• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El horror de nuestra barbarie (II)

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¿Quién negaría que literalmente así ha sido? ¿Qué esos 25.000 asesinatos anuales, cometidos en la más absoluta impunidad y sin encontrar el menor interés por esclarecimiento y castigo entre policías, jueces y fiscales serviles al Ejecutivo, han terminado por instituir un estado de sitio? ¿Que el hampa y esas decenas de miles de bandas asesinas que asuelan al país sirven de gratuita escuadra parapolicial del régimen? El desiderátum del totalitarismo zarrapastroso de la satrapía: la pobresía, de día, haciendo cola empujada a la miseria por el Estado; de noche, encerrada bajo cuatro llaves asediada por sus bandas hamponiles. Que el buen Dios se compadezca de los venezolanos.

 

Circula por la red una foto que en cualquier país medianamente civilizado hubiera provocado una conmoción nacional y un irrefrenable escándalo público: tres hampones exhiben la cabeza de un rival, decapitado por uno de los tres delincuentes que exhiben en pose futbolística, las manos ensangrentadas provistas de pistolas de alto poder, con amplias sonrisas e inocultable orgullo el trofeo de su barbarie. Si el selfie y su difusión masiva demuestran la certeza de la absoluta impunidad con que cuentan los degolladores ante una sociedad devorada por el caos, la corrupción y el crimen, carente de auténtica policía, fuerzas de orden y sistema judicial, otro tweet nos aclara incluso sus nombres. La fiscal general de la república no puede tener más pruebas públicas y notorias de un crimen alevoso, que nos retrotrae a las peores y más repudiables formas de castigo practicadas por la Yihad. Con una diferencia que nos aclara cuánto más criminal e impunes son nuestros asesinos, sin ni siquiera una religión que legitime su barbarie: no ven la necesidad de enmascararse. La cabeza que exhiben vale tanto, o menos, que un balón de fútbol. Ya andarán por sus barrios recibiendo el aplauso, la admiración y el miedo soterrado del vecindario.

Tampoco es una excepción. Aún no se sacude la pequeña parte aún no contaminada de nuestra sociedad el horror de presenciar también gracias a un video que circulara profusamente por la red el descuartizamiento con motosierras de una docena de mineros asesinados por grupos de hampones supuestamente dirigidos por asesinos ecuatorianos en medio de una disputa por el control de las minas de oro de una región absolutamente abandonada de todo control por parte del Estado, entregada a la arbitrariedad de la voracidad de grupos hamponiles y que según afirmaciones de organizaciones internacionales concentra la mayor cantidad de oro existente en el planeta. Ello, mientras el país adolece de la más grave crisis económica de su historia y la indefensión de sus habitantes alcanza los aterradores niveles de una crisis humanitaria. Ayer circuló otra foto por la red, esta vez la de un niño de 10 años, que habría sido violado y decapitado en el Zulia, flotando a la deriva de un caudal a vista y paciencia de quien quisiera observarlo.

Es la culminación del retorno a los orígenes de nuestra barbarie propiciada en nefasta hora por el militarismo golpista venezolano ante la complacencia y complicidad de todas las clases y élites sociales: la Guerra a Muerte. No es necesario freír como entonces las cabezas para preservarlas y exhibirlas en jaulas montadas al efecto en cruces de caminos para espantar con ellas a las tropas enemigas. Práctica común de patriotas y realistas y que Chávez recordara medio en broma y medio en serio como amenaza directamente dirigida a los capitostes de los partidos del sistema –adecos y copeyanos– durante su avasallante campaña presidencial de 1998. Basta con una fotografía y una cuenta en Twitter. El efecto es infinitamente mayor en cantidad, si bien también lo es la banalización del horror que provoca. ¿Quién le tiene miedo a una degollina?

Quien crea que este abominable ejercicio del horror y la proliferación del crimen a escala industrial es mero efecto del caos que sufrimos, y que ese caos no ha sido deliberada, racional y metódicamente implementado por la dictadura, no sabe en qué país nos encontramos ni cuán grave y profunda es la crisis existencial que sufrimos. El terror ha sido una de las armas privilegiadas del poder, desde que el hombre es hombre. La muerte y el asesinato son la crítica de la razón práctica del poder, como lo sabemos desde Caín y Abel. Está en la esencia del dominio del hombre por el hombre, pues ese dominio solo es posible mediante la virtual amenaza de la muerte. Reducir al adversario a su nuda vita. O exterminarlo. Y su periódica puesta en práctica. No hubo régimen ni sistema que no lo pusiera en práctica, si bien, después de la Revolución francesa y su carnaval del terror solo con el nacionalsocialismo y el socialismo soviético se convertiría en práctica indisolublemente ligada al ejercido del poder del Estado: “En su forma externa, en cuanto propaganda, la ideología totalitaria difiere de las ideologías democráticas no solo por ser única y exclusiva, sino porque está fundida con el terror… La ideología democrática tiene éxito cuando puede convencer o atraer; la ideología nacional-socialista convence mediante el uso del terror”. Franz Neumann, Behemot, Pensamiento y acción en el nacional-socialismo.

A la quintuplicación del número de asesinatos entre 1998 y este trágico 2016 no es ajena la práctica totalitaria del castrochavismo: es su producto más legítimo. Como tampoco la sorprendente y primitiva barbarización del crimen. Hoy por hoy ni siquiera es la muerte el objetivo principal del homicida: es rematar a la víctima. Humillar al cadáver y utilizarlo como prueba de su brutal barbarie. Y de la nada que valen las víctimas. Y, más recientemente, exhibir su cabeza para culminar la faena con ese siniestro toque de estética homicida. Recién asaltado el poder se cuenta de un encuentro del teniente coronel golpista con su padre espiritual y modelo autocrático, Fidel Castro, en La Habana, quien, ante la pregunta de su discípulo recién estrenado en el manejo totalitario del poder sobre qué hacer con el hampa, uno de los problemas que junto a la práctica de la corrupción más repudiaban los venezolanos, le habría contestado: “Déjala tranquila. Podría servirte de importante aliado en la lucha por el control del poder total”.

¿Quién negaría que literalmente así ha sido? ¿Qué esos 25.000 asesinatos anuales, cometidos en la más absoluta impunidad y sin encontrar el menor interés por esclarecimiento y castigo entre policías, jueces y fiscales serviles al Ejecutivo, han terminado por instituir un estado de sitio? ¿Que el hampa y esas decenas de miles de bandas asesinas que asuelan al país sirven de gratuita escuadra parapolicial del régimen? El desiderátum del totalitarismo zarrapastroso de la satrapía: la pobresía, de día, haciendo cola empujada a la miseria por el Estado; de noche, encerrada bajo cuatro llaves asediada por sus bandas hamponiles. Que el buen Dios se compadezca de los venezolanos.