• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Las lecciones de Winston Churchill

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Leo con verdadero fervor los extraordinarios aportes al conocimiento de la historia de la Segunda Guerra Mundial realizados tanto por el alemán Sebastian Haffner, a quien debemos una soberbia biografía sobre Winston Churchill, y posiblemente el más brillante ensayo que se haya escrito hasta hoy sobre Hitler, Anotaciones sobre Hitler, como por el historiador estadounidense John Lukacs, del cual recomiendo dos obras breves y esenciales: Cinco días en Londres, mayo de 1940, y Junio de 1941, Hitler y Stalin.

Quienes hemos vivido de cerca las consecuencias del desenlace de la Segunda Guerra Mundial y hemos estado viviendo una década en el corazón de la Guerra Fría –Berlín 1960 a 1970– podemos sacar inmenso provecho de ambas lecturas. Pero mayor es el provecho, así dichos sucesos nos parezcan tan lejanos, para quienes, como nosotros, los demócratas venezolanos, nos vemos enfrentados a la cruel catalepsia de los grandes poderes fácticos occidentales, particularmente Washington y el Vaticano, ante el asalto de la barbarie no solo en Venezuela, sino en toda la región. Y nos vemos enfrentados a diario con la imperiosa necesidad de tomar decisiones cruciales que giran en torno a una sola gran interrogante que entonces enfrentarán los ingleses: ¿Luchar hasta la muerte? o ¿capitular en la indignidad? Con un serio agravante respecto de los hechos: en nuestro caso, el invasor estaba dentro, el enemigo duerme en casa.

Los cinco días de Londres, analizados por Lukacs, van del 23 al 28 de mayo de 1940. 120 horas cruciales durante las cuales se jugó el destino de Inglaterra, de Europa y del mundo. Y durante las cuales se enfrentaron dos gigantes: Hitler, a la búsqueda de la conquista plena de Europa para iniciar el asalto al mundo entero, y Churchill, recién nombrado canciller del reino, decidido, en el peor y más difícil momento de la Gran Bretaña posiblemente en toda su larga historia, a luchar hasta dar su última gota de sangre por impedirlo. Ya, al comenzar su fascinante relato de los hechos, Lukacs advierte que “durante esos cinco días en Londres, el peligro no solo para Inglaterra sino para el mundo en general, fue mayor y más profundo de lo que muchos piensan… En ningún otro momento, y en ningún otro lugar, estuvo Hitler tan cerca de obtener la victoria en la Segunda Guerra Mundial, su guerra… Pero en mayo de 1940 fue Churchill quien no perdió la guerra. En ese momento y en ese lugar la salvación de Inglaterra, de Europa, de la civilización occidental hubiera sido inconcebible sin él”.

Implacable en su análisis, Lukacs va narrando hora tras hora lo que sucede en esos cinco días trepidantes. La situación no puede ser más catastrófica: Hitler culmina su arrasadora y relampagueante campaña europea, se ha apoderado en pocos meses prácticamente de toda su extensión central y occidental, Francia ha caído derrotada, el rey Leopoldo ha huido de Bruselas y los belgas se han rendido mientras en esos mismos instantes más de medio millón de británicos y canadienses se encuentran cercados por las tropas alemanes en Dunquerque y, ante las dificilísimas condiciones de una retirada desde Calais a Dover, enfrentan al arbitrio de los bombarderos y el fuego de artillería pesada de los alemanes, a pocos kilómetros de distancia.

La situación no era dramática, era trágica. Mussolini aún no entraba en guerra, pero se aprontaba a hacerlo, naturalmente del lado alemán. Los soviéticos resguardaban cuanto poseían amparándose en el acuerdo Ribbentrop-Molotov, dispuestos a darle a Hitler lo que les pidiera con tal de impedir una guerra desastrosa que sabían que podrían perder y Roosevelt debía encarar unas elecciones comprometidas por el aislacionismo mayoritario de sus ciudadanos, manteniéndose aún neutral y sin aparentes ánimos de inmiscuirse en la gigantesca conflagración que ya se asomaba en su horizonte.

Y sin embargo, y a pesar de lo desesperado de la situación, Churchill jamás desfalleció. No dudó un solo minuto. En esos cinco días ganó una crucial batalla y se aprontó a coronar la más admirable y asombrosa hazaña de la historia europea: vencer a Hitler y al gigantesco, al colosal poderío humano y bélico de la Alemania nazi levantado por el caudillo en tan solo seis años, en otra hazaña asombrosa y admirable. La nación humillada en Versailles en 1918, hundida en una crisis sin remedio hasta 1932, reinició bajo su andadura la reconquista de su grandeza hasta convertirse en el primer poder del planeta. Ni Rusia, ni Inglaterra, ni Estados Unidos hubieran podido con ella, de no unirse en una poderosa alianza. Esa alianza fue obra de Churchill. En ella cifraba sus últimas esperanzas, mientras en esos trágicos cinco días de Londres veía hundirse el mundo a su alrededor.

La primera victoria de Churchill en esos días cruciales fue imponerse en el gabinete de guerra, en el que contaba con dos formidables enemigos, más proclives a la capitulación que a la lucha heroica y desesperada proclamada por Churchill: lord Halifax, ministro de Relaciones Exteriores, y Neville Chamberlain, jefe de los conservadores. Derrotó al primero en todos sus intentos por contrariar sus posiciones. Se ganó el respaldo del segundo con un soberano ejercicio de sabiduría política.

Sobre Dunquerque, al borde del desastre en esos mismos instantes del otro lado del Canal de la Mancha, no pudo ser más categórico: “Por supuesto, pase lo que pase en Dunquerque seguiremos luchando”. Sobre la situación general diría horas después en el llamado Gabinete Externo: “Seguiremos adelante y lucharemos aquí o en cualquier otro lugar, y si al fin nuestra larga historia está condenada a terminar, es mejor que termine no con una rendición, sino con nuestra muerte sobre el campo de batalla”.

Seguir las deliberaciones del Gabinete de Guerra durante esos asombrosos cinco días de mayo, escuchar las intervenciones de los grandes factores políticos y militares que debaten sobre cada circunstancia y observar la filigrana de destreza política, magnificencia personal, grandeza, lucidez, generosidad de espíritu, y patriótica y heroica determinación a enfrentar las adversidades sin desfallecer un solo instante ante la colosal tarea que enfrentaba, constituye la mejor lección que podríamos recibir aquellos que llevamos alguna cuota de responsabilidad ante la grave, la trágica encrucijada que enfrentamos.

Si aquellos que detentan el liderazgo de los sectores democráticos de nuestra sociedad civil asumieran una mínima, una ínfima porción de dichos valores, nuestro futuro ya luciría resplandeciente. Les recomiendo su lectura: Cinco días en Londres, mayo de 1940. Churchill solo frente a Hitler. John Lukacs. Fondo de Cultura Económica Turner.

@sangarccs

A Aníbal Romero