• Caracas (Venezuela)

Antonio Sánchez García

Al instante

Las dictaduras

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“Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social.” Juan Donoso Cortés, Madrid, 1848.

 

La institución de la dictadura surge en Roma como respuesta del Senado romano a una situación de crisis extrema que requiere del recurso a la concentración absoluta del poder político y militar en un solo hombre, provisto mediante ese instrumento de excepción de los medios necesarios para resolverla satisfactoriamente. Era una dictadura jurídica, legítima por origen y desempeño, estatuida por encargo del Senado por una duración máxima de seis meses. Y por sobre todo: históricamente beneficiosa y necesaria. Lo que en términos jurídico-políticos ha recibido el nombre de dictadura comisarial. Se la ilustra con el clásico ejemplo del tribuno Lucio Quincio Cincinato (519 a. C. - 439 a. C.), que luego de una vida dedicada al Senado y ya retirado para dedicarse a la labranza de sus tierras, volvió a exigencias del Senado para volcarse a la dirección dictatorial de la República y restablecer el orden interno y externo. Luego de lo cual y satisfecha su misión volvió al arado. Situación que cumplió exitosamente dos veces en su vida.

A esa dictadura comisarial, recurso extremo de salvación de las instituciones en la hora de su máximo peligro, se refería el eminente jurista, político y diplomático español Juan Donoso Cortés en enero de 1849, cuando en un vibrante discurso en las Cortes en las que se discutía sobre los graves sucesos provocados por la revolución europea de 1848 –que luego de la de 1830 fijara el calendario revolucionario que tras el ejemplo insurreccional de la Comuna de París en 1871 diera con la toma del poder por los bolcheviques en 1917– expresó su célebre y muy polémica afirmación según la cual “cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura”. Luego de lo cual, y tras señalar que mucho más tremenda que la palabra dictadura, ya de suyo tremenda, es la palabra revolución, aclaró las cosas afirmando: “Dos cosas me son imposibles: condenar la dictadura y ejercerla”. Seguro de lo que afirmaba, señaló de inmediato: “Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social”. Bellum omnia contra omnes: la guerra de todos contra todos. El mismo Donoso Cortés explicaba en ese discurso el principio moral que fundamentaba su trascendental conclusión de teología política: “Yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades, y no las sociedades para las leyes, digo: la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad; la sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones”. Seguía el principio de los evangelios: “El Sábado por causa del hombre fue hecho: no el hombre por causa del Sábado” (Marcos 2:27-28).

En su antípoda, la otra forma de dictadura surgida al calor de la sociedad industrial y los efectos políticos e ideológicos de las grandes revoluciones europeas del Siglo XVIII, persigue el fin opuesto: asaltar el Estado y penetrarlo, vaciar de contenido toda institucionalidad, poner las instituciones al servicio del control totalitario de un autócrata y su partido, para  entronizar una tiranía sin tiempo ni medida. Seudo legal, autocrática, dictatorialmente. Es la que se ha dado en llamar “dictadura constituyente”, por ninguna institución comisariada, sino impuesta a sangre y fuego por élites revolucionarias decididas y voluntariosas cuyo fin último es hacer tabula rasa de lo establecido para erigir sobre sus ruinas un sistema de dominación antinómico y totalitario. Desde Marx, la dictadura proletaria y un régimen comunista. Para lo cual no corre a salvar, sino a potenciar y dinamizar la crisis preexistente, hacer saltar por los aires sus mecanismos de autodefensa y descabezar a las autoridades y al conjunto de organismos e instituciones que constituyen y conforman el llamado Estado de Derecho. Si fuera necesario, al precio de la guerra civil y el descabezamiento dictatorial de una parte de la población por aquella que asaltó el Poder, como la dictadura instaurada tras el asalto al Poder zarista por Lenin, siguiendo la guía del Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, en Octubre de 1917. Que abriera la más grave crisis vivida por la modernidad con sus repercusiones totalitarias: el socialismo bolchevique, el fascismo mussoliniano y el nazismo hitleriano. La tragedia alcanzaría dimensiones planetarias con la imposición del totalitarismo estaliniano  en Europa Oriental, la revolución de Mao, Kim Il-sung, Ho Chih Minh, el Khmer Rojo y Fidel Castro. Cuyo postrer episodio ha sido la llamada revolución bolivariana y sus intentos injerencistas en América Latina. Cuyos coletazos aún sufrimos.

América Latina conoce ambos tipos de dictadura. La dictadura comisarial clásica ha sido la instaurada con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 por las fuerzas armadas chilenas, quienes tras la deslegitimación del orden imperante por parte del Congreso de la República y un exhorto de la Corte Suprema de Justicia derrocaron al presidente constitucional Salvador Allende, instaurando una Junta de Gobierno constituido por los comandantes de las cuatro fuerzas, presidida por el Comandante en jefe del Ejército, general Augusto Pinochet Ugarte. Fue una dictadura que se extendió por 17 años, al cabo de los cuales, resueltos los problemas estructurales que la invocaran, dio paso al retorno a la institucionalidad democrática. Había cumplido con su propósito inicial a ella comisariado: restaurar el orden social, político y económico quebrantado por el proyecto socialista de la Unidad Popular. Y hacer mutis.

