• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Sobre la dificultad de ser liberal (I). Todos somos socialistas

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“Y otra vez os digo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios”. Mateo 19:24

 

El socialismo ha tenido la insólita capacidad de sobrevivirse a sí mismo. Allí donde logró implantarse alcanzó la prueba insoslayable, irredargüible e incontestable de su destino: su inevitable fracaso. Pero no parece haberle afectado en lo más mínimo. El socialismo ha muerto: viva el socialismo. Con Stalin llegó a la cumbre de su monstruosidad. Pero sobre la tumba de los 100 millones de cadáveres que dejó a su paso, bien pudo haberse escrito un epitafio propio de la lógica filosófica: Quod erat demostrandum. Aquí yace la prueba del teorema, el que Churchill quería demostrar: El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria. (QED).

Solo conveniencias estratégicas y tácticas de la industria de la cultura y los medios de comunicación de la sociedad del espectáculo han convertido al nazismo en el epítome de la crueldad. El socialismo recibiría el privilegio de la indiferencia. Fue el mismo Churchill, enemigo jurado del socialismo, quien, en función de privilegiar la enemistad con el nazismo al considerarlo un enemigo potencialmente más peligroso, devastador y de muchísimo más largo alcance que el socialismo corriera a aliarse con Stalin, facilitándole el puente de su sobrevivencia hasta que en los años ochenta se le apareció Ronald Reagan, quien le asestó el golpe mortal. Pero visto en perspectiva y excluida la siniestra y abominable matanza de la Shoah y la guerra total con la que respondiera Hitler a la entrada de Estados Unidos a la II Guerra Mundial, el socialismo soviético ha sido infinitamente más cruel, más contagioso y devastador que el nacionalsocialismo alemán. En su biografía de Hitler, sin duda la mejor al día de hoy, Joachim Fest afirma que de haber desaparecido del mapa europeo en 1938, Hitler sería recordado como el más grande estadista alemán de todos los tiempos. Sebastian Haffner, que le sobrepasa en perspicacia analítica y al que hay que agradecer por la insólita y enjundiosa brevedad de sus ensayos sobre el tema, comparte plenamente tal aseveración.

Por ello, mientras Hollywood ha realizado espectaculares producciones sobre el Holocausto y el terror nazi, apenas ha rozado el tema del terror soviético. Imagino que de intentarlo, el sindicato de actores armaría un soberano escándalo. No entremos al terreno de la política: el solo asomo del nazismo provoca conmociones telúricas. El socialismo, en cambio, continúa disfrutando de la mejor prensa. Cuba, el santuario momificado del estalinismo, es venerada y sus tiranos, brillantes discípulos de Adolf Hitler, visitada con unción por el demócrata Barack Obama y el jesuita Jorge Bergoglio. Dicho brutalmente: el nazismo es malo, el socialismo es bueno. Así sean las dos caras de una misma monedad. No se hable más. Punto.

Para quienes comprendemos el término liberalismo desprovisto de connotaciones ideológicas y dogmáticas, actualizado en función de las necesidades de desarrollo, prosperidad y progreso de las naciones –la práctica de la libertad y la autonomía del individuo frente al Estado omnipotente– y a los liberales en el sentido habitualmente subyacente al uso del término en Estados Unidos –vulgo; tolerantes y demócratas–,  puede resultarnos hasta irritante enfrentar la odiosidad que el término despierta en las más amplias esferas del pensamiento, las ideas y la acción en América Latina. Pesa sobre el concepto liberal y liberalismo como una losa mortuoria la arqueología política del siglo XIX y el odio y el rencor recalcitrante de los latinoamericanos contra la prosperidad y el progreso de las sociedades anglosajones y liberales: Europa y Norteamérica. Decirse liberal, en Venezuela, desde la desaparición del llamado “liberalismo amarillo”, acarrea el desprecio público. Decirse socialista, en cambio, así los resultados concretos del socialismo doméstico estén a la vista en la crisis humanitaria que ha provocado, la mortandad y la hambruna que ha inducido, el hambre, la miseria y el sufrimiento que ha generado, continúa siendo, a pesar de los brutales hechos en contrario, de buen tono. Al extremo de que el término podría representar por igual a reprimidos y represores. 

Así, mientras el país se hunde en los abismos de la regresión, la hambruna y el caos, el socialismo no parece haber perdido ni un ápice de su brillo auroral. Y nadie osa llamarse liberal, pues despertaría las mayores sospechas. Acarrearía la ominosa confesión de ser de derechas, y en la Venezuela golpista, supersticiosa, bárbara, irresponsable, ladrona e ignorante, ser de derechas es pecaminoso. Mientras que ser de izquierdas denota sensibilidad social y humanitarismo. Y ello sigue siendo así precisamente ahora, cuando la izquierda socialista, por primera vez en el poder gracias a su subordinación al caudillismo militarista y autocrático, se ha robado 300.000 millones de dólares, ha permitido el asesinato de 300.000 venezolanos y ha devastado material y espiritualmente a Venezuela. La clase política e intelectual, incluso religiosa venezolana, sigue siendo de izquierdas. Aunque usted no lo crea.

Haga una encuesta que garantice la absoluta confidencialidad y pregúntele a los diputados de la Asamblea Nacional si son de izquierdas o de derechas. Me atrevo a asegurar que ni un solo diputado reconocería ser de derechas. Repítala entre académicos, periodistas y comunicadores sociales. Tendrá los mismos resultados. Vaya a las cárceles y entreviste a los presos políticos. Todos, sin excepción le dirán que son socialistas. Y más de alguno reclamará ser socialdemócrata, así los administradores de la franquicia le nieguen el derecho y no oculten su satisfacción por verlo encarcelado. Tal insostenible contradicción ni siquiera alcanza el nivel de la conciencia: ya la izquierda socialista tradicional, deudora de la genética política nacional y necesitada de justificar lo injustificable, estableció la debida delimitación entre la izquierda buena y la izquierda mala, la vieja izquierda y la nueva izquierda, la izquierda borbónica, que nunca aprende, y la izquierda renovada, que ya aprendió. Y para no terminar de ser devorada por su propio confusionismo aclara que el chavismo en ningún caso fue socialista y que los militantes del PSUV pertenecen al lado turbio y trasnochado de la izquierda. Repiten la hipócrita defensa de los comunistas franceses ante el derrumbe del muro respecto del verdadero socialismo, el de Marx, frente al falso socialismo, el de Stalin. Si la realidad les da razón, la realidad. Si no se las da, la utopía. Jalisco, el de izquierda, nunca pierde. Y todo queda en familia. Para nuestra infinita desgracia.

 

(Continúa).