• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Qué hacer ante la crisis. Política, sociedad civil y partidos

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Insistir en el encallejonamiento electoral de la crisis existencial que vivimos demuestra más que miopía: criminal ceguera política. La oposición no tiene más que dos caminos: o rompe el statu quo dialogando con los factores críticos del régimen –civiles y militares– para buscar una salida consensuada, o se pone al frente de la sociedad civil con una sola consigna: fuera Maduro y por un nuevo gobierno. Ambas iniciativas no son excluyentes y requieren de la activa participación de todas nuestras fuerzas. Es hora de ir pensando en ellas.

 

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Guardo un grato recuerdo y un gran respeto por lo que fuera la Coordinadora Democrática, de cuyas instancias de asesoría y dirección tuviera el honor de formar parte. Fue, si se me permite el símil, la cátedra de venezolanidad que recibiera de quienes me acogieran generosamente como interlocutor hasta convertirse en compañeros y amigos: Pedro Pablo Aguilar, Humberto Calderón Berti, Alejandro Armas, Pedro Nikken, Alberto Quirós Corradi, Agustín Berríos, Marco Tulio Bruni Celli, Adolfo Salgueiro, Hiram Gaviria, Enrique Mendoza, Pablo Castro, Felipe Mujica, Pompeyo Márquez, Cecilia Sosa Gómez, Asdrúbal Aguiar, María Teresa Romero, Maruja Tarre. Junto a ellos Rosario Orellana, Américo Martín, Rafael Alfonzo y tantos otros. Son muchos más, pero a ellos me refiero en primer lugar, pues compartimos el día a día, de la mañana a la noche, con notable dedicación e intensidad y sin ningún afán de retribución material, impulsando el esfuerzo colectivo por encontrar una salida a la grave crisis existencial puesta de manifiesto con los sucesos del 11 de abril, las conversaciones oposición-gobierno avaladas por César Gaviria al frente de la OEA y Jimmy Carter al frente de su fundación,  y el brutal cambio de las circunstancias políticas derivado de los resultados adversos del llamado referéndum revocatorio. Momento a partir del cual nuestro adversario pasaría a convertirse en nuestro enemigo, pues dejó de ser la mera representación de un gobierno estrictamente venezolano sujeto a las determinaciones constitucionales, para convertirse en un poder determinado en gran medida por la injerencia del gobierno cubano y el desarrollo de tendencias dictatoriales y autocráticas, con la pretensión de instaurar un régimen totalitario, del mismo signo, en Venezuela. Guardo conmigo todas las grabaciones de las conversaciones de la mesa de discusión y acuerdos Coordinadora-Gobierno. Una iniciativa ejemplar como para insistir en restituirla. ¿Cómo pretender salir del dramático impasse en que nos encontramos sin instituir el medio humano y técnico como para discutirlo, acordarlo y ponerlo en práctica?

 

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Privilegio la mención de dichos nombres, en razón de las graves consecuencias para el país de su marginación de la participación política inmediata, pues otros de igual o mayor importancia, como Julio Borges, Andrés Velásquez, Luis Manuel Esculpi, Felipe Mujica, Gabriel Puerta Aponte o Teodoro Petkoff, pasaron sin mayores hiatos, de participar en ese foro colectivo profundamente liberal, independiente y fuertemente influenciado por la sociedad civil y la militancia solidaria sin intereses partidistas inmediatos, a la lucha política directa. Pues en ellos se condensaba la memoria histórica y política de la Venezuela democrática. Fue una irreparable desgracia que la Coordinadora Democrática, una vez fracasado su ingente esfuerzo por imponer, coordinar y hacer posible el referéndum revocatorio –aviesamente manipulado por el régimen y traicionado por las autoridades electorales mediante un descomunal fraude continuado y el desconocimiento de la auditoría y control acordados por la mesa de negociación y acuerdos– se autodisolvió y sus miembros más destacados, que a mi parecer eran los que arribo menciono, volvieron a sus actividades privadas, se marginaron de toda militancia política y dejaron el terreno de la lucha activa contra el régimen a la libre disposición de la clase política militante, en franca minusvalía ya desde antes del verdadero deslave protagonizado por el chavismo al asaltar el poder.

El hecho de que muchos de ellos continuaran su actividad política en grupos de reflexión y análisis, en algunos de los cuales tuve el privilegio de participar –el Grupo Ávila, el M4D, el M2D y la Mesa de reflexión y análisis– no cambió el hecho decisivo de que la política opositora había escapado del control de la sociedad civil para convertirse en materia del cabildeo, particularmente electorero, de los partidos políticos. Esa tendencia terminó por hacerse fuerte y consolidarse cuando Julio Borges y Teodoro Petkoff optaran por respaldar la candidatura presidencial de Manuel Rosales y reivindicaran el protagonismo esencial de los partidos políticos ya organizados. Desde el año 2006 en adelante, la política opositora se convirtió en patrimonio exclusivo de los partidos, sin práctica injerencia de factores independientes provenientes de la sociedad civil y ésta se vio reducida a mera masa de respaldo electoral convocada exclusivamente para participar en procesos electorales sobre cuya determinación pasaría a estar absolutamente excluida. El ámbito de la autonomía política de la sociedad civil se vería tan dramáticamente reducida, que el segundo hombre de Acción Democrática lo reduciría tres años después, en 2009, a la alternativa de votos o balas. La esencia que motorizara la Coordinadora Democrática –el espontáneo afán participativo de la civilidad en la resolución de sus destinos– se vería coartada para siempre. A la alternativa voto o balas correspondía la alternativa partido o nada. La sociedad civil había dejado de existir como actor político en la crisis venezolana.