En el otro extremo, la clásica dictadura constituyente  de América Latina y la única que haya existido en su historia es la que estableciera Fidel Castro luego de su toma del poder el 1° de enero de 1959, echando por tierra todas las instituciones republicanas existentes, haciendo tabula rasa de su historia y montando un sistema de gobierno dictatorial bajo su férreo mando militar, un partido único, una ideología única y un dominio absoluto y totalitario del conjunto social por un autócrata totalitario. Concentrando en el Estado todos los poderes y todos los bienes de la sociedad. De hecho un Estado monárquico, vitalicio y hereditario. Con reconocidas y constitucionalmente legitimadas pretensiones de eternidad. Como que tras más de medio siglo gobierna su hermano Raúl, quien prepara su jubilación poniendo en el mando a su hijo. Exactamente como ha sucedido en Corea del Norte.

No es del caso valorar éticamente ambas formas de dictaduras, sino atender a su mera fenomenología. Los resultados de su accionar son manifiestos, al extremo que mientras Chile y Cuba al momento de instaurarse en Cuba la dictadura comunista disfrutaban de condiciones económicas y sociales prácticamente idénticas, 57 años después y mediando 17 años de dictadura comisarial en Chile, éste ocupa uno de los más destacados lugares en el desarrollo socio económico de la región, a punto de ingresar en el Primer Mundo según los parámetros universalmente reconocidos, mientras que Cuba se encuentra en el último lugar del desarrollo de las sociedades latinoamericanas, compartiendo ese lugar con Haití. Sobreviviendo gracias al expolio de Venezuela, su satrapía..

Los valores comparativos son los siguientes: en 1958 el producto interno bruto (PIB) de Cuba fue de 2.360 millones de dólares para una población de 6.631.000 habitantes y un producto per cápita (PPC) de 356 dólares. El PIB de Chile fue de 2.580 millones de dólares para una población de 7.165.000 habitantes y un PPC de 360 dólares. Es más que evidente que Cuba y Chile se encontraban en vísperas del establecimiento de la dictadura en Cuba en idénticos niveles de desarrollo.

En el año 2000, tras cuarenta años de dictadura constituyente en Cuba y superados 17 años de dictadura comisarial en Chile los mismos valores fueron los siguientes: el PIB cubano fue de 19.200 millones de dólares; el de Chile fue de 153.100 millones de dólares; la población de Cuba se había estancado en los 11 millones de habitantes, mientras Chile alcanzaba los 15.160.000 habitantes y el producto per capita en Cuba fue de 1.700 dólares, mientras que el de Chile alcanzó los 10.100 dólares. Trece años después, 21% del PIB que sostiene en vida la devastada economía cubana es provista por Venezuela, sin cuyo respaldo dicha dictadura tendría los minutos contados. Mientras que ya el gobierno de Sebastián Piñera aspiraba a terminar su período con un PPC de 20.000 dólares. Situándose al nivel de España o Portugal. Lo alcanzó. Con lo cual Chile ya se encuentra a la altura de los niveles europeos. Y hubiera seguido progresando de no sufrir la recaída en el populismo estatista y la confrontación social aportada por Michelle Bachelet a la cabeza del trasnochado socialismo chileno. Cincuenta años de diferencias tan notables son suficientes para demostrar que una dictadura constituyente, como la que se ha tratado de implantar en Venezuela durante 17 años, sólo conduce al abismo. Como en efecto: Venezuela, a pesar de haber sido obsequiada con los más fastuosos ingresos de su historia –un caso único en América Latina– ha sido devastada como por el paso de un ciclón y una conflagración bélica. Por efecto de una dictadura que, muerto su instigador, ha sido rebajada a satrapía de la tiranía cubana. Vivimos una hecatombe de proporciones dantescas. Una crisis humanitaria. La pretendida dictadura constituyente vive su ocaso. La clase política tropieza con su irresuelta decadencia. De una dictadura comisarial, por ahora, no se dan señales. Luego de que la comunidad internacional –de Macri a Francisco y de Obama a los restantes miembros de la OEA– cerrara las puertas a una salida política, ¿será una dictadura comisarial y restauradora la única salida posible a este desastre?

El hecho objetivo y real es que cualquier dictadura, de la índole que sea, cabalga sobre el caballo apocalíptico del fracaso político. No es nuestra apuesta. Y esperamos que tampoco sea la de nuestras élites. Pero va siendo hora de asumir el hecho: si la política fracasara, no habrá otra salida que una salida de fuerza. De sus consecuencias, serán los responsables. The rest is silence.