• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

La izquierda chilena ante la dictadura

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Que los que aún viven sepan que nuestros presos políticos y sus familias también sufren, que los atropellos son tanto o más graves que los que ellos sufrieron, que Venezuela se desangra en manos de una satrapía que ni siquiera tiene sentido y orgullo nacional. Y que ellos, en una pirueta indigna de quienes se dicen de izquierda, se han puesto de lado de los represores, de los hambreadores, de los persecutores, de los torturadores. Como lo aprendí en la pobreza de mi barrio: las cuentas claras y el chocolate espeso.

Me visita un viejo amigo chileno, amante y agradecido del país que le tendió una mano cuando lo acechaba la dictadura, y sin pedirle nada a cambio –en la mejor muestra de lo que es verdaderamente la generosidad– le brindó casa, techo, pan y abrigo. Y una vida digna y honorable para sanar las heridas.

Está tan dolido y conmovido como yo por el miserable comportamiento de los izquierdistas chilenos que recibieran el mismo trato que él, y que hoy se reúnen en Chile para agradecer con bombos y platillos el respaldo de México al exilio chileno, cuya valiosa colaboración fuera mucho más estricta y reducida que la venezolana, limitándose a los más altos jerarcas del allendismo. Mientras guardan no solo un ominoso silencio ante la dictadura impuesta por el chavismo en contra de sus benefactores, sino que lo respaldan en el colmo de la ingratitud, el mal agradecimiento y la traición a sus principios.

Suena duro, pero ¿cómo calificar a quienes se salvaron del hambre y el abandono, incluso de la enfermedad y la muerte, ellos, sus esposas e hijos gracias a nuestras universidades, a nuestros institutos de investigación, a nuestros políticos –parlamentarios, gobernadores, ministros de AD y de Copei que recibieron instrucciones estrictas de los presidentes Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins y Jaime Lusinchi de auxiliar a los perseguidos de la izquierda chilena, reconocerles aquí la misma autoridad de que disfrutaban en Chile y pagarles el sueldo equivalente al que aquí se les pagaba a quienes cumplían las mismas funciones, sin exigirles en retribución ni una hora de desempeño– y hoy, en servicio interior o exterior del gobierno de la izquierda chilena, sirven objetiva y subjetivamente a la dictadura madurista? ¿Cómo calificar a quienes no solo se guarecieron del temporal durante los duros años de la persecución sino que fueron liberados, recibidos y prosperaron en Venezuela, para disculparse por su vergonzoso comportamiento “por razones de identidad política”?

Recibo una larguísima lista de políticos, funcionarios, artistas, profesionales del establecimiento allendista y mirista que comieron del plato que hoy escupen. Siguiendo con ominosa obsecuencia el tan mentado pago de Chile. No nombraré por elemental discreción y caballerosidad a aquellos que, aún vivos, han llegado al extremo de arrodillarse ante la dictadura madurista en representación del gobierno chileno. Ni a las altas autoridades de los partidos de la izquierda chilena a quienes les tiembla el pulso antes de exigir un pronunciamiento de quien fue presa política, hija de un soldado muerto en tortura mientras era un preso político y se ha negado a alzar una voz firme y responsable a favor de la liberación de nuestros presos políticos. Antes corren a La Habana a rendirles pleitesía a los tiranos del medio siglo que a un foro de derechos humanos a denunciar los atropellos y sevicias de la dictadura venezolana que les sirve.

Allá las razones de tan ruin comportamiento. De los comunistas, miristas y socialistas, nada que reclamar. El fin justifica los medios. Pero siempre es bueno recordar a quienes se nos fueron luego de recibir y disfrutar de la maravillosa hospitalidad venezolana: Orlando Letelier, Aniceto Rodríguez, Enrique Silva Cimma, Arturo Girón, Renán Fuentealba, Fernando Sanhueza, Claudio Huepe, Gladys Marín, Erick Schnake, Carlos Matus, Carmen Lazo, José Bosic, Marcelo Romo, Héctor Duvauchelle, Pedro de la Barra, Fernando Castillo Velasco, Gonzalo Martner, José Donoso y tantos y tantos otros que se vincularon para siempre con Venezuela.

Que los que aún viven sepan que nuestros presos políticos y sus familias también sufren, que los atropellos son tanto o más graves que los que ellos sufrieron, que Venezuela se desangra en manos de una satrapía que ni siquiera tiene sentido y orgullo nacional. Y que ellos, en una pirueta indigna de quienes se dicen de izquierda, se han puesto de lado de los represores, de los hambreadores, de los persecutores, de los torturadores. Como lo aprendí en la pobreza de mi barrio: las cuentas claras y el chocolate espeso.

@sangarccs