 

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La Mesa de Unidad Democrática no vino a suplantar ni a reemplazar a la Coordinadora Democrática. Nace como una cúpula de direcciones partidistas tras el objetivo de unificar los disímiles criterios de acción de los partidos existentes. El análisis táctico y estratégico, que en la Coordinadora Democrática formaba parte de sus comisiones, y el trabajo de masas, del que en la Coordinadora Democrática se ocupaban distintos frentes con representación de los propios activistas interesados, quedó a cargo de los partidos. Sin embargo, su objetivo central ha sido y, aparentemente, seguirá siendo estrictamente electoral: forjar alianzas. Sin ninguna incidencia sobre las acciones de masas. Ello permitió lo que en tiempos de la Coordinadora hubiera sido política y organizacionalmente imposible: que las acciones de calle, las gigantescas y trascendentales manifestaciones de masas y la lucha callejera que en 2014 alcanzaran el nivel de una auténtica rebelión nacional y pusieran en jaque al gobierno, pudieran ser desconocidas, incluso negociadas por los partidos de la MUD en diálogos directos, públicos o secretos, con las autoridades de gobierno. Con las nefastas consecuencias de todos conocidas.

A dicha depreciación de las acciones de masas y la inexistencia de un ente coordinador de valor reconocido nacional e internacionalmente –como lo fuera la Coordinadora Democrática, que llegó a disponer de su propio aparato de relaciones internacionales, con la activa participación de ex embajadores, expertos en política internacional y reconocidos internacionalistas venezolanos que mantuvieran permanente contacto con los gobiernos de la región, el mundo diplomático y las distintas organizaciones multinacionales– se suma el rechazo a una estrategia confrontacional, el privilegio exclusivo de la participación electoral y, por esa vía, la legitimación de la supremacía interna de los dos partidos ejes de su sistema de poder: AD y PJ. En tiempos de la Coordinadora Democrática, AD no salía de las catacumbas en que terminara encapillada por la acción disolvente del chavismo y PJ se encontraba recién en sus principios. VP ni siquiera existía. De allí la casi inexistente presencia de los partidos. Y la abrumadora relevancia de la sociedad civil, por más que el segundo hombre del régimen, Luis Michelena, se preguntara con sarcasmo “¿con qué se come eso”?

 

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¿Cabe revertir ese divorcio entre la sociedad civil y la sociedad política? Es una pregunta clave que hace al futuro de este proceso aparentemente descabezado y caótico en el que naufragamos. ¿Es posible salir de la dictadura sin la activa participación de la sociedad civil, vale decir: de las masas? ¿Es un ente como la Asamblea Nacional capaz de enfrentar a las secuestradas instituciones del Estado sin poner en juego la influencia decisoria de los principales interesados en el cambio, los propios venezolanos? ¿Se bastan las direcciones de los partidos opositores, y particularmente sus máximas dirigencias, sus cúpulas, sus secretarías generales para torcerle la mano al gobierno y a las principales instituciones del Estado que le asisten, como el PSUV, las fuerzas armadas, las fuerzas policiales y parapoliciales, el TSJ, la Fiscalía?

Un somero análisis situacional desvela un hecho de capital importancia para los intentos opositores por desalojar al gobierno y restituir el Estado de Derecho: mientras el gobierno naufraga en los desastres causados por su feroz incompetencia, el agotamiento de su hegemonía y la carencia brutal de medios financieros –finalmente el responsable de la tragedia del desabastecimiento, la inflación, la inseguridad pública y el desastre sanitario, al que pronto se agregara la crisis de agua y electricidad, es el gobierno, más nadie– y no parece disponer de una masa crítica y social de apoyo, las fuerzas sociales de la oposición parecen intactas. El hecho de que las mayorías sean las víctimas de la crisis y reconozcan la responsabilidad del régimen en dicha crisis, propicia su reencuentro con una política activa de movilizaciones que le de expresión al monumental descontento popular y busque la drástica solución a sus problemas saliendo de sus actuales responsables y encontrando vías de esperanza y resolución a sus problemas con un nuevo gobierno.

Encapsular la acción opositora a la legislatura da muestras de una proverbial orfandad de ideas, carencia de inteligencia política e incapacidad imaginativa: reducir el enfrentamiento político al ámbito estrictamente discursivo de las leyes y enconchar la búsqueda de soluciones inmediatas al recinto parlamentario demuestra cobardía histórica, miseria intelectual y una trágica pobreza de iniciativas. Sobre todo dada la escandalosa ausencia de esa pléyade de grande políticos, asesores e intelectuales orgánicos en los partidos opositores y en la Asamblea Nacional.  Basta escuchar a los altos dirigentes y comunicadores del PSUV –Vanessa Davis y Pérez Pirela– y a ex funcionarios de importante rango militar –el ex general Rodríguez Torres– para comprobar la aterradora orfandad en que se encuentra el régimen. El extravío es generalizado. Basta escuchar a las principales figuras opositoras –Henry Ramos, Julio Borges o Henrique Capriles– para comprobar la trágica carencia en hombres y medios de que sufre la MUD por burocratismo, mezquindad grupal y falta de apertura a una representación independiente amplia y capacitada.

Insistir en el encallejonamiento electoral de la crisis existencial que vivimos demuestra más que miopía: criminal ceguera política. La oposición no tiene más que dos caminos: o rompe el statu quo dialogando con los factores críticos del régimen –civiles y militares– para buscar una salida consensuada, o se pone al frente de la sociedad civil con una sola consigna: fuera Maduro y por un nuevo gobierno. Ambas iniciativas no son excluyentes y requieren de la activa participación de todas nuestras fuerzas. Es hora de ir pensando en ellas.