• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El horror de nuestras vergüenzas

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“El horror, el horror…”

Kurz, en El corazón de las tinieblas, de Joseph Konrad

 

Los venezolanos de bien, que, así sorprenda, existen, deben tolerar que su país sea conocido en el mundo por los repugnantes desafueros de la barbarie chavista. Ayer el periódico El Mundo, de España, traía un reportaje sobre los rituales de brujería, santería y magia negra a la que el Kurz de nuestras tinieblas fuera tan aficionado.  Acompaña el reportaje que da cuenta del sórdido universo de supercherías del llanero que enloqueciera a Venezuela, con una foto en que conviven en fraternal abrazo una historiadora de profesión, que era su amante, una quiromántica – su hermana – y el flacuchento conspirador por entonces amamantado en los tenebrosos cuarteles del golpismo venezolano, que ya afilaba sus colmillos para hincar sus ambiciones en los tobillos nacionales.

Nada de que sentirnos orgullosos. Los tiranos se mueven en las brumas de la barbarie y todos, cual más cual menos, llevan en sus genes la parafernalia totémica de que se sirvieran todos los monstruos políticos, desde Atila a Adolfo Hitler y desde el Dr. Francia a Fidel Castro. Las tiranías se nutren de la ignorancia y su instrumental quirúrgico de dominación recurre a los ancestrales trucos del dominio de brujos y chamanes de la prehistoria. Que aunque no se crea, palpita bajo la piel del Poder donde quiera se encuentre. Mucho más en el Caribe, en donde la esclavitud, el salvajismo y la barbarie africanas están a flor de piel. Como también lo recordaba ayer otro periódico español, ABC, que destacaba la sombría impronta de las peores dictaduras africanas en la inflación que amenaza a Venezuela con cifras siderales.

Gabriel García Márquez, tan genial en sus ocurrencias literarias  como banal e irresponsable en sus devaneos políticos, quiso retratarlo en El Otoño del Patriarca. Quedó corto. Como también se quedaría corto Ramón del Valle Inclán y su esperpento, El Tirano Banderas. O Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos. Incluso la genial recreación literaria de Norberto Fuentes, Fidel Castro, la autobiografía. La maldad se resiste a la literatura, como lo señalara en su momento Theodor Adorno, quien afirmara que después de Auschwitz, la poesía ya no tenía ningún sentido. Más le hubiera valido al Nobel colombiano entrar en el sórdido misterio de la comunicación del maquiavélico personaje de sus adoraciones con las esclavizados criaturas de la cubanidad y escarbar en el uso despiadado que hiciera Fidel Castro de la criminalidad proto religiosa de la santería, paleros y otros rituales de la barbarie afrocubana para convertirse en el Tótem del Caribe.

De toda esa pervertida sabiduría tribal del chamán de la tribu se sirvió Fidel Castro, el gallego, para seducir, encantar y esclavizar al pobre e infeliz  teniente coronel, el esperpento que se arrastrara hasta su templo caribeño, carente de toda estructura ético emocional, para postrarse y encontrar un sustituto al padre que no tuvo – el suyo era tanto o más infeliz y desangelado que él – y una contrafigura autoritaria suficientemente poderosa como para neutralizar el efecto demoledor de la odiosa y castradora matrona que le tocó de madre biológica en desgraciada suerte.

No se entiende la tragedia venezolana sin ese juego aterrador de dominio y subordinación totémica, mágico religiosa bajo cuyas siniestras garras caería el país en el peor y más desgraciado momento de su historia. Ni el papel jugado por Castro, el bastardo hijo de la infanta hija de la cocinera de su familia legal, apoderándose del país desnortado y abierto de pies y manos a la traición de sus ejércitos, sus jueces, sus académicos, sus empresarios, su clase política. Corrió desesperado el esperpento venezolano hacia el corazón de sus tinieblas y alzó, en los sótanos de su palacio presidencial, altares al descuartizamiento de presas de sacrificios rituales, manejos de osamentas saqueadas por centenas del cementerio de la pobresía, incluso el ultraje de los restos de su principal referencia histórica, Simón Bolívar, convertido en objeto de paleros, babalaos, santeros, exhibición y culto en un acto que pasará a la historia de la infamia de la infamante Venezuela chavista.

Una de nuestras mejores periodistas se hizo entonces a la investigación del sórdido suceso del ultraje, los criminales y ominosos objetivos del manejo de huesos y cenizas del libertador, la novela de crimen, asesinato y traición que encubrían los religiosos rituales puestos en práctica en Palacio y transmitidos en vivo y en directo para seducción masiva de la esperpéntica sociedad del espectáculo, las amenazas que se expresaron a quienes tuvieran la osadía de denunciar ese viaje al corazón de nuestra barbarie. Si entonces su publicación acarreaba el riesgo de perder la vida, ahora, cuando ninguno de esos atroces rituales sirviera para impedir la muerte temprana del Kurz de nuestras tinieblas en los sospechosos brazos del hechicero  y los herederos próximos y lejanos del chamán se disputan a dentelladas la herencia de los despojos, publicar sus resultados sería una extraordinario contribución al aireamiento espiritual y moral de nuestras vergüenzas. Proceso de recuperación moral imprescindible que está muy lejos de haberse iniciado.

Se verá que jamás fuimos el modelo de democracia moderna que jugamos a ser. Siempre latió en nuestras entrañas el monstruo de nuestra barbarie. Para nuestra eterna vergüenza.