• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

El invitado ausente

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En otras palabras: un mes de luchas, sangre, sudor y lágrimas está despertando a la opinión pública internacional sobre la tragedia venezolana y el camino sembrado de dólares y rosas se ha visto convertido en sendero de grandes campos de batalla. No pudo ir a Chile. No podrá ir a parte alguna. A no ser al sitio en que se ventilan las graves violaciones de los derechos humanos. Para recibir la condena y su justo castigo.

“Durante esta madrugada, la Cancillería chilena despejó una de las dudas que se cernían para esta jornada en la que Michelle Bachelet recibirá nuevamente el mando del país, tras cuatro años de gobierno del presidente Sebastián Piñera. La incertidumbre por la venida del mandatario de Venezuela, Nicolás Maduro, terminó, al confirmarse que no podría viajar a Chile, pese a haberse presupuestado para ayer una bilateral con la jefa del Estado electa”.  La Tercera, Santiago de Chile, 11 de marzo de 2014.

Un mes de arrolladoras manifestaciones estudiantiles con el trágico saldo de más de 20 asesinatos, decenas de desaparecidos y cientos de estudiantes heridos, golpeados a mansalva y con alevosía o directamente torturados y encarcelados en las mazmorras del régimen han provocado un cambio de 180 grados en la percepción de la opinión pública internacional y los gobiernos del mundo acerca de lo que realmente sucede en Venezuela.


En una epopeya que será inolvidable y cuyo desenlace mantiene el alma en vilo de 30 millones de venezolanos y cientos de millones en la región y el planeta entero, la emocionante y desinteresada acción de miles y miles de estudiantes, trabajadores y amas de casa terminó por rasgar el velo de la alcahuetería, la complicidad y el desinterés que han reinado en las cancillerías y presidencias de todos los países de nuestra región y del hemisferio. Europa incluida. Aún están frescas las imágenes del abrazo del presidente Sebastián Piñera con Raúl Castro, que se presentara del brazo de su discípulo, protegido y recién nombrado gobernador Nicolás Maduro en Santiago de Chile. De todos los mandatarios del planeta presentes en esa asamblea, solo un discreto gesto de disgusto ante esa ominosa presencia en un foro pretendidamente democrático del amo de la tiranía más longeva de nuestra historia, Raúl Castro: el de la canciller germana Angela Merkel. El resto, un vergonzoso silencio.

Más frescas aún las imágenes de 31 mandatarios latinoamericanos en la Celac, inventada por los Castro y su Foro de Sao Paulo, durante su último encuentro celebrado en La Habana. Teniendo como chambelán la odiosa y repulsiva figura del socialista chileno José Miguel Insulza. Que convirtiera a la OEA en una suerte de ministerio de colonias del mismo Foro de Sao Paulo. Inolvidables sus últimas palabras: “La OEA no intervendrá en Venezuela”. No sin fundadas razones llamado “el Panzer” en los mentideros políticos chilenos, no tuvo empacho ni miramientos en actuar abierta y desembozadamente como el gendarme necesario del castrismo en América Latina.

Posiblemente el derramamiento de sangre, la asfixia de mujeres, ancianos y niños, que causaran la muerte de un anciano en estos aciagos Idus de marzo no terminen por aguarle al gobierno de Rajoy las apetencias empresariales con que negocia la venta de bombas lacrimógenas y otras armas “disuasivas” a la dictadura de Nicolás Maduro. Lejanos los tiempos en que la mala conciencia por la tiranía franquista y la muerte de millones de españoles cosechados durante la espantosa Guerra Civil empujara a los gobiernos españoles pos-franquistas de derecha o de izquierda –para el caso ha dado exactamente lo mismo– a mostrar una cara “progresista”. A la hora de proteger sus intereses crematísticos han corrido todos ellos a hacer pingües negocios, con sus debidas y acompañadas suculentas comisiones a socialistas y populares, en la fabricación y venta de armas, fragatas y aviones al chavismo populista. Ya lo dijo Brecht con su desenfado y brutal lenguaje: “Erst das Fressen, dann kommt die Moral”: Primero a hartarse, luego nos ocupamos de la moral.

