• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

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Yo, el emigrante

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@sangarccs

 Cualquier malsana interpretación me parece mezquina. Y para demostrarlo, he narrado mi historia, la del emigrante que no temió irse. Y que empujado por el destino tuvo que cortar con inmenso dolor las raíces con lo más profundo de su identidad. Para terminar con una sola certidumbre: no me iré de Venezuela. Es mi última frontera.

 

A Lorenzo Mendoza

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Soy un emigrante. No por propia voluntad, lo confieso, pero inmensamente agradecido de este destino de destierros y exilios que Dios me impuso, tal vez para honrar a algunos de mis antepasados judíos, pueblo de destierros y emigraciones, producto maravilloso de esta cultura de desterrados que es la nuestra. ¿O nos olvidaremos que en el crisol de las invasiones de los bárbaros que cayeran al derrumbe del Imperio Romano sobre las civilizaciones asentadas en la cuenca del Mediterráneo se formaron todos los pueblos que dieran origen a nuestra cultura grecolatina y judeo-cristiana?

Soy un emigrante, como todos nosotros, esa “raza cósmica” de venas abiertas echadas al mundo por la mancebía de la Malintzin y Hernán Cortés, como acabo de recordarlo en Las venas abiertas de América Latina. ¿Qué seríamos si Dios hubiera decidido que siguiéramos las sendas que llevaban los imperios aztecas e incaicos? ¿Súbditos del último emperador mexicano o del rey dios peruano? ¿Miembros de las élites esclavistas y caníbales de Moctezuma o de los guerreros de la Pachamama?

No me veo de sumo sacerdote arrancándole el corazón a un tlascalteca o imponiendo tributos sobre los alacalufes patagones. Mucho menos corriendo cientos de kilómetros por el desierto de Atacama para llevar un mensaje del jefe de los ejércitos incaicos de tambo a tambo.

Y no se crea que en mis ascendientes no están los mapuches. Mi madre provenía del fondo oscuro y desconocido del Chile de la pobresía. Mi padre era un pudiente de orígenes europeos venido a menos. Su madre, mi abuela, una sefardita vascofrancesa avecindada en La Serena, al norte de Santiago.

Y una de las sacrosantas verdades aprendidas en esta mi patria adoptiva, a la que venero, es que detrás de todo venezolano hay un café con leche. De modo que no es ningún sacrilegio suponer que detrás del mantuano entre los mantuanos, el vasco entre los vascos, el aristócrata entre los aristócratas, el multimillonario entre los multimillonarios, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, no haya un negro o una negra por acción u omisión, por genética biológica, nutricia o cultural. Por lo menos sobrevivió a la orfandad y creció entre los hombre gracias a leche prestada o alquilada. Todo lo demás es cuento.

De allí la monstruosa, la gigantesca, la criminal falacia racista en cuyas hogueras ardieran 6 millones de judíos, según la cual existen las razas puras. Una patraña repugnante y absolutamente insostenible desde que supiéramos que procedemos del primer homínido de cuyos restos tengamos certidumbre: una pequeñaja bautizada como Lucy que vivió hace entre 2 millones y 2,5 millones de años en el sur del continente africano. Todos los brincos posteriores hasta dar con el Homo sapiens hablan de emigraciones, entrecruzamientos y la desesperada búsqueda de lo que hoy hemos llegado a ser: unos emigrantes. Unos metecos.

 

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Pero hay algunos que somos más emigrantes que otros. Salí de Chile a los 23 años a realizar mis estudios de posgrado en Alemania occidental, becado por una institución alemana. Que la pobreza chilena no hacía posible el insólito privilegio de cupos y grandes mariscales. Y, por favor, ante la extraña susceptibilidad que ha cundido entre nosotros, que nadie se ofenda. Dice un refrán muy chileno y muy popular: “Al que quiera celeste, que le cueste”.  A los chilenos, el celeste nos viene costando desde los tiempos fundacionales un mundo entero: hemos sido pobres de solemnidad. A Dios gracias.

Volví a Chile desde Berlín Occidental en cuanto fue elegido don Salvador Allende. Pues por entonces me parecía que arrimarle el hombro a la revolución era infinitamente más importante que obtener un summa cum laude. Y antes de cumplir tres años en Chile volví a salir, esta vez para siempre. Tampoco fue por propia voluntad. De haberme quedado, desprovisto de todas las condiciones para sobrevivir en la clandestinidad, corría el riesgo de ser aprehendido y asesinado. Como le sucediera prácticamente a todos mis compañeros de partido. Y consideraba, como lo sigo considerando, y hoy con muchísimas más razones, como Brecht, que pobre de aquel país que necesita héroes.

