquindad. Si para mantenerme de izquierdas debía asumir ese proceder, doy gracias a la providencia por haberme anclado a la venezolanidad. Y haberme transformado en un converso. Me ha permitido mantener incólume uno de mis escasos bienes:

La gratitud.