Maduro habrá estado esperando ansiosamente acompañar a la socialista chilena Michelle Bachelet durante los festejos y saraos celebratorios de su transmisión de mando, que hoy se inicia con sabor a empanadas y vino tinto, cuecas y condumios, salmón sureño y cabernet sauvignon del valle central. ¿Qué mejor que darse un publicitado baño democrático jabonado por los amigotes del Foro de Sao Paulo, mayoritarios en el evento? ¿Qué imagen más suculenta y rendidora que un abrazo con Dilma y Cristina, las doñas del Foro? ¿Con Juan Manuel Santos y el vicepresidente de Estados Unidos? Si el insepulto se coleó hasta las cercanías del mismísimo Obama y hasta le regaló la biblia del analfabetismo regional izquierdoso escrita por el uruguayo Galeano, ¿por qué él y Cilia no volverían de Santiago con una foto abrazados con Biden y su esposa?
Es tanto el fondo en dólares y euros con el que cuenta para comprarse camisas, trajes, corbatas y zapatos, amén de relojes y joyas, que habrá dispuesto a su sastre y edecán de palacio prepararle “la tenida” con que bajaría del avión presidencial, encabezaría el cortejo de carros y motocicletas policiales hasta ocupar el o los pisos reservados en el más lujurioso hotel de la ciudad, para descansar y participar luego en los festines dieciochescos que suelen adornar estos acontecimientos político sociales. Flashes, cámaras, micrófonos, entrevistas, ruedas de prensa, revuelo de seguidores asegurados por el Partido Comunista y los radicales restantes para terminar aclamado en algún estadio de los alrededores de la ciudad en oportuno recuerdo del fallecimiento del Comandante Supremo, el inolvidable, el homérico, luz y sombra de América Latina, la irredenta, la antiimperialista.

El balde de agua fría recibido tras la conmoción que sus desafueros, crímenes y atropellos provocaran en el mundo y repercutieran, como era obvio y natural, en la sensible conciencia antidictatorial de los chilenos terminó por hacer trizas sus sueños infantiles. Puede que jamás sepamos las causas de orden protocolar, político y diplomático que terminaron por aguarle la fiesta y dejarlo con los crespos hechos. No me cabe la menor duda de que la misma Bachelet y sus más incondicionales no hubieran tenido el menor escrúpulo en recibirlo en la alfombra roja y tratarlo a cuerpo de rey. Que alguien que se crió en la satrapía satelital estalinista de la llamada República Democrática Alemana –la más gris, oscura y policíaca dictadura tras el telón de acero– no debe tener el pellejo tan sensible como para hacerle asco a los asesinatos a veces o casi siempre necesarios para mantener una tiranía. Como debiera saberlo mejor que nadie dados sus propios antecedentes. Pero para Michelle Bachelet y su entorno seguro existen dos tipos de dictaduras: las propias, de izquierda, socialistas, castristas y chavistas que son las buenas y las que no hay que tocar ni con el pétalo de una rosa. Y las malas, de derecha, como las de Pinochet o Videla, a las que hay que combatir con las armas en la mano, como lo hiciera la comunista chilena y secretaria de su partido, Gladys Marin, que recibiera toneladas de armas de Fidel Castro para tumbar a Pinochet.

Por fortuna para Chile, para la región y el mundo, tal maniqueísmo de los sectores radicales de la izquierda chilena que esperan imponer su visión totalitaria al futuro gobierno de Michelle Bachelet se encontró de frente con los sectores verdaderamente democráticos de la coalición de la Nueva Mayoría: democratacristianos, radicales y socialdemócratas del PPD y el PS. Quienes, encontrando el eco de las fuerzas de centro y centroderecha y el modesto apoyo de nuestros exiliados en Chile le cerraran el paso.

En otras palabras: un mes de luchas, sangre, sudor y lágrimas está despertando a la opinión pública internacional sobre la tragedia venezolana y el camino sembrado de dólares, presas de pollo y rosas se ha visto convertido en sendero de grandes campos de batalla. No pudo ir a Chile. No podrá ir a parte alguna. A no ser al sitio en que se ventilan las graves violaciones de los derechos humanos. Para recibir la condena y su justo castigo. Algo de lo cual se trasunta en el reportaje de La Tercera que citamos al comenzar este artículo, que termina diciendo que “si Nicolás Maduro asistía por un breve lapso a esta ceremonia, el dejar el país en medio del punto más álgido de las manifestaciones, podía complicar el control de la crisis social y política que atraviesa Venezuela”. Ya se le fue de las manos.

A nuestros hijos: ¡Gracias!