• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

El fracaso de los liderazgos

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Tras todas las catástrofes de nuestra historia ha estado la desunión. Ha costado cientos de miles de vidas, la devastación múltiple de la república, el sufrimiento de millones de seres humanos, el impedimento material y espiritual para alcanzar la suma posible de nuestras felicidades. Y aún hoy, tras más de doscientos años de sufrimientos, las fuerzas medulares de nuestra libertad y nuestra democracia se dejan desgarrar los anhelos unitarios por egoísmos y mezquindades sin nombre.

¿Seremos estúpidos?

 

Ni Lenin, ni Mussolini ni Hitler asaltaron el poder gracias a la arrolladora potencia de sus propias fuerzas: se lo apropiaron, ciertamente, en medio de una crisis social generalizada, pero cuyo efecto determinante sería el fracaso de los liderazgos hasta entonces encargados de la defensa del sistema de dominación y la preservación del establecimiento. Que se expresara en un doble sentido, como bien lo subrayara el perspicaz analista alemán Sebastian Haffner: por el fracaso de los liderazgos democráticos y la indignación, el asco y la repulsión que dicho fracaso provocara en la ciudadanía. Incluso en sus propias masas de respaldo, mayoritarias hasta la víspera misma de la catástrofe, que ante tanta cobardía, tanta pusilanimidad y tanta vergüenza optaron por irse con el que mostraba un mayor poder, mayor fuerza, decisión, voluntad y seguridad en sí mismo, así fuera el viejo enemigo que sus líderes debían haber ayudado a combatir.

Si ello es válido para los fascismos, tanto más lo es para los comunismos. Todas las revoluciones marxistas, sin excepción ninguna, crecieron en el caldo de cultivo del fracaso de los liderazgos y asaltaron el poder con fuerzas siempre menores que las del establecimiento reinante. Aprovechándose de las querellas intestinas, los enfrentamientos fratricidas, los desacuerdos y riñas siempre infinitamente menos significativas que el poder arrollador que conjuraron. Tras todas las revoluciones yace la traición de los pocos y la pusilanimidad de los muchos, la voluntad de algunos y la indecisión de los más. En una palabra: el fracaso, el rotundo y ominoso fracaso de los liderazgos democráticos.

Más pueden la psicología social y el análisis de la conducta de masas explicar tropiezos de magnitudes colosales como las revoluciones, las guerras, los enfrentamientos fratricidas que la ciencia política o la economía. Visto a posteriori, pareciera que una leve modificación en los odios y rencores que enfrentaban a los mayores y más carismáticos líderes de distintos partidos, grupos y fracciones hubiera podido evitar los desastres que esos instintos y pulsiones automutiladoras provocaran sobre el curso de la historia. Y ello tanto en el pasado, como en el presente.

¿Qué razones objetivas, indiscutibles, evidentes y sobre todo insuperables impiden que los distintos partidos y sus distintas personalidades comprendan que todos ellos tienen un enemigo común –el neofascismo castrocomunista– que pone en riesgo sus sistemas de vida y que acordar un entendimiento común para hacerle frente, cancelar un sórdido ciclo de nuestra historia y hacernos a la construcción de una nueva Venezuela es un imperativo categórico de los tiempos que corren? ¿Qué criterio superior esgrimen quienes se niegan a comprender que solo unidas todas las fuerzas opositoras podrían llevar a cabo el magno propósito de desalojar del poder a los invasores y recuperar la plena soberanía de la patria?

Tras todas las catástrofes de nuestra historia ha sombreado la desunión. Nos ha costado cientos de miles de vidas, la devastación reiterada de la república, el sufrimiento de millones de seres humanos, el impedimento material y espiritual para alcanzar la suma posible de nuestras felicidades. Y aún hoy, tras más de doscientos años de sufrimientos, las fuerzas medulares de nuestra libertad y nuestra democracia se dejan desgarrar los anhelos unitarios por egoísmos y mezquindades sin nombre.

¿Seremos estúpidos?