• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Antonio Sánchez García

Los hijos de Sánchez

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Amé esa infancia de pobre. Sin el más mínimo rencor, pues ni siquiera imaginaba que existía gente más rica que nosotros. Salvo en las películas en blanco y negro que veía en las tandas interminables de las matinés de los domingos. Pobre cultura de la riqueza. No sabe lo que se ha perdido.

A Agustín Berríos

En 2010, estando en Santiago con Antonio Ledezma y Agustín Berríos invitados por el presidente del Senado chileno a la transmisión de mando de Michelle Bachelet a Sebastián Piñera, le pedí a nuestro acompañante desviara el paso por las calles de Santiago para pasar frente al número 1470 de la calle San Luis, en donde nací y viviera hasta mis 12 años de edad. Una calle de tres cuadras, todavía empedrada, delimitada al oriente por la avenida Independencia y al poniente por la avenida Vivaceta, dos de las más populares avenidas de lo que en la colonia se llamara la Cañada, y arrancando del río Mapocho se dirigiera hasta las estribaciones de la Cuesta de Chacabuco, la vía cordillerana hacia Mendoza, en la Argentina, desde donde bajara el general San Martín con sus tropas libertadoras para librar la Batalla de Chacabuco, que le diera la victoria final y definitiva a las tropas de don Bernardo O’Higgins, el joven compañero en Cádiz de nuestro José Joaquín Cortés de Madariaga.

Remozada en su fachada, la casa en cuestión es la misma: no tiene más de tres metros de ancho y el largo suficiente para albergar los dos cuartos y el patiecito en que viviéramos siete hermanos; padre, chofer de taxi; madre, encargada del mantenimiento, limpieza y crianza de siete callejeros, y un abuelo, lustrabotas, que dormía sobre un colchón al pie de las tres camas en que dormíamos nuestras felices noches de la infancia de la pobreza. Felicidad que ni el frío invernal ni las feroces lluvias australes lograban conmover: las privaciones de la niñez no existen en la felicidad de la cultura de la pobreza, cuando la familia es regida por sólidos principios morales y la conciencia del esfuerzo que hay que hacer para llegar a ser alguien. Bien diferenciaba el cardenal Silva Henríquez entre la pobreza y la miseria: la primera, una situación material enfrentada a diario por millones de seres humanos que no por ello se degradarán en la barbarie de la criminalidad; la segunda, una perversión moral responsable del infierno en que podemos caer si no nos enfrentamos con coraje y dignidad a la adversidad de nuestras indigencias.

A tres o cuatro puertas de la nuestra, vivía un zapatero. En cuanto aprendí a caminar solía ir a sentarme en una sillita de paja, baja, perfecta para mi estatura, a ver maravillado de lo que era capaz el zapatero con sus manos encallecidas, llenas de cicatrices y manchadas de la tinta y la pomada con los que hacía reverdecer zapatos trajinados por el desgaste, el esfuerzo, las andaduras de los vecinos y que según reparaba iba poniendo en una estantería que recorría ávido con mis ojos, buscando las suelas relucientes, los tacos de goma, perfectamente lijados como para parecer nuevos. De todas sus herramientas, la que más me atraía era un hueso de cochino que le permitía pulir el cerco de las mediasuelas que contrastaban con el cuero ya a punto de vencer la resistencia y dejar ver dedos desnudos. Me fascinaba el contraste entre el cuero viejo y la suela nueva, que al volver a acompañar a sus fieles propietarios en sus ocupaciones cotidianas resonaban como cascos de caballos sobre las límpidas aceras de nuestra calle. A veces redoblados con lo que entonces llamábamos toperoles, unas pequeñas medias lunas de acero que claveteadas al extremo exterior del taco impedían el rápido desgaste de nuestras inagotables caminatas.

Entre la puerta del zapatero y la nuestra, un pasaje con una docena de casas aún más pequeñas que la nuestra, a cuya sombra protectora pasábamos los meses de las vacaciones de verano leyendo comiquitas, contándonos nuestras maravillas de Aladino y la lámpara maravillosa o los prodigios de Superman o del Super Ratón, su versión en singladura proletaria. Esperábamos el fresco de los atardeceres para empeñarnos en homéricas pichangas, como llaman en Chile a las caimaneras, para las cuales usábamos unos pequeños balones sensacionales, hechos de medias rotas rellenas de restos de seda y popelina regalados por la vecina camisera, y preparados con tanta experticia por el mayor de nosotros, que hasta rebotaban.

A dos puertas del zapatero se encontraba el abasto de don Alfredo, mezcla de mercadito, ferretería, almacén, pulpería, posada, boliche y banco de préstamo popular al que mi madre me enviaba varias veces al día a comprar un octavo de aceite, un puñado de azúcar o medio kilo de porotos –nuestras maravillosas caraotas, plato nacional–. Iba gustoso para ver al joven que asistía al dueño extrayendo de un barril de aceite mediante una bomba de extracción que tras dos o tres flexiones llenaba un depósito de cristal con ese líquido amarillo y espumoso que dejaba caer sobre mi botella de refresco vacío como por arte de magia. Del techo colgaban sartenes, escobas, cacerolas, pequeños aspersores a pistón para fumigar mosquitos, cucarachas, chinches –nuestras compañeras de sueños–, y en un pequeño corredor lleno de sacos con harina blanca, lentejas y otras vituallas, un teléfono colgando de la pared. Hablo de hace casi setenta años, de modo que es fácil imaginárselo, si es que aún se les ve en los mercados de antigüedades. En uno de esos sacos me montaba para alcanzarlo y marcar el número del Club de la Unión, sitio de reunión y esparcimiento de la rancia aristocracia chilena –como jamás la vi en Venezuela, exterminada, como dicen, por las hordas del general Zamora– y pedir al teléfono a mi abuelo Pancho, el lustrabotas del Club.

Cuento de mi calle, mi casa y mi patio, del zapatero y la camisera, del abastero, de mi abuelo lustrabotas, uno de los seres más dulces, tiernos y generosos que he conocido en mi vida, porque mientras más nos hundimos en la miseria insondable de la riqueza petrolera y la estupidez ilimitada de la demagogia asesina, más añoro esa cultura de la pobreza: el zapatero remendón que me permitía no andar descalzo y creerme con zapatos nuevos, la camisera que me reparaba los puños y cuellos de la camisa rota volviéndoles la prestancia del primer día, mi madre sentada a su máquina de coser Singer a pedales para coserme pantalones cortos de los restos de los viejos pantalones de mi padre, de la natural solidaridad del vecindario, de los maravillosos juegos infantiles en un mundo lleno de imaginación, sin televisión ni juguetes electrónicos. Ni la más mínima necesidad de ellos. Un mundo de una moralidad inmaculada, en donde robarse un centavo del erario nacional acarreaba la cárcel y el desprecio público. Un mundo del esfuerzo y la denodada lucha contra la contrariedad. En donde, si no tenías qué comer, debías llevar la maquina de coser o las sábanas o las sortijas de matrimonio a la casa de empeños, sin siquiera imaginar que muchos años después, en un pobre y miserable país rico, bastaba con afiliarse al partido gobernante, recibir una beca y exigir una casa para pretender salir de la miseria. Hundiéndote, cosa insólita, más en ella mientras más mendigas.

Amé esa infancia de pobre. Sin el más mínimo rencor, pues ni siquiera imaginaba que existía gente más rica que nosotros. Salvo en las películas en blanco y negro que veía en las tandas interminables de las matinés de los domingos. Pobre cultura de la riqueza. No sabe lo que se ha perdido.

@sangarccs