• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Más que un error: un dislate

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Henrique Capriles es, sin lugar a dudas la figura emblemática de la Mesa de Unidad Democrática, dos veces su candidato a la presidencia y candidato presidencial in pectore para cualquier nuevo proceso que pudiera presentarse en el futuro inmediato. Su tenacidad y perseverancia lo han asentado ante los venezolanos como el candidato natural: debe ser la figura más conocida y reconocida, nacional e internacionalmente, como el líder de quienes, constituyendo ya una inmensa e invencible mayoría, tienen todo el derecho a exigir el cumplimiento de la Constitución y las debidas correcciones a las brutales desviaciones autocráticas y dictatoriales del régimen. Su palabra, no sólo ante los venezolanos sino ante los demócratas del hemisferio – de Chile a España y de Argentina a los Estados Unidos– pesa más allá de lo que él mismo imagina, pues supone el respaldo de todos los partidos que conformar la MUD, desde Primero Justicia, su partido, hasta Acción Democrática, y desde Voluntad Popular, el partido liderado por uno de los presos emblemáticos de la dictadura, Leopoldo López, hasta ABP, liderado a su vez por el otro preso emblemático: Antonio Ledezma.

¿Es plenamente consciente el joven Henrique Capriles Radonski de lo que ha llegado a representar? ¿Valora en su inmensa dimensión la responsabilidad histórica que supone haber asumido la tarea de desalojar a la dictadura y encauzar la marcha de la República por la compleja y dificilísima senda de la transición hacia la democracia? ¿Piensa y actúa en función de los debidos respaldos internacionales, sin los cuales desalojar al régimen, salir de la dictadura y enrielarnos por la senda de la democracia se nos hará muy arduo, si no imposible? ¿Comprende que sin soldar en una voluntad única y trascendente a todos los venezolanos – de cualquier color político, de cualquier origen social, de cualquier etnia, raza o religión – será imposible salvar la República de la grave crisis, ya humanitaria y terminal, en que nos encontramos? ¿Comprende la circunstancia histórica a la que hemos sido empujados y el papel estelar que el destino ha querido poner en sus manos para asumir, orientar y dirigir la misión histórica que le corresponde: salvar la República de su disolución?

Temo, y lo digo con honda preocupación y con plena autoridad moral, pues lo hemos respaldado en todas las circunstancias en que ha sido el candidato de la oposición democrática, que Henrique Capriles no ha sido capaz aún de dar el paso desde el inmediato universo de los forcejeos políticos de trastiendas al trascendental terreno abierto del estadismo necesario para abrazar a plenitud una causa nacional como ésta, en la que estamos empeñados. Y que lo ha situado, así no lo sepa, al mismo nivel de las grandes figuras de nuestro pasado, desde Simón Bolívar a Rómulo Betancourt: el representante del soberano en su lucha por imponer la libertad a la Nación. Un paso que exigiría, en primer lugar, liberarse de los compromisos y ataduras partidarias y abrir su corazón y su inteligencia a la totalidad opositora. Un paso que debiera conducirlo a ser capaz de expresar, con la mayor generosidad, a su pueblo, atribulado por la inusual crisis de excepción que sufrimos.

Pero por sobre todo: un paso que debiera mostrarlo en la densidad intelectual y moral de quien no se desdice, no cae en contradicciones gratuitas, no se trenza en rencores, pugnas y reproches de menor cuantía, no cede ante las tentaciones de las miserables ambiciones que acechan a todo aquel que se aventura en el complejo y difícil laberinto de la política.

Abordo el tema, no sin reconvenciones personales ante lo difícil de la situación, obligado por las inaceptables y livianas declaraciones que Henrique Capriles le diera al periódico más importante de Hispanoamérica en su versión brasileña, y en las que se muestra en desacuerdo con la decisión mayoritaria del congreso del Brasil, absolutamente concordante y respetuosa del mandato constitucional, de abrirle un juicio a la mandataria brasileña Dilma Rousseff. Y en las que yendo aún más lejos de lo que hubieran recomendado una elemental cordura, buen tino y sano discernimiento, no sólo se inmiscuye en asuntos internos de una nación hermana, sino que se identifica con el mecenas y protector de la enjuiciada, el socialista Lula da Silva. Acusado, a su vez, de gravísimos actos de corrupción – los casos del Mensalao y Petrobras – , aliado incondicional de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro y defensor a todos los niveles nacionales e internacionales del que frente a 100 empresarios alemanes, en la ciudad de Hamburgo y en el furor del desastre que estaba causando Hugo Chávez lo reconociera como el mejor gobernante que ha tenido Venezuela en los últimos cien años.

¿No sabe Henrique Capriles que Lula da Silva fue, junto a Fidel Castro, el fundador del Foro de Sao Paulo? ¿Que para alcanzar el poder pudo contar con las manos abiertas de la renta petrolera manejada por el eje Castro-Chávez? ¿Que a su sombra se escenificó el fraude del 15 de agosto del 2004? ¿Que se concertó con Chávez para saquear bienes nacionales a través de la empresa Odebrecht, cuyo propietario, el empresario brasileño Marcelo Odebrecht fue condenado por la justicia brasileña a 19 años y cuatro meses de cárcel por corrupción? ¿Y que José Dirceu, su principal ministro, ha sido condenado a su vez y por las mismas razones a 23 años de cárcel? ¿Que Lula da Silva estuvo desde fines de los años ochenta del siglo pasado  a la cabeza de la estrategia originariamente castrista de hacerse con el poder del petróleo venezolano y, sobre sus riquezas, hacerse con el poder de la región? ¿Que sus embajadores en la OEA fueron un constante y permanente escollo en nuestros esfuerzos por exigir un pronunciamiento condenatorio contra el régimen Chávez-Maduro?

Lo que riza el rizo del absurdo y nos confronta con el grave problema de entregarle la conducción del proceso de liberación a quien es capaz de tan graves inconsecuencias, es que bajo su iniciativa y la de su partido y la MUD que ellos lideran, la oposición venezolana ha asumido como única bandera de lucha e instrumento del desalojo de la dictadura el mismo proceso de impeachment implementado por el congreso brasileño. ¿Cómo no solidarizarse con quienes nos han indicado un camino exitoso hacia la búsqueda y reconquista de la estabilidad democrática? ¿Cómo pretender salir de Maduro y solidarizarse con sus principales aliados? No encuentro explicación, pues no estamos ante un simple error. Estamos ante un dislate.

@sangarccs