• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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El fascismo a la Kirchner

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“En la política he llegado a una conclusión importante: no hay apellidos milagrosos”. Quien habla no se apellida Gutiérrez ni Chamorro: se apellida Kirchner. Un apellido milagroso. Hijo de la actual presidente de Argentina, Cristina Kirchner, y del fallecido presidente de Argentina, Néstor Kirchner. Tan milagrosos, que se enriquecieron como abogados de una empresa financiera a la sombra de la dictadura de Videla, comprando activos a precio de gallina flaca a punto de ser subastados por el banco al que servían en La Plata, acumulando una fortuna que les permitió a él, luego de ser gobernador por Santa Cruz, alcanzar la Presidencia de la República argentina, al igual que su mujer, Cristina Fernández de Kirchner. Con la intención de montar una dinastía de recambios de uno a la otra que asegurara a lo menos cuatro mandatos. Quien minimiza la importancia de su apellido, a cuya sombra se ha convertido en el poder máximo de una organización juvenil neoperonista y semioficialista, kirchneriana y de inocultable sello fascista llamada La Cámpora, administrador de la riqueza familiar, valorada en varios millones de dólares contantes y sonantes e innumerables propiedades de distinto signo, ha hablado recientemente en su calidad de junior de la familia ante 40.000 seguidores de su empresa política en el estadio de un club de fútbol que, vaya coincidencia, se llama “Argentinos Juniors”.

“Hay muchas peleas que dar”, afirmo el junior. Según sus propias palabras, esas peleas tampoco es que son anónimas y se refieren a algún programa genérico, sin nombre ni apellido, vistas las elecciones presidenciales que deberán librarse en 2015. Ni tampoco es que están relacionadas con el peronismo, ese baturrillo neofascista en el que caben todas las tendencias y todas las direcciones, siempre y cuando antiimperialistas, nacionalistas y fieles a sus caudillos muertos: Juan Domingo, Evita y Néstor. Tienen nombre y apellido: Cristina Kirchner. El único vector de fuerzas de un movimiento absolutamente personalista y caudillesco, como todos los fascismos. De corte filocastrista y foropaulista, como todo movimiento que se precie hoy por hoy de estar en la onda del castrochavismo venezolano. Y puesto que según la Constitución vigente en la Argentina, mal que le pese al clan dominante desde hace más de una década, la señora Kirchner no podrá postularse al haber agotado sus dos posibilidades, emerge como mágico desiderátum el último recurso de los fascismos: la democracia plebiscitaria, el poder sublime de las mayorías, la subordinación de la ley a la fuerza.  El voto mayoritario como guillotina de la ley.

De allí la extraña figura desempolvada por el rico joven de 37 años: el desafío decisionista y voluntarioso, cumbre de todos los fascismos. Sabe que la ley es la ley, pero pretende encontrar un desvío al estilo de los duelos del lejano oeste y no resolver –que ya está resuelto jurídica, constitucionalmente– el asunto por vía legal, sino a los puños: “Si tan malo es el gobierno de mi madre y tan seguros están de que cuentan con el respaldo del pueblo –ha venido a decir palabras más palabras menos–, pues, permitan que compita y derrótenla en las urnas. Ustedes al gobierno, nosotros a la casa. Problema resuelto”.

De esa manera tan propia de los fascismos, las legalistas quedan como cobardes y los facinerosos, como valientes. Con un solo minus de racionalidad: creer que la sociedad argentina es imbécil. Ante lo cual solo caben dos interpretaciones: o el joven fascista –fascismo puesto de moda en América Latina desde el desafío bochornoso y criminal de un joven oficial que se pavoneó de responsabilidad asumiendo el crimen cometido un 4 de febrero de 1992, perfectamente consciente de que contaba con la anuencia del establecimiento político, jurídico y militar venezolano y no pagaría ni con un solo día de condena por sus atroces crímenes– dispara al aire con salvas de fogueo, o ha decidido prolongar la importancia del apellido y ser el próximo candidato del justicialismo. Nada extraño en un continente caudillesco y nepotista hasta la médula de los huesos: del padre a la esposa y de la esposa al hijo. Mientras, que los nietos crezcan. Ya les llegará su hora. Es el sainete de la política argentina. El sino de la región, como reconociera hace cuarenta años Carlos Rangel: el fracaso.

@sangarccs