• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

La infamia

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Solo cabe unirse tras el supremo fin de desalojarlos y para siempre de la enferma vida de la república. Debiera ser un compromiso de honor de Borges y Ledezma. Responder a la infamia con la grandeza de la unidad.

 

La muerte de Chávez, un doloroso enigma rodeado de abusos, de mentiras y simulaciones, desfondó de manera dramática y a estas alturas ya definitivamente irreversible esta llamada “revolución bonita”. La que fuera una aclamada esperanza, un movimiento aluvional que removió hasta los últimos posos de la Venezuela oscura y retrasada con la esperanza de empujarla a la modernidad, yace postrada entre la inmundicia de lo único que el desaforado y magnético teniente coronel pudo dejar en herencia: la criminalidad, la incompetencia, la brutal voracidad de quienes jamás vieron en Chávez más que el paladín que les abriría las bóvedas de la república para hartarse de fortunas incalculables. Desapareció Chávez de la escena y solo quedaron las pandillas de asaltantes y forajidos que hoy administran los despojos. Narcotraficantes, ladrones y asesinos. Será un clásico ejemplo del fascismo subdesarrollado.

Son nuestros nada admirables tres lustros de soledad. Dignos de la delirante imaginación de Gabriel García Márquez, de la hondura desgarrada de Miguel Ángel Asturias, de la alucinante fantasía de Alejo Carpentier. En pleno siglo XXI el más insólito y brutal retroceso al oscuro corazón de las tinieblas africanas, al odio cimarrón y vengativo de los marginados, al desafuero de soldados sin un gramo de amor patrio, de respeto por nuestras tradiciones, de orgullo nacional. Otra vez Boves, otra vez Antoñanzas, otra vez el pueblo alebrestado  por el hambre, la sed de saqueo, el olor de la sangre.

Adentrarse en la vida del asturiano abre muchas claves del comportamiento de Hugo Chávez, de la disposición a la traición de sus mesnadas, del azuzamiento de la violencia fratricida y del acomodo y la veleidad de los que en estos dieciséis años han jugado el papel del Marqués de Casa León. Un anticipo del papel jugado por los realistas de hoy y de ayer en las figuras siniestras de los hermanos Castro y la liviana disposición a enterrarle una puñalada a nuestra soberanía de parte de quienes jamás se sintieron identificados y solidarios con las gestas libertarias de nuestros patriotas, salvo para usurpar sus laureles y desenterrar sus huesos.

He vivido otras revoluciones. Ninguna tan vil, tan ruin, tan nauseabunda como la que ha destapado nuestras peores taras, vicios y ruindades ancestrales. Con olor a traición, a esclavitud, a genocidio, a degollina. A sangre derramada. Ninguna que terminara, como esta, agonizante en manos de sátrapas, narcotraficantes y mercenarios ladrones, cruentos y desalmados. Una farsa siniestra, más digna del Marqués de Sade que de Joseph Conrad o de Valle Inclán. Pues a todos esos terribles desafueros se une el turbio y pervertido comportamiento moral de sus líderes.

Desenmascarados ante el mundo por sus iniquidades, sus fortunas acumuladas, su manejo de crímenes de lesa humanidad, su violación de los más elementales derechos esenciales, unen su cobardía y su estupidez. Hoy, en el colmo de su inescrupulosidad y su desprecio por la razón y la verdad, pretenden involucrar a Antonio Ledezma y a Julio Borges en una maniobra asesina contra Leopoldo López. Lo hacen mientras sus mesnadas irrumpen enmascarados y armados hasta los dientes en su celda de Ramo Verde. Más les valdría ser débiles mentales: tendrían, por lo menos, la justificación biológica de su estulticia. Uno de los acusadores se precia de haberse titulado de psiquiatra. El otro dirige la Asamblea. En esas manos ensangrentadas, en muy mala hora, hemos caído.

Solo cabe unirse tras el supremo fin de desalojarlos y para siempre de la enferma vida de la república. Debiera ser un compromiso de honor de Borges y Ledezma. Responder a la infamia con la grandeza de la unidad.