• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Antonio Sánchez García

Los inefables y discretos cancilleres de la Unasur

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Veinticuatro jóvenes asesinados en el lapso de un mes en condiciones espantosas, en gran medida mediante disparos a la cabeza, muy posiblemente efectuados por francotiradores con fusiles dotados de miras telescópicas, o pistolas de alto calibre manejadas impune y arteramente por matones motorizados empleados por el gobierno para constituir bandas asesinas, incluso bajo la mirada protectora de soldados venezolanos, si es que no han sido los propios soldados quienes han disparado a mansalva y asesinado a jóvenes mujeres con tiros al rostro, no han sido suficiente razón como para que la reunión extraordinaria de Unasur se saldara con una resolución mínimamente condenatoria de las brutalidades dictatoriales de uno de sus miembros, el señor Nicolás Maduro.

Mientras hacían pública su gazmoña e insólita resolución a favor del gobierno de Maduro, allí representado por un ex terrorista de la ultraizquierda venezolana, famoso hasta antes de ayer por liderar grupos de acción violenta que, encapuchados y armados con suficientes piedras como para romper parabrisas a destajo y paralizar la ciudad, atacaba todos los jueves con el fin de generar el caos urbano que preparara el ánimo y calentara el ambiente para romper el hilo constitucional, favorecer al golpismo –del que hoy tanto cacarean los golpistas que asaltaran el poder con dos golpes de Estado– y hacer tabula rasa de nuestro Estado de Derecho: Elías Jaua, hoy nada más y nada menos que canciller de la República. La vida nos da sorpresas...

Habrá dejado la capucha en su maletín ministerial el extirapiedras. Y me lo imagino agazapado tras unos cristales que suavizan su mirada más bien artera y le confieren cierto aspecto profesoral. Con voz meliflua, como de islámica virgen vestal quejándose de los fascistas venezolanos, esos hijos de papá –él ha de ser bastardo o parido en el anonimato de la lámpara de Aladino, como por arte de magia– ricos del este que han decidido intentar un golpe de Estado y han provocado muertes, ruina y desolación en Caracas. Desconociendo la plenitud constitucional de un gobierno pulcro e impecablemente democrático, elegido en ejemplares elecciones –“todos ustedes fueron testigos, señores colegas”– etc., etc., etc.

Nadie presente en ese aquelarre, agencia diplomática del Foro de Sao Paulo, para contar la verdad de los hechos, entregar un elemental parte de sucesos, narrar la brutal inseguridad que se ha saldado con un cuarto de millón de muertos, desenmascarar la naturaleza colonial y dependiente del gobierno de quien enfrenta la más grave crisis que se haya vivido en la región desde hace muchísimos años, ni resaltar el control de todos nuestros organismos de seguridad por las fuerzas armadas cubanas ni la práctica anexión del Estado venezolano a la tiranía castrista. Si tales palabras hubieran sido pronunciadas, si por ventura los Castro hubieran sido asociados a una dictadura que ya dura más de medio siglo, Cristina Kirchner hubiera arqueado las cejas, Dilma Rousseff hubiera carraspeado, Evo Morales hubiera sonreído con desprecio, Correa hubiera movido la cabeza y Haroldo Muñoz, el recién estrenado canciller de la señora Bachelet, se hubiera sonrojado. ¿Cómo reaccionaría su amigo José Miguel Insulza ante acusaciones tan aleves? ¿Los Castro, tiranos? Vaya la mala educación de estos venezolanos insolentes…

De modo que luego de cuatro horas de discusiones, seguramente matizadas con pasitas, café con leche y té con limón, los honorables señores cancilleres cortaron por lo sano y decidieron no juzgar, no emitir juicio de fondo ni de valor, mantenerse en la más inglesa de las disposiciones e ir en auxilio del gobierno de nuestra hermana República de Venezuela y su acongojado presidente. Quizá alguno de los cancilleres haya minimizado los acontecimientos recomendando la sabía decisión de pedirles a esos muchachos, tan alebrestados que ya se creen librando una segunda Independencia, que se sentaran en una mesa de diálogo, que ellos estarían presentes y serían garantes de que nadie se fuera a las manos.

Nadie se preguntó por la otra cara de la moneda. Nadie inquirió sobre la visión de los hechos del otro interlocutor, aquel que yace ensangrentado en la camilla de un sucio hospital. O está preso sin razón alguna que no sea la brutal y dictatorial decisión de una justicia vendida, aherrojada, al abierto servicio del Ejecutivo. Nadie quiso ver las actas de defunción ni los informes médico-legales de las autopsias respectivas. Nadie preguntó por las condiciones sociales, el estado de la economía, el ánimo de quienes no parecen querer detenerse en su marcha tras la salida del poder de aquel a quien consideran ilegítimo no solo por desempeño, asunto cuya verdad alcanza el tamaño de una catedral, sino por origen –nacionalidad, igualdad de oportunidades, arbitrio transparente y sin abusos de los organismos electorales, etc., etc., etc.

Y en un gesto de buena voluntad que arrancó lágrimas del adusto rostro del otrora encapuchado hasta empañar sus espejuelos, decidieron por unanimidad enviar a algunos amigos cancilleres en misión especial para auxiliar al apesadumbrado presidente Maduro a sostener un diálogo, convencidos de que su elocuencia más el respaldo sincero de los vecinos meterán en cintura a los voluntariosos muchachos que arriesgan sus vidas sobre el asfalto caliente de las ciudades venezolanas.

Por cierto: sin apuro. Que los muertos pueden esperar. Sin precipitaciones, que primero deben calmarse las aguas. Sin tropiezos, que amarrar bien amarrada la joya de la corona de Fidel Castro, sus suculentas fuentes de petróleo y los miles y miles de millones de dólares con los que sostiene al régimen imperante en Cuba y auxilia a no pocos de los miembros del aquelarre, es un imperativo de alta política regional..

El tirapiedras habrá sonreído, habrá llamado a su compinche de viejas tropelías, le habrá asegurado que los asesinatos cometidos por sus colectivos ni siquiera fueron considerados por la Unasur y le habrá dicho en clave de guaguancó: Échale pichón, Nicolás, aplasta a esos hijos de puta.

Ya puedes dormir tranquilo.