De esto hace poco más de 41 años. Prácticamente mi vida adulta. Para, al cabo del tiempo, venir a dar a un país maravilloso, hecho en su modernidad por emigrantes. Me enamoré y me casé con una emigrante, hija y hermana de emigrantes, tía y abuela de emigrantes. Toda mi familia venezolana, sin excepción ninguna, es una familia de desterrados, de desarraigados, de emigrantes. Se cuelan por allí y por acá algunos andinos de prosapia, que mezclados con estos emigrantes, han terminado por emigrar. Gran parte de mi sobrinazgo ha regresado a España, de donde provienen sus padres y abuelos por vía paterna. Y de lo que queda, el deseo de aprovechar la única vida que les será dada sin arrodillarse ante la barbarie dominante me hace suponer que, de no haber un cambio drástico, profundo, radical y esperanzador de un futuro verdadero en nuestro país, terminarán saliendo al exilio.

Nada como para espantarse. Si los pueblos no tuvieran, como los seres humanos, la capacidad de regenerarse, de asirse a su genética para renovar y fortalecer su sangre, la humanidad se hubiera extinguido hace cientos de miles de años. Dios nos hizo tozudos, tesoneros, ambiciosos, tenaces, testarudos, existencial y ontológicamente insatisfechos y ávidos de vida, como lo demuestra la historia. Esa es una de las razones porque amo a Israel. Hace un suspiro les asesinaron a los judíos casi a toda su población. Los humillaron, los ultrajaron, los asesinaron en masa, a mansalva, en despoblado y con alevosía. Allí siguen, luchando por el derecho a su existencia. Venezuela será nuevamente la misma. Incluso infinitamente mejor: mucho menos ingenua, irresponsable y hedonista. El castigo por su liviandad espiritual y moral aún no alcanza las cotas del sufrimiento de otros pueblos, pero ya sabe a qué sabe el dolor cuando llega al hueso.

 

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Conozco a Lorenzo Mendoza. Un muchacho excepcional, de la mejor crianza de venezolanos ejemplares. En sus genes priman grandes luchadores sociales, como José Rafael Pocaterra, el autor de las Memorias de un venezolano de la decadencia. Y amigos entrañables de Rómulo Betancourt que se enfrentaron con coraje e hidalguía a la dictadura de Pérez Jiménez, como Julio Pocaterra. Tío de su madre, otra venezolana excepcional, de esa estirpe de las grandes guerreras y luchadoras, tan propias de nuestra patria, Tita Giménez Pocaterra. Por cierto, gran amiga de otra emigrante excepcional, nuestra amada amiga Sofía Imber. Hermana de uno de mis mejores amigos, de cuya cercanía me precio, Álvaro Giménez Pocaterra.

No nos hemos reunido con Lorenzo más de tres o cuatro veces. La primera de ellas, en su despacho, me causó una honda impresión. Educado en un país de flagrantes diferencias y prejuicios sociales, con gerentes barnizados en Chicago y Wall Street, me sorprendió ver aparecer a un muchachito en jeans, desmelenado, absolutamente contrario al prejuicio que llevaba. Le dije: “¡Coño Lorenzo, tú eres como Clark Kent!”. Se abrió la camisa para demostrarme que no llevaba ningún traje oculto con la S de Superman. Y soltamos la carcajada.

No hablamos de Polar. Hablamos de José Ortega y Gasset, mi maestro, al que admira con hondo conocimiento. Hablamos de literatura y filosofía, mis pasiones. Sus pasiones. Y pude ver que era el clásico producto de los salesianos, con los cuales se educara en esa vocación de austeridad casi protestante de los Mendoza Giménez: humilde, alejado de toda superficialidad aristocratizante, empeñoso y trabajador.

Sin pretender convencerme de nada me contó su historia en la Polar, en donde, como todos los suyos, comenzó cargando cajas de refrescos. Y en todos cuyos departamentos se desempeñó, obrero entre los obreros, empleado entre los empleados. Pude comprobar, cuando me acompañaba al estacionamiento, la admiración, la simpatía e incluso el amor que le profesan sus trabajadores, con los que se trata como compañeros. Pude comprobar el amor que siente por la empresa que gerencia, a la que siente como parte del patrimonio colectivo de los venezolanos, no una fuente de enriquecimiento personal. Y cuya supervivencia es para él, como para su madre, su familia y todos sus empleados, una condición sine qua non de la democracia venezolana.

Fue llevado por esa profunda raigambre que siente por el sitial de la venezolanidad en el que quiso ponerlo el destino, que reunido con su gente les aconsejó seguir acompañándolo en su cruzada por la supervivencia de la Venezuela de sus valientes antepasados. Y les aconsejara que no se fueran, que no lo dejaran solo.

Cualquier malsana interpretación me parece mezquina. Y para demostrarlo, he narrado mi historia, la del emigrante que no temió irse. Y que empujado por el destino tuvo que cortar con inmenso dolor las raíces con lo más profundo de su identidad. Para terminar con una sola certidumbre: no me iré de Venezuela. Es mi última frontera.